Como un huracán
Prólogo
Stratford-upon-Avon, 1923
- No, no, no… ¡Entonces no entendiste nada de lo que dije! ¡Pero qué debo hacer contigo, maldita sea! Louise, comencemos de nuevo con tu frase, ¿vale? Miranda acaba de ver a Ferdinand por primera vez y ¿qué dice? “Yo lo llamaría cosa divina”... ¡Lo compara con una obra divina y luego dice que es el primer hombre por el que ha suspirado! ¿Podrías hacer que se escuche esa fascinación y asombro en tu voz? Y tú, John... cuando Fernando ve a Miranda la compara con una diosa, queda tan abrumado por su belleza que no puede entender si se trata de una mujer o de una criatura sobrenatural. ¿Cuál crees que sea su expresión en ese momento? Está sorprendido y extasiado, ¿no crees? Entonces… primer acto, escena dos, partiremos nuevamente del diálogo entre Próspero y Miranda, cuando su padre le pide que le cuente lo que ve. Vamos chicos... ¡quiero concentración y pasión!
- Disculpa, Terence...
- ¿Qué pasa Mike? ¡Sabes que no me gusta que me interrumpan cuando estamos ensayando!
- En realidad fuiste tú quien me pidió que te avisara... a las 5.
- ¿Pues qué hora es?
- ¡Las 5.30!
- ¡Maldita sea! ¿Pero por qué no me llamaste antes?
- Lo intenté, pero... ni siquiera me escuchaste...
- Está bien, está bien, olvidémonos de eso... Chicos, pararemos por hoy.Nos vemos mañana. ¡A tiempo!
Las sesiones de ensayo con el nuevo director siempre terminaban así. No se daba cuenta de cuánto tiempo pasaba y ninguno de los actores tenía el valor de decirle que era hora de concluir.
Desde su llegada, al inicio había trabajado junto al antiguo director y luego había ocupando su lugar, este era el primer espectáculo que montaba completamente solo, por lo que sentía todo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Después de todo, no tenía experiencia en el campo de la dirección, pero como actor todos lo conocían, incluso en el extranjero, y habían tenido la oportunidad de admirar su increíble talento. En 1920, su interpretación de Hamlet había traspasado las fronteras de Estados Unidos y llegado a Europa, y los críticos de teatro todavía hablaban de ella como de un acontecimiento memorable.
Cuando le había llegado la propuesta del Shakespeare Memorial Theatre de dirigir el nuevo espectáculo, había dudado, ya que no se sentía aún a la altura de semejante desafío. Fue su mentor, Robert Hathaway, quien lo convenció y lo empujó a aceptar. Así que en septiembre de 1921 partió hacia Stratford-upon-Avon y nunca regresó a Nueva York.
Cada vez que se encontraba en el escenario dirigiendo a sus actores se olvidaba de todo lo demás, lo cual le hacía bien porque tenía muchas cosas desagradables que olvidar, pero esa tarde hasta se había olvidado de que tenía una cita importante a la que, en realidad, habría rehuido con gusto. El señor Dawson, un periodista del Times, lo estaba esperando para entrevistarlo en su oficina.
- Buenas noches, Sr. Graham. ¡Es un honor para mí conocerlo!
- Gracias, y le pido disculpas por el retraso, pero cuando estoy en el teatro muchas veces no noto el paso del tiempo. ¿Empezamos?
- Claro... La primera pregunta se refiere a su trabajo. ¿Cómo ha sido pasar del rol de actor al de director?
- Al principio fue muy difícil, pero me gustan los retos y decidí intentarlo. Después de todo, tuve un excelente maestro que siempre tuvo fe en mí y me impulsó a aceptar. Pronto el público podrá juzgar si he hecho un buen trabajo o no.
- Cuando habla de su profesor se refiere a Robert Hathaway. ¿Puede decirnos cuándo y cómo se conocieron?
- Hace unos diez años.Yo era sólo un niño con mucha ambición y sin experiencia cuando me presenté en la Compañía Stratford de Broadway. Robert creyó en mí enseguida, no sé por qué. Eso debería preguntárselo a él.
- Quizás porque de inmediato reconoció su talento.
- Probablemente.
- ¿Pero qué impulsó a ese chico a dedicarse al teatro?
- Yo era un adolescente inquieto y solitario. ¡Durante mucho tiempo Shakespeare fue mi único amigo! Y los genes maternos hicieron el resto, creo.
- Su madre, la famosa actriz Eleanor Baker, es americana, pero su padre es un noble inglés y vivió en Londres antes de trasladarse a Nueva York, ¿es correcto?
- Sí, eso es correcto. Viví en Londres hasta los 15 años.
- ¿Y su padre lo dejó ir?
- ¡Mi padre se enteró cuando yo ya estaba en el extranjero!
- ¿Y no intentó traerlo de vuelta a casa? Después de todo, como usted mismo admitió, era sólo un niño.
- Sinceramente no lo sé y no me importa.
- Se dice que las relaciones con su padre nunca fueron buenas. Su respuesta parece confirmarlo.
- Así es, pero no pienso contarle más al respecto. ¿Tiene alguna otra pregunta?
- Sé que no le gusta hablar de su vida privada, pero entenderá que al público le gustaría mucho saber algo más sobre lo que hace Terence Graham cuando no está trabajando.
- Soy un hombre sumamente aburrido, créame.Así que hay muy poco que decir. Paso la mayor parte de mi tiempo en el teatro o estudiando. No hago vida social y rara vez salgo con los pocos amigos que tengo, normalmente a escuchar música y tomar una copa. Eso es todo.
- ¿Y el amor?
- Ser sabio y amar supera las capacidades humanas [1], ¡y yo me he vuelto muy sabio con el paso del tiempo!
- Sin embargo, en sus raras salidas públicas siempre está acompañado de mujeres espléndidas...
- Pero usted me preguntó sobre el amor.
- Entonces, a pesar de su indiscutible encanto, por el que todo el género femenino haría locuras, ¿pretende hacernos creer que nunca ha estado enamorado?
- Exactamente.
- ¿Y cómo definiría su relación con su colega Susanna Marlowe?
- Usted mismo se respondió: Susanna era simplemente una colega.
- Después del accidente en el teatro en el que ella se vio dramáticamente involucrada, durante mucho tiempo se habló de un vínculo más profundo entre ustedes, incluso de un compromiso.
- Los periodistas suelen escribir lo que los lectores quieren escuchar. Espero que usted no haga lo mismo. Nuestra entrevista termina aquí. Adiós, Sr. Dawson.
[1]W. Shakespeare, Troilo y Cressida (cit.)
Capítulo uno
Stratford-upon-Avon, 1924
Cuando llegué a Stratford hace tres años me sentí perdido. No conocía a nadie y la idea de dejar mi rol de actor y trabajar como director por primera vez me asustaba y estimulaba al mismo tiempo. Poco a poco comencé a familiarizarme con el entorno y cada día que pasaba sentía más y más que este era mi lugar.
El director del teatro, el señor William Bridges-Adams, tenía plena confianza en mí. Fue él quien se puso en contacto conmigo, declarando que había quedado literalmente impresionado por mi talento desde que había visto Hamlet y que creía que yo podría hacer que crecieran los nuevos actores que se habían incorporado recientemente a la compañía.
Cuando llegó su oferta de trabajo, no estaba pasando por un buen momento. Nueva York era demasiado pequeña para mí y, después de la muerte de Susanna, la prensa me perseguía constantemente. Entonces, animado por Robert, decidí aceptar y partir hacia Inglaterra.
El primer espectáculo que llevé al escenario como director fue un éxito rotundo. La tempestad nunca había estado en cartelera, así que temía que el público, al no conocer la obra, la recibiera con cierta frialdad. ¡Estaba equivocado! La versión que puse en escena exploraba las profundidades de la psique de los personajes, con base en los últimos estudios freudianos, y había literalmente embelesado al público que, después de presenciar la representación, abandonaba el teatro como aturdido.
Después del estreno, ¡estaba en el séptimo cielo! Dejé que mis actores me arrastraran a una fiesta organizada para la ocasión. Después de meses y meses de ensayos agotadores, de estudio y trabajo intensos, realmente merecía un poco de diversión, pensé. Llevaba siglos sin salir a divertirme.
El salón estaba repleto de gente y, naturalmente, la prensa local no desaprovechó la oportunidad. No sé cuántas fotos me tomaron esa noche, aunque hice todo lo que pude para evitarlo. Sin embargo, todavía tengo una: en ella está el director del teatro al centro y nos felicita al primer actor y a mí. Me veo relajado y sonrío ligeramente viendo a John Duncan, quien dio una interpretación asombrosa de Ferdinand.
John y yo nos hicimos muy buenos amigos. Él es inglés, de Oxford, y ha trabajado en Stratford desde hace cuatro años. Cuando llegué aquí de inmediato se dio un excelente entendimiento entre nosotros. Quizás porque él también se fue de su casa muy joven y ha hecho todo por sí solo. En cuanto tenemos algo de tiempo libre, rara vez para ser honesto, salimos juntos y normalmente vamos a Oxford, donde tiene muchos amigos. Vamos a locales nocturnos, tomamos algo, escuchamos buena música y las chicas nunca faltan. He conocido a muchas en los últimos años, quizá a demasiadas. Relaciones poco exigentes en las que he ido de una chica a otra buscando algo que nunca pude volver a encontrar.
Y después de cada éxito obtenido —¡y ha habido muchos en los últimos años!—, una vez que se ha acabado la adrenalina, siempre llega ese mal momento. ¡No sé por qué, pero sucede! Una punzada aguda de dolor que me golpea sin previo aviso, en medio de la alegría y la satisfacción. Como un nudo en la garganta que me deja sin aliento. No sé de dónde viene, tal vez de una pequeña parte escondida de mi corazón, y por un momento es como si todo se volviera oscuro y frío como una noche de invierno, de esas en que nieva fuerte y el viento helado te azota la cara y te derriba. Es un instante y luego desaparece, ¡pero en ese instante yo no existo! Por suerte no dura mucho, de lo contrario me vería obligado a huir. En lugar de eso, milagrosamente vuelvo en mí y nadie parece haber notado nada.
Justo en uno de esos momentos, algo diferente sucedió esa noche en la fiesta. Estaba sentado en una mesa, junto con el resto de la compañía, cuando vi a una chica avanzar con paso decidido hacia mí. Un vestido muy corto dejaba al descubierto sus piernas largas y afiladas, llevaba el cabello rubio suelto sobre los hombros y, mientras caminaba, sus profundos ojos azules no se despegaron de los míos.
- ¿Quieres bailar? – me preguntó cuando estuvo lo suficientemente cerca de mí.
Me quedé sin palabras; por lo regular era yo quien le hacía esa pregunta a una chica. Los demás sentados a la mesa se echaron a reír y para no quedar en ridículo me levanté y la seguí. Ella me dijo que era periodista, pero que no se dedicaba al entretenimiento. Había estado en el frente como corresponsal de guerra y no le gustaba hablar de ello. Precisamente por su trabajo viajaba por el mundo, pero en aquellos días estaba en Stratford, donde había nacido y vivía. Era unos años mayor que yo. Más tarde me invitó a su casa y pasamos la noche juntos.
Empezamos a vernos con mucha frecuencia. Me gustaba estar con ella. Tenía un carácter decidido y un poco loco, como el mío. Nos subíamos a mi coche y escapábamos de la ciudad sin un destino concreto. Gracias a sus conexiones siempre logramos evitar a la prensa para que nadie supiera de nosotros.
Continuamos así durante aproximadamente un año. Ella se iba de vez en cuando, estaba fuera dos o tres semanas, y a su regreso me llamaba y yo me reunía con ella.
Entonces, una noche, en su casa, acabábamos de hacer el amor y ella me pidió que me quedara. Le dije que no podía porque tenía que levantarme temprano al día siguiente y tenía mucho trabajo que hacer para el nuevo espectáculo.
- No quise decir sólo esta noche. ¿Por qué no te quedas para siempre?
No me esperaba esa pregunta y dudé. Ella entendió al instante.
Al día siguiente, en el teatro, junto con un ramo de rosas rojas encontré una nota de ella despidiéndose de mí. Se iría y nunca más la volvería a ver.
Su nombre era Nathalie; Nat para mí.
Tal vez esa fue la única vez que en verdad traté de creerlo, de creer que había seguido adelante.
En los meses siguientes pensé a menudo en ella; extrañaba su compañía y su cama. Luego, poco a poco dejé de pensar en ella y retomé mi vida, dedicándome por completo al trabajo. Estaba seguro de que podía estar bien sin amor, hasta que llegó esa llamada telefónica de Nueva York.
Era finales de agosto. La temporada de teatro estaba en pausa, pero en unas semanas comenzaríamos nuevamente los ensayos de El sueño de una noche de verano. Por primera vez iba a dirigir una comedia y, además,una en la que nunca había actuado. ¡Un verdadero desafío! ¡No veía la hora deiniciar!
Algunas noches, John y los demás venían a mi casa. Se habían unido al grupo unpar de escritoras, un pintor y algunos músicos. Éramos una especie de círculo cultural muy estimulante y muchas veces divertido. Era una situación decididamente nueva para mí, ya que mi naturaleza más bien reservada nunca me había permitido estar rodeado de mucha gente. Tal vez porque casi nadie en Stratford me conocía, no sabían casi nada sobre mi vida pasada; nunca hablaba de ella y nadie me hacía demasiadas preguntas. Esto también me estaba ayudando a creer que había terminado con el pasado, con el antiguo Terence taciturno y enojado con el mundo. Quería vivir mi vida sin pensar más en lo que había sido o en lo que podría haber sido.
Estaba decidido a no volver a poner un pie en Estados Unidos, pero no había contado con el destino, que evidentemente ya tenía otros planes para mí.
Esa noche había un poco de confusión en la casa, habíamos estado escuchando música y quizás bebiendo y fumando demasiado, así que no había oído sonar el teléfono. Fue John quien me llamó desde la sala diciéndome que el teléfono parecía haberse vuelto loco porque no dejaba de sonar.
- ¿Quién será a estas horas? ¡Son casi las 2! Hola… Sí, soy yo… Hola, Robert. ¿Cómo estás? ¿Qué pasó?
Nueva York, una semana antes
Eleanor Baker era ahora una actriz de fama mundial. Sus películas habían llegado también a Europa y su agenda siempre estaba llena. Al fin y al cabo, la actuación era su vida, no podía prescindir de ella, por eso no ponía objeciones y viajaba a menudo de un extremo al otro del mundo.
En aquellos días se encontraba extrañamente en Nueva York para conceder una serie de entrevistas. Como era habitual, una multitud de reporteros y admiradores se había congregado en el Hotel Plaza y, cuando la actriz llegó a la entrada, no le resultó fácil bajarse del auto y llegar al interior, donde sólo se permitía el acceso a la sala de conferencias a los periodistas acreditados.
La sala estaba llena de gente y hacía mucho calor.La señorita Baker envuelta en un espléndido vestido de seda color rosa pálido parecía una visión sobrenatural. Recientemente se había cortado el cabello, lo que hacía que sus magnéticos ojos azul cobalto resaltaran aún más y sus labios lucieran una sensualidad natural, acentuada ese día por el color rojo fuego con el que habían sido finamente pintados. No hace falta decir que cualquiera que se encontrara frente a ella quedaba deslumbrado, y no era raro que incluso periodistas experimentados enmudecieran en su presencia.
La actriz se sentó al centro de la mesa preparada para la conferencia, con su asistente personal y algunos colaboradores a su lado. El moderador inició las preguntas según un orden preestablecido. El evento debía durar máximo una hora, límite de tiempo que la señorita Baker había concedido, ya que tendría que partir hacia Los Ángeles ese mismo día.
Entre los presentes, no sólo como admirador sino sobre todo como gran amigo, se encontraba Robert Hathaway, quien había aprovechado para volver a ver a Eleanor, con quien había compartido los primeros años de actividad artística. Juntos, siendo muy jóvenes, habían actuado incluso en Romeo y Julieta, poniendo inmediatamente de relieve su extraordinario talento.
Fue él quien se dio cuenta primero de que algo andaba mal. La expresión de la actriz no estaba tan radiante como de costumbre, parecía que algo le molestaba. Luego de una serie inicial de preguntas pidió un vaso de agua y por un momento pareció recuperarse, pero inmediatamente después se levantó declarando que quería tomar un breve descanso. Mientras se alejaba de la sala, Robert la vio tambalearse y en un instantecaer al suelo, como si sus piernas hubieran cedido.
Enseguida la rodearon varias personas y la llevaron a una habitación contigua, lejos de los curiosos, pero la actriz no mostraba signos de que fuera a recobrar el conocimiento. Robert, que con trabajos pudo llegar hasta la actriz abriéndose paso entre los periodistas, ordenó que llamaran de inmediato a una ambulancia y alertaran al hospital más cercano. La ayuda llegó rápidamente y en cuestión de minutos la señorita Baker fue transportada al Centro Hospitalario Bellevue, donde el equipo médico de emergencia llevó a cabo todos losexámenes necesarios para comprender qué había causado esa repentina pérdida del conocimiento.
Por fortuna, pronto se descartaron patologías graves y el diagnóstico más acreditado fue el de estrés severo debido a la excesiva carga de trabajo, sumado a las condiciones climáticas, que en esos días provocaron que Nueva York registrara temperaturas muy por encima de la media estacional. Sin embargo, por precaución, la actriz fue trasladada al pabellón de cardiología, donde permanecería al menos una semana para que le realizaran un chequeo completo del sistema cardiovascular.
- ¡Qué molestia, carajo! Tendré que cancelar todos mis compromisos de la próxima semana – exclamó Eleanor algo molesta, recostada en su cama de hospital.
- Yo más bien creo que ha llegado el momento de que te tomes unas buenas vacaciones.
- Robert, ¿qué estás diciendo? Se toman vacaciones de algo que no nos gusta, y sabes tan bien como yo el amor que se llega a sentir por este trabajo.
- Claro que lo sé, pero también sé que hace años que no tienes un descanso. No te preocupes, nadie se olvidará de Eleanor Baker si desapareces de escena por un tiempo, al contrario. Todos te extrañarán tanto que tendrás aún más éxito cuando regreses, si es que eso es posible. ¡El público te adora!
- Confío en ti Robert, lo sabes, pero, créeme, no es el éxito lo que me hace feliz, sino interpretar cada vez personajes diferentes, poder saborear mil vidas en lugar de una sola. ¡Esa es la gran magia de la actuación, a la que no puedo renunciar por nada del mundo!
- ¡Parece que estuviera escuchando a tu hijo! Por cierto, ¿no crees que sea necesario avisarle?¿Quieres que lo haga yo? ¿Quieres que le pida que regrese a Nueva York?
- ¿Estás bromeando? No hay ninguna razón por la que deba cruzar el océano.Los médicos dijeron que no hay nada de qué preocuparse.
- Entonces, lo llamaré en la tarde para tranquilizarlo por si lee la noticia en los periódicos.
No obstante, en los días siguientes, después del traslado al área de cardiología, sucedió algo que hizo cambiar definitivamente de opinión a la señorita Baker.
Su estado de salud se mantenía estable.De hecho, cada día parecía recuperar lentamente las fuerzas. Todos losestudios realizados escrupulosamente por los médicos que la atendieron dieron resultados negativos, por lo que parecía que el corazón de la actriz no sería motivo de preocupación siempre y cuando, una vez dada de alta, guardara reposo absoluto durante un tiempo, alejada de los escenarios y los reflectores.
A pesar de ello, cuando Robert fue a visitarla, le pareció que estaba particularmente pensativa y agitada.
- ¿Qué pasa, Eleanor? ¿Sucede algo?
La actriz dudó antes de responder, sin saber qué decir. Balbuceó algo sobre cierta ansiedad que sentía sobre todo... sabiendo que su hijo estaba tan lejos. Le confió a Robert que en ese momento extrañaba profundamente a Terence y, aunque lamentaba mucho preocuparlo innecesariamente, lo que más deseaba era tenerlo cerca de ella.
- ¡Pero fuiste tú quien me prohibió hace apenas dos días que le pidiera que volviera!
- Lo sé muy bien, pero… no sé por qué quisiera tanto que estuviera aquí. Creo que tengo unas semanas libres antes del próximo espectáculo y como tendré que quedarme tranquila en casa, me gustaría pasar un tiempo con mi hijo. ¿Es mucho pedir? Hace casi dos años que no lo veo.La última vez que fui a Londres sólo hubo tiempo para saludarlo brevemente. Lo extraño mucho.
- Está bien. Lo llamaré y le diré. ¿Feliz?
- Muchas gracias,Robert ¡Qué haría sin ti!
*****
Terence no lo pensó dos veces antes de abordar. Dos días después de recibir la llamada telefónica de Hathaway, ya estaba en el primer trasatlántico disponible, preocupado por la salud de su madre. De hecho, temía que Robert no le hubiera contado cómo estaban realmente las cosas y estaba impaciente por ver la costa estadounidense en el horizonte.
Sin embargo, la idea de regresar a Nueva York no le entusiasmaba en absoluto, al contrario. Aunque renació como actor en Broadway y el público de Nueva York lo adoraba, demasiados recuerdos dolorosos habían resurgido en su mente y sentía un nudo en el estómago. Los años pasados cerca de Susanna lo habían transformado en un trozo de hielo que sólo se derretía cuando subía al escenario y daba voz a los personajes de Shakespeare. Luego de su muerte, le pareció que todo había sido inútil y se sentía vacío; todo le parecía sin sentido.
Ciertamente ahora todo era diferente. El tiempo que llevaba viviendo en Inglaterra lo había fortalecido y había recobrado el entusiasmo, sobre todo después de asumir el papel de director,ya que le estaba dando muchas satisfacciones. En cuanto al amor, bueno, eso no formaba parte de sus planes. Había renunciado a eso hacía muchos años tras haber sufrido como un perro, y ya no estaba dispuesto a arriesgar el corazón. Por otro lado, el encanto que emanaba con tanta naturalidad no pasaba desapercibido: tenía plena consciencia de ello y sus admiradoras no dejaban de recordárselo. Adondequiera que fuera, a un evento social o a algún club, no tardaba en llamar la atención de las mujeres presentes. Las mujeres más jóvenes y tímidas se le acercaban contentándose con un autógrafo, mientras que las mujeres de su misma edad o incluso más maduras se atrevían a ir más allá, por lo que a menudo iban a parar a los bolsillos de su chaqueta notas con números telefónicos o hasta direcciones. A estas alturas ya había aprendido a manejar este tipo de situaciones y, si antes le molestaban, ahora se permitía disfrutarlas de vez en cuando.
Aun así, esa mañana, cuando Terence Graham entró en el patio del hospital, no disfrutó particularmente del asalto de algunas estudiantes que lo habían visto bajar del auto junto con el Sr. Hathaway. Era evidente que se había corrido la voz de que el hijo de la señorita Baker, que acababa de desembarcar en el puerto de Nueva York, iría a visitarla lo antes posible. Las estudiantes de medicina de segundo año que realizaban sus prácticas en el pabellón de cardiología no se iban a perder la oportunidad de admirar de cerca a Terence Graham. Además, el guapo actor llevaba mucho tiempo desaparecido de Estados Unidos y había llegado de Inglaterra únicamente para estar cerca de su madre, por lo que con toda probabilidad se marcharía lo antes posible.
- Chicas, por favor, déjennos pasar. Terence no está aquí para firmar autógrafos – Robert intentó disuadirlas para facilitar la entrada del joven al cuarto donde estaba internada Eleanor.
Por suerte las estudiantes fueron llamadas al orden por el médico de turno en ese momento, quien no dudó en reprenderlas con severidad, amenazándolas con cancelar sus prácticas si el incidente serepetía.
- Terry, por fin… ¡Cuánto tiempo! - lo saludó su madre sentada en un sillón, extendiendo los brazos hacia él.
- Mamá, ¿cómo estás? – le preguntó Terrence, inclinándose para saludarla.
- Estoy muy bien... Dios mío, déjame mirarte. ¡Eres una maravilla! Ahora entiendo a qué se debía todo el alboroto afuera de la puerta. ¡Seguramente has causado revuelo en todo el hospital!
- Oh madre, para.Cuéntame más bien de ti. ¿Qué te pasó?
La señorita Baker le contó a su hijo cómo habían estado las cosas, aunque sin entrar en demasiados detalles, ya que no quería que pensara que lo había hecho ir sin una razón válida. En realidad, había una razón y era de fundamental importancia en su opinión, pero no tenía nada que ver con su salud y, la verdad, ni siquiera con la nostalgia por volver a verlo. No, el motivo principal era otro, pero la actriz no sabía cómo se lo diría a su hijo y, sobre todo, no se imaginaba cómo iba a reaccionar él ante la noticia. Así que decidió hacerle algunas preguntas para sondear el terreno, si bien era muy consciente de lo difícil que era lograr que hablara de su vida privada.
- Cuéntame de ti. ¿Cómo van las cosas en Stratford?
- Muy bien diría yo. Se están agotando las entradas para todos las funcionesy los críticos no escatiman en opiniones positivas sobre mi forma de trabajar. Además, en este momento Inglaterra es un país muy estimulante, en pleno fermento cultural. En especial, la decepcionante experiencia de la guerra ha cambiado las cosas.
- Veo una nueva luz en tus ojos que no tenías cuando te fuiste, y esto en verdadme hace feliz. ¡Estoy muy orgullosa de ti! ¡Estaba segura de que serías capaz de afrontar este reto de la mejor manera posible! Pero…
- ¿Pero?
- Siempre me hablas solamente de trabajo. A mí me gustaría escuchar que algo más te entusiasma.
- ¿Por ejemplo?
- Por ejemplo, tu vida privada... Sé que es un tema del que no te gusta hablar, imagino que mucho menos con tu madre, pero saberte feliz y satisfecho también en ese ámbito de la vida sería una fuente de gran alegría para mí.
Terence bajó la mirada, con un atisbo de sonrisa y una ligera vergüenza.
- No tengo novia estable si eso es lo que quieres saber, pero no me quejo. Tema cerrado, ¿vale?
- Imaginé que me cambiarías el tema así, pero no puedo creer que un hombre como tú, al que seguramente no le faltan oportunidades, todavía no haya encontrado...
- Mamá, por favor. Ahora sólo piensa en descansar. ¡Hasta mañana! – la interrumpió despidiéndose con un tierno beso en la mejilla.
Tan pronto como salió del cuarto, Robert le informó que si quería hablar con el médico que atendía a Eleanor podía hacerlo, ya que una enfermera acababa de informarle que el cardiólogo en cuestión estaba disponible.
Mientras tanto, la señorita Baker, sola en su cuarto, pensaba en la conversación que había tenido con su hijo. Había visto muy bien a Terence;ya era todo un hombre. El encanto y el carisma que desde niño lo hacían especial ahora, habiendo alcanzado la plena madurez física y mental, lo convertían en una criatura única ante la que era imposible para cualquiera permanecer indiferente.
No obstante, al preguntarle sobre su vida privada, una sombra había atravesado sus hermosos ojos y había tratado de ocultarla con una leve sonrisa. De cualquier forma, le había confiado que ninguna chica en particular se había instalado en su corazón y eso era exactamente lo que su madre había querido averiguar.
Terence, acompañado por Robert y una enfermera, recorrió un largo pasillo, dejando tras de sí un interminable reguero de murmullos y gritos contenidos a su paso, antes de detenerse frente a una puerta blanca donde estaba escrito el nombre del cardiólogo, pero no le prestó demasiada atención. La enfermera estaba a punto de tocar cuando alguien abrió la puerta desde adentro mientras continuabahablando por unos instantes más con otra persona que se encontraba al interior. Terence logró escuchar una voz femenina que por un momento le pareció tener un tono familiar, aunque más… más… maduro.
- Sr. Graham, bienvenido. Es un verdadero placer conocerle.Soy el doctor Evans, jefe de estaárea, y le confieso que soy un gran admirador suyo, al igual que de la señorita Baker.
- Muchas gracias, Dr. Evans ¿Es usted quien ha atendido a mi madre?
- Oh, no, yo no, aunque siempre he estado pendiente de su situación, su madre está en manos de una de nuestros mejores especialistas, no se preocupe. Estábamos hablando de su caso y creo que usted está aquí para eso.
- Así es. Si me permite, me gustaría hablar directamente con el médico que ha estado atendiendo a Eleanor.
- Adelante, sígame. Estoy seguro de que le informará con gusto todo lo que necesite saber. ¡Tiene una gran disposición!
Terence entró en el consultorio detrás del jefe de la sección, un tipo definitivamente demasiado locuaz para su gusto.
El lugar estaba vacío. Desde una puerta entreabierta en el lado izquierdo se podía escuchar un parloteo confuso e intermitente, como si alguien estuviera hablando por teléfono. Nuevamente esa extraña sensación de una voz conocida hizo palpitar las sienes del actor por un momento. El Dr. Evans le indicó que se sentara, luego se asomó por la puerta y le dijo a la persona que hablaba por teléfono que el hijo de la señorita Baker estaba ahí para informarse sobre su madre. Un ruido brusco, como de un objeto pesado al caer al suelo, hizo que Terence se volviera hacia el jefe del área, quien, con expresión llena de orgullo, le presentó ala doctora Ardlay.
Al escuchar ese apellido Terence no pudo evitar abrir mucho los ojos y, cuando la doctora Ardlay hizo su aparición, el actor se levantó de un salto presa del repentino deseo de salir del consultorio.
- Debe saber que la doctora Ardlay es nuestra joya de la corona, señor Graham. Es una joven cardióloga muy prometedora y altamente calificada.Hicimos todo lo que pudimos para traerla a Nueva York, aunque fue muy difícil convencerla, pero, al final, decidió aceptar y estamos muy contentos por eso.
- No lo dudo – murmuró Terence que ahora entendía por qué esa voz le había impactado tanto.
- Hola, Terence. ¿Cómo estás?
- ¿Bien... y tú?
- Muy bien, gracias. ¿Nos sentamos?
El jefe de la sección los miró con la impresión de haberse perdido de algo, mas luego entendió que se conocían de antes.
- Perdóneme, Dr. Evans, si no se lo dije antes. Conozco a Terence, es decir, al señor Graham, desde hace mucho tiempo. Fuimos a la misma escuela en Londres cuando éramos dos adolescentes... Luego nuestros caminos tomaron direcciones diferentes y perdimos el contacto.
Hubo un momento de silencio que pronto se rompió por un insistente murmullo procedente del exterior.
- ¿Pero qué pasa? – se preguntó Evans perplejo.
- Disculpe, pero creo que es mi culpa. Alguien debió haberme reconocido y... No quise crear todo estealboroto. ¡Lo siento! – exclamó Terence tratando de apartar la mirada deladoctora Ardlay.
- No se preocupe, señor Graham, no tiene por qué disculparse. Ahora me encargo yo.
Dicho esto, el doctor Evans abrió la puerta y enseguida la cerró detrás de él, permitiendo que el barullo proveniente del exterior se filtrara sólo por un momento. Al cabo de unos instantes volvió el silencio: evidentemente la visión del jefe del área había surtido el efecto deseado. Un silencio glacial cayó de golpe tanto fuera como dentro del consultorio de la doctora Ardlay.
- Me imagino que estás aquí para hablar de tu madre – balbuceó la cardióloga tratando de mantener una actitud lo más profesional posible.
- Sí – respondió lacónicamente Terence.
La doctora Ardlay le contó al hijo de la señorita Baker lo sucedido y luego le explicó todas las diversas hipótesis que se habían tenido en cuenta pero que afortunadamente habían sido descartadas, lo que había llevado a la conclusión de queel episodio que había sufrido su madre era sólo una reacción natural al exceso de trabajo y estrés. Por lo tanto, el único tratamiento que había considerado oportuno prescribir era un período de reposo absoluto y posteriormente una reanudación paulatina de sus actividades como actriz, intentando reducir al máximo los compromisos que la obligaban a recorrer largas distancias de un extremo al otro de Estados Unidos y más allá.
Terence había escuchado con suma atención lo que le había dicho, llegando a la conclusión obvia de que su madre había solicitado su presencia en Nueva York no por su estado de salud, que no parecía preocupante en absoluto, sino por otro motivo que en ese momento estaba sentado frente a él con una bata blanca.
- Te agradezco mucho lo que hiciste por mi madre y te felicito.No sabía que te habías convertido en médico.
- Sólo hice mi trabajo y… hace dos años terminé mis estudios y al año siguiente me llamaron para trabajar en Nueva York.
- El doctor Evans te tiene en muy alta estima.
- Es un excelente médico y poder trabajar con él es realmente una gran oportunidad para mí también, porque abrirse camino en este ambiente no es muy fácil… para una mujer.
- Me imagino. Ahora en verdad debo irme – concluyó Terence levantándose.
- Eleanor probablemente será dada de alta en un par de días. ¿Volverás a visitarla?
- Claro.Hasta luego, Candy.
- Hasta luego, Terence.
En cuanto la puerta se cerró, Candy cayó exhausta en el sillón detrás del escritorio, como aturdida por lo que acababa de suceder. Tan sólo unos momentos él había estado allí, sentado frente a ella. ¿Quizás había estado soñando? No, habían hablado, y su perfume, que aún inundaba su consultorio, era la prueba más evidente de ello. Candy respiró hondo, intentando en vano desacelerar los latidos de su corazón. La compostura que había tratado de mantener frente a él ahora la había abandonado por completo y una sensación de absoluta incapacidad para controlar sus pensamientos y emociones se había apoderado de ella. Le temblaban las manos.
Súbitamente abrió un cajón y sacó una revista de unos meses antes que estaba debajo de un montón de publicaciones científicas. Lo abrió por la página donde había dejado una marca y leyó unas líneas en silencio:
- Entonces, a pesar de su indiscutible
encanto, por el que todo el género femenino haría locuras, ¿pretende hacernos
creer que nunca ha estado enamorado?
- Exactamente.
- ¿Y cómo definiría
su relación con su colega Susanna Marlowe?
- Usted mismo se
respondió: Susanna era simplemente una colega.
Un griterío procedente del patio del hospital interrumpió sus pensamientos. Se levantó, caminó hacia la ventana y lo vio. Terence estaba al centro de un grupo de chicas, rodeado sin posibilidad de movimiento, firmando un autógrafo tras otro. Regalaba sonrisas a quienes lo llamaban insistentemente para captar su atención. Pensándolo mejor, parecía muy diferente de cómo se había comportado con ella poco antes: después de que ella le habló de su madre, su diálogo se había limitado a breves frases cordiales, nada más. Sin duda le había sorprendido encontrarla allí, en Nueva York, y verla en bata blanca, pero en realidad no parecía conmocionado, a diferencia de ella, que casi se había caído de la silla cuando el doctor Evans le informó dela presencia del hijo de la señorita Baker. En medio de aquellas chicas que gritaban, parecía tranquilo y desenvuelto, casi divertido.
En cierto momento lo vio levantar las manos como en señal de rendición e intentar avanzar con dificultad hacia el auto que lo esperaba. Antes de subirse, dirigió la mirada hacia lo alto de golpe, como si alguien lo hubiera llamado. Sus miradas se encontraron por un instante; la respiración de Candy se detuvo. Estaba segura de que él la había visto, pero desapareció de repente dentro del auto sin hacer el más mínimo ademán de despedirse.
Los dos días siguientes, Terence volvió al hospital varias veces para visitar a su madre, evitando cuidadosamente los horarios en que sabía que Candy estaría presente. No le había contado nada a Eleanor sobre su encuentro pese a que estaba seguro de que ella estaba al corriente. No quería abordar el tema todavía, no hasta que estuvieran en casa de la actriz. Entonces hablarían de ello.
Capítulo dos
Nueva York, agosto de 1924
Eleanor Baker fue dada de alta del hospital después de unos diez días. Todavía se sentía un poco aturdida y tuvo que admitir que un período de descanso sin duda le vendría bien. Esperándola en casa, en su lujosa villa de Long Island, estaba su hijo, que había preferido no ir al hospital a recogerla, ya que cada vez que visitaba a su madre siempre había un cierto revuelo. Nueva York era muy diferente de Stratford y Terence Graham difícilmente podía escapar del acoso de periodistas y admiradoras.
- Gracias, Catherine.Ya puedes irte.Yo cuidaré de mi madre.
Con estas palabras Terence despidió a la asistente personal de la actriz y acompañó a Eleanor a un gran salón donde dos enormes ventiladores colgados del techo hacían el aire un poco más respirable.
- ¡Por fin en casa! – exclamó la actriz mientras se sentaba en un elegante sillón de mimbre.
- Viniendo de ti, a quien le encanta estar siempre fuera de casa, eso suena un tanto extraño.
- Estoy de acuerdo contigo, pero en estos días de descanso obligado creo que he entendido que de vez en cuando me gustaría concederme unas buenas vacaciones. ¡Ciertamente no en un hospital, sino en casa! Desde que compré esta propiedad creo que sólo he pasado aquí unos meses. Tú también deberías tomarte un descanso de vez en cuando.
Terence la miró perplejo.
- Mi trabajo es mi vida.¡No necesito un descanso! – exclamó mientras se preparaba un Manhattan frente al bar.
- ¿Qué quieres decir? No estarás pensando en volver pronto a Inglaterra... ¿o sí?
- Bueno, en realidad todavía tengo muchas cosas que ultimar para el nuevo espectáculo antes de que comiencen los ensayos.
- ¡Pero, Terence, acabas de llegar!¡Esperaba poder disfrutar un poco de mi hijo por una vez!Además, Long Island es muy divertida en agosto, llena de vida, hacen muchas fiestas… ¡Quizás te guste!
- ¡Mamá! – exclamó el actor con aire escéptico.
- Sé que las fiestas no son tu pasión... Sólo busco una razón válida para convencerte de que te quedes al menos un par de semanas.
Terence se sentó en el sofápara estar cerca de su madre y le dirigió una mirada llena de cariño.
- Dejémoslo en una semana, ¿vale?
- ¿Sólo una semana?
- Sólo una.Tómalo o déjalo.
A la señorita Baker no le quedó más que aceptar, aunque de mala gana. Había un asunto pendiente del que aún no le había hablado. Estaba segura de que Terence la había visto, pero él no había hecho la más mínima mención al respecto.
- Pero si te quedaras unos días más podrías volver a ver a algunos viejos amigos. ¿No te gustaría?
Terence sonrió, un poco sorprendido por la torpeza de su madre.
- No recuerdo haber tenido nunca muchos amigos en Nueva York. ¿Te refieres a alguien en particular? – le preguntó, cruzándose de brazos, después de haber dado el último sorbo a su bebida.
- Bueno, no lo sé... - balbuceó Eleanor, todavía dudando si debía soltar ese nombre que le quemaba la garganta - Podría tratarse de una amiga.
Exasperado, Terence suspiró profundamente; le cambió la expresión y se le oscureció el rostro.
- No entiendo lo que tienes en mente, pero como tengo una cita en media hora, ¡o hablas de una vez o me voy!
- Una cita… ¿Con quién?
Su hijo la miró seriamente por un momento más antes de levantarse del sofá y dirigirse hacia la puerta.
- Espera, Terence… Sé que viste a Candy y pensé que…
- ¿Te lo dijo ella?
- Sí.
- Es verdad. Podrías haberme dicho que era tu cardióloga… ¡De todas formas no tengo ninguna intención de volver a verla! – respondió con decisión sin darse la vuelta antes de salir delsalón.
El hipódromo de Belmont Park era uno de los lugares favoritos de Terence. Antes de mudarse a Inglaterra, solía ir con frecuencia, especialmente cuando algo le molestaba o lo ponía nervioso. Los caballos habían sido una de sus mayores pasiones desde muy temprana edad. Los admiraba por su elegancia combinada con una fuerza extraordinaria que los hacía capaces de soportar cualquier fatiga.Además, esa gran sensación de libertad y ligereza que experimentaba cada vez que montaba le había ayudado muchas veces a aclarar la mente.
En Belmont lo conocían bien y su presencia siempre era bienvenida. Había avisado el día anterior que pasaría por allí, así que cuando llegó su caballo ya estaba preparado. Como las carreras se suspendían durante el mes de agosto, la pista estaba libre y Terence, con su espléndido traje de montar, se lanzó al galope sobre Tristán, un purasangre inglés con un deslumbrante pelaje gris.
Por la falta de carreras, el hipódromo estaba poco concurrido ese día. Sin embargo, las escasas damas presentes no pasaron por alto al jinete que parecía querer devorar la pista, y cuando después de haber dado varias vueltas se detuvo, bajó de su caballo y se dirigió hacia hacia los establos, algunas de ellas lo reconocieron y se atrevieron a acercarse. Por lo tanto, Terence se detuvo para firmar algunos autógrafos, una rutina de la que ahora difícilmente podía escapar. Después de deshacerse de las admiradoras, su mirada se encontró con la de un hombre de aspecto familiar. Era un joven muy bien vestido, decididamente a la moda, con ojos color avellana y el pelo peinado hacia atrás, dejando al descubierto un rostro de rasgos elegantes y sofisticados. Al parecer, estaba hablando de negocios con otras dos personas sentadas a su lado. En cuanto se dio cuenta de que estaba siendo observado, alzó el rostro hacia el hombre de aspecto acalorado que sujetaba con fuerza las riendas de su caballo y, como lo reconoció al instante, se levantó de la mesa y fue a saludarlo.
- ¡Terence!
- Cornwell, ¿eres realmente tú?
- ¡El mismísimo Archibald Cornwell! ¿Qué estás haciendo en Nueva York? Pensé que ya estarías en Inglaterra permanentemente.
- Estoy aquí por mi madre.Ella no ha estado bien y, entonces...
- ¿Se encuentra mal la señorita Baker?
- Nada grave, sólo un poco de estrés.Ya está todo bien. Los médicos le recetaron un período de reposo.
- Entonces, ¿estuvo en el hospital?
- Sí, en el Bellevue unos diez días.
- ¿En el Hospital Bellevue?
- Sí.
- Qué raro... No lo sabía...
Los dos hombres se miraron un momento en silencio. Archie quería hacerle más preguntas a Terence, pero su diálogo fue interrumpido por la llegada de un joven que parecía conocer muy bien al actor.
- Graham, ¡maldito seas! ¿Vuelves a la ciudad y no sé nada al respecto?
- Hola, Jean Paul. ¿Cómo estás? Te ves muy bien.
- ¡Estoy bastante bien! Pero tú... Déjame mirarte: hermoso como el sol, el mujeriego de siempre, me imagino...
Terence tosió como si se le hubiera atorado un elefante, luego se volvió hacia Archie y le presentó a su amigo. Era Jean Paul Moreau, un músico al que había conocido una noche de forma bastante rocambolesca, es decir, salvándolo de unos tipejos que querían darle una paliza. Terence había intervenido y desde ese momento se había creado un vínculo especial entre ellos. Jean Paul era de origen francés, un tipo muy vivaracho, a veces demasiado, pero sumamente sincero. En el período más oscuro de Terence, después de la muerte de Susanna, cuando no sabía qué dirección tomaría su vida, Jean demostró ser un verdadero amigo.
- Encantado de conocerte.Tuve la oportunidad de escucharte tocar el mes pasado en el Cotton Club.Te felicito, en verdad fue una ejecución excelente – declaró Archie con su habitual formalidad.
Ante tanta elegancia, Jean Paul también intentó mostrar cierta compostura agradeciendo a Cornwell e invitándolo a escucharlo nuevamente el sábado siguiente.
- Habrá un programa fantásticoeste sábado en el Cafè Society, con los mejores músicos del momento, ¡incluyéndome a mí, por supuesto!
- ¡Tan modesto como siempre! – exclamó Terrence entre risas sarcásticas.
- No te pases de listo, Graham.Tú también estás invitado y no intentes decirme que no. ¡Me debes una por no avisarme de tu regreso!
Era inútil.¡A Jean Paul no se le podía decir que no!
Al terminar su reunión de negocios en Belmont Park, Archibald Cornwell regresó a casa. Vivía con su esposa, con la que se había casado el año anterior, en una lujosa villa a poca distancia de Central Park, en una de las zonas más elegantes de Nueva York.
Inmediatamente después de la boda, Cornwell y su esposa se habían mudado de Chicago a la Gran Manzana, donde los Ardlay acababan de abrir uno de sus bancos, el cual era dirigido por el joven con gran habilidad.
Al cabo de unos meses, su prima se había ido a vivir con ellos, tras haber sido contratada por el Hospital Bellevue.
A Archie le pareció muy extraño que Candy no le hubiera dicho que la señorita Baker había sido ingresada en ese mismo hospital. Tenía que haberla visto. De hecho, probablemente había sido una de sus pacientes, y sabía que él era un gran admirador de la actriz desde sus tiempos de colegial. ¿Por qué no le había dicho nada? ¿Quizás porque también había visto a Terence?
- ¡Nunca adivinarás a quién me encontré en Belmont! – exclamó quitándose los guantes y volviéndose hacia su esposa, que estaba ocupada arreglando unas flores en la sala.
- ¿Se trata de alguien que conozco? – respondió Annie con curiosidad.
- Alguien que ambos conocemos muy bien, pero que no hemos visto en mucho tiempo – continuó Cornwell con un tono de misterio en su voz.
Annie lo miró inquisitivamente, esperando que revelara la identidad de la persona en cuestión.
- ¡Terence!
- ¿Te refieres a Terence Granchester? – preguntó la esposa con los ojos muy abiertos.
- Precisamente a él, aun si ahora se hace llamar Graham.
Archie continuó refiriéndole a su mujer lo que su antiguo compañero de colegio le había contado sobre su madre y que luego no había podido profundizar en el tema porquelos había interrumpido la llegada de un amigo de Terence, Jean Paul Moreau, aquel músico que le había gustado mucho en el Cotton Club variassemanas antes.
- Estoy feliz de que la señorita Baker se haya recuperado. Con el trabajo que hace, siempre en movimiento, sin jamás tomar un descanso, creo que es normal tener a veces un episodio de cansancio. ¿Y cómo está Terence?
- ¡Espléndidamente diría yo! Además, las noticias que llegan sobre él desde Inglaterra no sugieren lo contrario. Parece que también está disfrutando de un gran éxito como director. Debo confesar que me causó una excelente impresión; fue muy amigable y nada arrogante como lo recordaba.
- Archie, han pasado muchos años.Es razonable pensar que Terence también ha madurado, ¿no crees?
- Ciertamente, sin embargo... hay una cosa que me pareció bastante extraña. Me dijo que la señorita Baker fue internada en el Bellevue.
- ¿Y qué con eso?
- ¿No te sorprende que Candy no nos haya dicho nada?
- Bueno... probablemente se le olvidó o tal vez no estaba autorizada a correr la voz ya que la Baker es una figura pública. La noticia ni siquiera apareció en los periódicos.
- Eso es cierto. Seguramente tuvo que ser discreta, pero...
- ¿Pero?
- El regreso de Terence Graham a Nueva York salió en todos los periódicos y Candy tampoco dijo una sola palabra sobre eso. Debe haber ido a visitar a su madre... ¿No crees que debe haberlo visto?
Annie no había pensado en esa posibilidad al principio y eso la hizo pensar. Recordó algunas actitudes de Candy que le habían parecido inusuales en los días anteriores: había estado más bien taciturna, lo cual era definitivamente inusual en ella, y había dicho varias veces que estaba cansada, por lo que se había retirado muy temprano a su habitación. La idea de que lo hubiera vuelto a ver le parecía verosímil y le sorprendió el hecho de que no se lo hubiera contado. Quizás a Candy simplemente no le había parecido importante.
- Han pasado muchos años desde la última vez que se vieron... No creo que el hecho de que él esté en Nueva York pueda alterarla de alguna manera...
- Annie… ¿de verdad crees lo que acabas de decir? – le preguntó su marido con una mirada escéptica.
- De hecho, ya nunca hablamos de él, no sé si todavía ocupa un lugar en sus pensamientos. Desde que está aquí con nosotros en Nueva York se le ve muy tranquila, feliz y orgullosa de su trabajo. Tengo la impresión de que ha alcanzado cierto equilibrio y…
El marido la interrumpió mirándola de una manera que parecía querer destruir todas las precarias certezas de su esposa. La pregunta que le hizo inmediatamente después dio el golpe final.
- ¿Ha salido alguna vez con alguien desde que está aquí?
- ¡Eso no significa nada! Candy no es una chica frívola. Si sale con alguien es porque esa persona le agrada en verdad y le parece interesante, no lo hace sólo por pasar el tiempo – objetó Annie.
- Si prácticamente no tiene vida social, ¡me gustaría saber cómo le va a hacer Candy para conocer a alguien interesante!
- Sé que en Chicago salió con un chico por un tiempo, pero aquí en Nueva York ha estado muy ocupada con el trabajo en los últimos meses.Estoy segura de que en cuanto esté más tranquila...
- ¿Y si la ayudamos a divertirse? Este sábado en el Cafè Society habrá un gran espectáculo con los mejores músicos de jazz del momento. Podríamos ir juntos y tal vez preguntarle a Candy si quiere invitar a alguien... ¿Qué te parece la idea?
- Le preguntaré. Espero que no tenga turno nocturno en el hospital.
*****
El Café Society era un local muy de moda en aquellos años. Allí se presentaban los mejores artistas de jazz y la clientela estaba compuesta tanto por blancos como por afroamericanos. Estaba en el barrio de Greenwich Village, no lejos del antiguo apartamento de Terence, donde hacía mucho tiempo que no vivía, pero que nunca había vendido.
El interior de la sala estaba lleno de gente, con muchas mesas ya ocupadas, cuando entró la señorita Ardlay junto con el señor y la señora Cornwell. La música alegre que la recibióde inmediato la puso de buen humor. En realidad, últimamente había dedicado poco tiempo a la vida social.No recordaba la última vez que había salido a divertirse. Sin lugar a dudas, el nuevo trabajo en Nueva York la había absorbido casi por completo y la había puesto a dura prueba. Luego se había dado aquel encuentro. No podía negar que volver a ver a Terence la había trastornado por completo y se preguntaba si tendría la oportunidad de hablar con él de nuevo.
- ¡Aquí está nuestra mesa! – exclamó Archie, que había reservado un lugar muy cerca del escenario donde estaban los músicos.
El primer grupo de músicos ya había tocado y otros artistas estaban montando sus instrumentos. La gente seguía llegando y había mucha excitación en el aire. Un vocerío continuo e indistinto, del que surgía de vez en cuando algún grito o alguna expresión bastante colorida. Gente que se saludaba, hombres que invitaban a las damas a bailar, algunos que fumaban y otros que tomaban una copa.
Annie y Candy miraban a su alrededor mientras un camarero les servía unas bebidas. La morena calificaba sin piedad la vestimenta de todas las mujeres que pasaban a su lado, escandalizándose cuando se encontraba con una combinación de colores que consideraba desastrosa. La rubia simplemente observaba con agrado la mezcla de personas que se habían dado cita en ese lugar, atraídas por ese nuevo género musical que también había conquistado Nueva York.
Y la música fue la protagonista indiscutible de la velada. Durante más de una hora, melodías de jazz y blues cobraron vida, cautivando a todos los presentes con su gran carga rítmica. La banda de Fletcher Henderson, de la que en ese entonces formaba parte nada menos que Louis Armstrong, deleitó al público con una ejecución absolutamente excepcional.
Archie hizo bailar a sus dos acompañantes, que se turnaron de buena gana, y recibió elogios de su prima, que no recordaba que fuera tan buen bailarín.
- Querido primo, ¡estoy agotada y no es fácil cansarme!
- Candy... ¡estás fuera de práctica!
- ¡Por suerte no tengo que trabajar mañana, de lo contrario no creo que pudiera mantenerme en pie!
Annie, a quien le había tocado estar sentada durante el últimoturno de baile, notó una extraña conmoción en la entrada, como si hubiera llegado una celebridad, lo que en realidad no sería nada extraordinario porque el lugar estaba lleno de personajes famosos, sobre todo artistas de todo tipo, pero también políticos y figuras de las altas finanzas.
- ¡Tengo mucha curiosidad de saber quién es la persona que causó semejante alboroto al entrar! Archie, mira... ¿no es ese el músico que escuchamos hace un tiempo y que me gustó mucho?
- Sí, Annie, se llama Jean Paul Moreau, es un pianista emergente realmente bueno, ¡pero no creo que sea tan famoso como para provocar tanta emoción de las damas! Más bien…
- Pero ¿acaso no es Terence? – exclamó Annie volteando de inmediato hacia Candy para observar su reacción.
Candy no respondió; levantó un poco la cabeza para asegurarse de que Annie no estuviera equivocada. No, no se equivocaba.Era él quien, junto con su amigo músico,probablemente intentaba llegar a una mesa libre abriéndose paso entre una multitud de chicas enloquecidas.
Cuando finalmente lograron sentarse, un camarero inmediatamente les sirvió unas bebidas. Otros jóvenes se detuvieron a saludarlos. A Candy le parecióreconocera algunos actores y actrices que había visto en fotografías en los periódicos. La mesa de los recién llegados no estaba muy lejos y no tenía que voltear para poder verla, aun si no podía ver el rostro de Terence porque estaba sentado de espaldas a ella. Se veía muy elegante con un esmoquin que parecía hecho a su medida y el cabello peinado hacia atrás, aunque un mechón rebelde se obstinaba en acariciarlela frente y él de vez en cuando trataba de acomodarlo con la mano. Relajado y sonriente, encendió un cigarrillo.
No era demasiado tarde, pero aun así el lugar empezaba a vaciarse porque la banda más esperada ya había terminado de tocar y a continuación subirían al escenario algunos artistas poco conocidos que todavía no se habían hecho de un nombre en la escena musical.
- Ahora debería ser el turno de Jean Paul Moreau.No es muy famoso, pero la última vez que lo escuché definitivamente me impresionó. En verdad creo que te gustará Candy.
- ¿Qué decías, Archie?
Candy no había prestado atención a las palabras de su primo. De hecho, durante unos minutos sus pensamientos habían sido totalmente capturados por una sola persona. Archie se había dado cuenta de eso y, mientras Jean Paul tocaba su primera pieza en el piano, observó la actitud de Candy con atención.
Después de un par de piezas que fueron recibidas con muy buena aceptación por parte de los presentes, Jean Paul se levantó del piano y se acercó al micrófono con la intención de hacer un anuncio.
- Señoras y señores, les agradezco la acogida y su cálida participación, que estoy seguro será aún más cálida en unos momentos cuando suba al escenario un gran artista que es un muy querido amigo mío. Ya habrán notado su presencia en el lugar, puesto que definitivamente no pasa desapercibido. Lleva mucho tiempo lejos de Nueva York, pero el recuerdo de sus increíbles interpretaciones en el escenario no ha desaparecido. Por desgracia, no ha vuelto para deleitarnos con su arte dramático, pero esta noche al menos podremos disfrutar de sus habilidades para el canto. ¡No tengo intención de extenderme más, e invito a Terence Graham a subir al escenario!
Terence, sentado a la mesa, dudó en levantarse e hizo señas con la mano de que no lo haría, pero los aplausos del público ya resonaban y Jean Paul le lanzó una mirada que advertía que no podía decepcionarlo. El actor se vio obligado a unirse a su amigo en el escenario.
- ¡Qué ocurrencia la tuya, Jean! – murmuró al oído del francés, esforzándose por sonreír.
- ¡Vamos, Terence!Como en los viejos tiempos – respondió su amigo guiñándole el ojo.
En realidad, cuando iniciaron su amistad, Jean Paul solía arrastrar a Terence a los locales donde tocaba y en más de una ocasión se habían divertido tocando y cantando juntos.
Mientras se quitaba la pajarita y se desabrochaba el botón superior de la camisa, con un gesto que hizo estremecer a todo el género femenino presente en la sala, Terence le preguntó a su amigo pianista qué pieza tenía pensado interpretar.
- ¿Qué te parecería Una noche contigo?
Terence movió la cabeza de lado a lado sonriendo antes de tomar el micrófono. De repente, una luz le dio de frente, provocando un leve murmullo de asombro e impidiéndole ver más allá del escenario.
Jean Paul se colocó al piano y se tronó los dedos en un gesto exagerado, en tanto que Terence se sentaba en un taburete con una pierna doblada y la otra apoyada en el suelo. Intercambiaron una última mirada de comprensión y,a continuación, la primera frase llenó la sala, cobrando vida gracias a la espléndida voz del actor; inmediatamente después comenzó la música.
Capítulo tres
Ya habían pasado tres días desde aquella noche en el Café Society y no había sabido nada más de Terence. Se acercaba el sábado, el día en que partiría hacia Inglaterra y yo empezaba a temer que no volvería a verlo nunca más. Todavía no entendía realmente por qué, pero se me hacía un nudo en la garganta cada vez que recordaba cuando me había llevado a casa. Había sido tan frío y distante. No me había hecho ninguna pregunta sobre mi vida actual o lo que había hecho en todos esos años en los que no nos habíamos visto. Parecía que mantenía su distancia de mí voluntariamente y eso me llevó a pensar que no quería saber nada de mí. Después de todo, aun después de la desaparición de Susanna, él no me había buscado y yo tampoco.
Me parecía que nuestra historia se había ido desvaneciendo poco a poco, sin dejar el menor rastro. Sentí una sensación extraña como cuando te despiertas al amanecer, tras haber tenido un hermoso sueño, y por un momento tienes la impresión de que todo es verdad, pero cuando decides levantarte todo se desvanece y sólo queda un recuerdo confuso.
Esa mañana, después de terminar mi turno nocturno en el hospital, caminaba un poco adormilada por la Primera Avenida con la idea de desayunar antes de regresar a casa. Me detuve en una cafetería cerca del hospital. Estaba bastante llena y no pude encontrar un lugar libre para sentarme. Al estirar el cuello pude ver una mesa ocupada únicamente por un hombre concentrado en leer el Times. Me acerqué a él y le pregunté educadamente si el asiento frente a él estaba libre. Bajó el periódico y me miró fijamente por un momento con expresión de asombro.
- Señorita Ardlay, ¿se acuerda de mí?
Como el cansancio por no haber pegado ojo en toda la noche me nublaba los pensamientos, no lo reconocí de inmediato.
- ¡Soy Jean Paul, el amigo de Terence!
Quién sabe por qué escuchar su nombre hizo que me sobresaltara, y creo que el amigo de Terence notó mi vergüenza porque una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Fingí no haberlo notado y lo saludé, tras lo cual amablemente me invitó a tomar asiento.
- ¿Puedo ofrecerle algo?
- No, gracias, como puede ver ya hice el pedido – respondí mientras un camarero me servía un té y unas galletas.
Hablamos durante unos minutos sobre los respectivos compromisos que nos habían llevado a ambos a desayunar a esa hora inusual; en realidad era muy temprano. Jean Paul me dijo que tenía una cita en el Teatro Stratford con Robert Hathaway y que estaba un poco nervioso.
- ¿Recuerda la música que le di a Terence la otra noche? Bueno, me dijo que se la propondría a Hathaway y parece que le gustó mucho. En verdad espero que se use en la próxima obra de teatro. ¡Sería algo grandioso para mí! En mi trabajo nunca se sabe cómo van a ir las cosas. Poder componer música para teatro sería una fuente segura de ingresos, así que... Terence se ofreció a echarme una mano. ¡En verdad es un gran amigo!
Esta vez fui yo quien sonrió, intentando que Jean no lo notara.¿Quién mejor que yo podía saber lo generoso que era Terence y cómo siempre estaba dispuesto a intervenir para ayudar a una persona en dificultad?
- ¿Son muy buenos amigos? – le pregunté.
- Nos conocimos el año antes de que se mudara a Inglaterra y durante ese tiempo pasamos mucho tiempo juntos a pesar de su apretada agenda. Al fin y al cabo, él ya era una estrella. ¡Seguramente habrá oído hablar de su Hamlet!
- Sí, claro – murmuré recordando con nostalgia la invitación para asistir a la obra que me había enviado Eleanor y que yo había rechazado.
- No obstante, a pesar del éxito, Terence no estaba bien.Siempre estaba inquieto; parecía que no podía encontrar la paz. Por eso decidió marcharse en cuanto llegó la propuesta de Inglaterra. Pensó que un cambio de aires le ayudaría y, a juzgar por lo que he visto, ¡en realidad parece estar muy bien! ¿Y ustedes dos son muy buenos amigos?
No esperaba esa pregunta y, por la sorpresa, no supe qué responder. Ante mi vacilación, Jean Paul se disculpó de inmediato.
- Perdóneme, Candy.Siempre hablo demasiado y creo que fui indiscreto.
- No se preocupe… Es sólo que han pasado muchos años desde la última vez que Terence y yo nos vimos y… quizás alguna vez fuimos amigos, pero ahora sinceramente no lo sé – terminé mi discurso con dificultad, el cual no debe haberle parrecido muy convincente a Jean porque me dirigió una mirada bastante escéptica, pero no dijo nada más.
Se ofreció a pagar mi desayuno y luego me dijo que se le estaba haciendo tarde, así que tenía que irse. Hathaway no soportaba a la gente que lo hacía esperar.
- ¡Terence me recomendó ser puntual!
- ¿Él también estará allí? – no sé cómo salió esa pregunta de mi boca, pero enseguida sentí que mis mejillas se calentaban y me dio tanta vergüenza que bajé la vista.
- No, él no estará allí – respondió Jean desviando la mirada para no aumentar mi vergüenza.
Salimos del local y nos despedimos. En cuanto me volví para caminar hacia mi auto, me llamó.
- Escuche, señorita Ardlay, siéntase totalmente libre de aceptar o rechazar mi invitación, pero... ¿qué le parecería venir a una fiesta mañana por la noche?
- ¿A una fiesta... mañana por la noche?
- Si aún no tiene otros compromisos, claro está. Es el cumpleaños de una amiga mía, una música con la que toco a menudo. Además, es una gran admiradora de Graham. ¡Imagínese que me pidió como regalo que lo lleve! – exclamó Jean Paul guiñándome un ojo.
Así que Terence también estaría ahí... La posibilidad de verlo una vez más, que hasta hacía unos minutos me había parecido casi imposible, ahora de pronto se había vuelto real. ¡No lo podía creer! Tratando de contener mi felicidad, le dije a Jean que no tenía otros compromisos y que ni siquiera tenía que trabajar porque era mi día libre.
El rostro del francés se iluminó y me entregó una nota en la que se indicaba la dirección de la villa donde se realizaría la fiesta.Luego se alejó corriendo mientras agitaba el brazo a manera de despedida.
- Nos vemos mañana, Candy, y venga con quien quiera – me gritó.
- ¡Gracias, Jean, y buena suerte con tu música! – respondí con una gran sonrisa.
Llegué a casa y después de una ducha me metí en la cama. Esa noche había habido mucho movimiento en el hospital, no había dormido nada y me sentía muy cansada. Sin embargo, el encuentro con Jean Paul y sobre todo su invitación me habían dejado un tanto agitada y no podía dormir. Al principio, la idea de poder volver a ver a Terence me había emocionado tanto que todo lo demás había perdido importancia; simplemente no podía esperar a que llegara el día siguiente. Repasé en la mente la conversación que había tenido con el amigo de Terence y de repente recordé una frase que había pronunciado al hablar de él: había dicho que cuando lo conoció, aunque ya era un actor de mucho éxito, no estaba sereno y parecía no encontrar la paz. Empecé a pensar cuál podría ser la causa de tanta ansiedad. ¿Qué podría haberlo angustiado hasta el punto de obligarlo a abandonar Estados Unidos? Su partida se remontaba a principios de 1921, hacía más de tres años… unos meses después… ¡de la muerte de Susanna Marlowe! Entonces, ¿era eso lo que lo había devastado? ¿Haber perdido a Susanna? Esa idea me asaltó de repente, dejándome sin aliento, hasta el punto de que tuve que incorporarme en la cama para evitar el riesgo de asfixia. ¡Por supuesto! El dolor de su muerte debía haber sido tan insoportable aquí en Nueva York que lo había empujado a irse.
Sin embargo, en aquella entrevista concedida hacía unos meses sólo la había definido como una colega... y también había dicho que nunca se había enamorado en toda su vida... ¿Podía dar crédito a esas declaraciones? El Terence que yo conocía no era de los que confiaban sus pensamientos y sentimientos a un periodista. Cuanto más intentaba entender, más parecía implosionar mi mente en una maraña de pensamientos y miedos. Al fin y al cabo, no sabía nada del período que había pasado junto a Susanna. En realidad, hacía muchos años que no sabía nada de él, aparte de los éxitos teatrales que reportaban los periódicos, pero el día que lo había tenido frente a mí en el hospitalpor un momento tuve la impresión de que no había cambiado. ¿Y yo? ¿Todavía sentía algo por él? ¿Era posible? Me sentía extremadamente confundida, pero no podía negar que me ponía nerviosa al estar cerca de él ¡como siempre me había pasado desde la primera vez que lo vi!
¿Qué podía hacer? Lo único que quería era poder hablar con él, aunque no tenía idea de qué podría decirle o preguntarle. ¿Sería esa fiesta la ocasión adecuada? No estaba tan segura, pero no tenía elección. Por el momento era mi única opción.
En Nueva York todavía no conocía a nadie, o mejor dicho, a nadie con quien pudiera ir a una fiesta, así que le pedí a Annie que me acompañara. A ellale encantó la idea porque Archie había salido a una de sus aburridas cenas de negocios.
Estábamos preparándonos para salir cuando, de repente, ella me preguntó cómo me había ido la otra noche, cuando Terence me había acompañado a casa.
¿Qué podía responder?
Le dije algo que no revelarademasiado mi decepción, algo como que todo había ido… bien y que él, Jean Paul y yo habíamos hablado un poco sobre su trabajo. No creo haber sido muy convincente, pero Annie no me preguntó nada más.
Y así fue que, con dos hermosos vestidos flapper, yo de blanco y plateado y Annie de verde, nos subimos al auto con dirección a Long Island.
En la dirección que me había dado Jean Paul nos recibió un palacio enorme y un tanto extraño, más parecido a un castillo del norte de Europa que a una residencia de West Egg, donde nos encontrábamos.
Annie y yo intercambiamos una serie de miradas emocionadas, pero también un poco asustadas por lo que podríamos encontrar dentro. Una vez que bajamos del auto, de inmediato nos invadió el ambiente de celebración que la música desenfrenada traía hasta nuestros oídos para terminar rebotando directamente en nuestros estómagos. Nos armamos de valor y entramos con radiantes sonrisas carmesí.
- ¡Dios mío, Candy, podríamos perdernos aquí! – exclamó Annie, quien estaba boquiabierta ante la majestuosidad de las habitaciones que íbamos atravesando.
El mobiliario era una mezcla de estilos cuyo contraste hacía del ambiente un lugar fuera del tiempo; parecía entrar en un sueño o, más bien, en un gran escenario donde los decorados se alternaban y cambiaban continuamente. En cada rincón, había dispuestos exuberantes festines con todo tipo de delicias y el champán corría libremente ¡como si allí ni siquiera se contemplara el prohibicionismo!
Con dificultad, caminando y mirando alrededor casi aturdidas, llegamos a un gran espacio abierto, una especie de terraza que daba directamente a la bahía. El ambiente era mágico:brotaban de todos lados enormes plantas ornamentales, flores de colores y velas, muchas velas. Una ligera brisa renovaba el aire, trayendo consigo el aroma del mar.
Nos sentamos en el borde de una fuente situada al centro. Del otro lado, una orquesta formada por instrumentos de cuerda y viento tocaba una melodía que parecía seguir el ritmo de las olas. Al cabo de unos minutos, un camarero se detuvo justo delante de nosotras con una bandeja y nos ofreció champán y aperitivos.
No sabría decir cuántas personas habían asistido la fiesta, pero ciertamente no eran pocas: hombres y mujeres más o menos de mi edad o un poco mayores, elegantemente vestidos según la moda del momento, conversaban entre ellos, intercambiando bromas y sonrisas; otros bailaban animadamente.
Mirando a mi alrededor traté de identificar quién era la cumpleañera, pero no había nada que me indicara quién podría ser. Si al menos hubiera encontrado a Jean Paul, podría haberle preguntado, pero tampoco había rastro de él. ¿Y Terence? De repente, se me ocurrió que podría estar por ahí en alguna parte, así queescudriñé con los ojoscada rincón sin suerte.
¿Y si no había venido? En realidad, Jean sólo
me había dicho que su amiga era una gran admiradora de Graham y que le encantaría
tenerlo en su fiesta de cumpleaños, pero... ¡él podría haber rechazado la
invitación!
En ese instante me sentí una idiota.Nada podía asegurarme que Terence estuviera ahí y yo, como unaestúpida,¡había aprovechado el cumpleaños de una chica que ni siquiera conocía sólo para verlo! ¡Debía haber enloquecido!
- ¡Qué estúpida! – exclamé en voz baja.
- ¿Qué dijiste, Candy? – me preguntó Annie sentada a mi lado.
- Nada, nada... ¿Por qué no nos vamos?
- ¿Qué? ¡Pero si acabamos de llegar! ¿Acaso no te sientes bien?
- No es eso... es sólo que...
- ¡Señoras, bienvenidas!
Las dos nos volteamos al escuchar una voz masculina que nos saludaba.
- ¡Es realmente un placer para los ojos verlas!
- Buenas noches, Jean Paul – respondí añadiendo una sonrisa que me salió natural debido a la gran simpatía que sentía por aquel chico, sin saber exactamente por qué. Jean tenía un aire desenfadado y alegre, pero al mismo tiempo sus profundos ojos oscuros parecían comprender muchas cosas y, aunque no me conocía, tuve la impresión de que entendía mi nerviosismo y algo más.
- Entonces, ¿qué les parece? ¿No es una fiesta increíble?
- Sin duda.Parece que estamos dentro de un cuento fantástico – respondió Annie.
- Si vienenconmigo, les presento a la cumpleañera.
Llegamos a una zona de la terraza un poco apartada y ocupada por una serie de sofás y sillones de todas las formas, dispuestos de tal manera que formaban una especie de laberinto. En uno de ellos estaban sentados dos jóvenes y entre ellos una chica muy hermosa con el pelo rubio recogido en una larga trenza, ataviada con un largo vestido rojo, brillante y escotado. Jean Paul se dirigió a ella para hacer las presentaciones: se llamaba Jane y ese día cumplía veintiséis años. Ella nos sonrió, mostrando una hilera de dientes muy blancos detrás de su lápiz labial e invitándonos a unirnos a su grupo de amigos. Annie y yo nos sentamos y Jane nos dijo el nombre de cada uno, haciéndonos sonreír porque agregaba una característica particular a todos los nombres: estaban Dick, el serio; Charlotte, la francesa; John, el galante; Jennifer, la bailarina, y muchos otros. Su simpatía provocó una risa general. ¡De verdad era divertida!
- Y hasta hace un momento también estaba Terence, el hermoso, ¡pero ya no lo veo! ¡Ese chico es un misterio!¡Aparece y desaparece como por arte de magia! – exclamó finalmente Jane, mirando a mi alrededor y haciéndome dar un respingo.
- Jane, ¿sabes que Candy lo conoce bien? Eran compañeros de escuela en Londres – le reveló Jean.
- ¿En serio?¡Entonces, tienes que contarnos rápido algo antes de que reaparezca! – exclamó Jane emocionada, acercándose para sentarse a mi lado.
- Oh, bueno… no lo sé… En realidad en el internado al que asistíamos nos mantenían a las niñas y los niños en áreas separadas, por lo que no había forma de verse mucho. Solamente nos veíamos en la misa dominical, pero Terence casi nunca iba... y por eso...
- ¡Oh, mon Dieu, una verdadera prisión! – bromeó Charlotte.
- Pero no ha desaparecido.¡Ahí está! - exclamó Dick seriamente, salvándome del bochorno.
Volteé, al igual que Jane, en la dirección que Dick había indicado y fue entonces que lo vi. Estaba parado a un par de metros de nosotros, apoyado contra la pared que delimitaba la terraza, con las piernas cruzadas, una copa en una mano y un cigarrillo en la otra.
- Terence, finalmente… Pero ¿dónde te habías metido? No querrás que pase mi cumpleaños buscándote. ¡Ven aquí!
Pero no le respondió y con rostro sombrío le hizo un gesto a Jean, quien inmediatamente fue hacia él y luego se alejaron juntos.
- Qué tipo más extraño, pero definitivamente encantador, ¿no creen?
- ¡Si tú lo dices, Jane! – exclamó John con escepticismo, haciendo reír a todos de nuevo.
- ¿Qué está haciendo ella aquí?
- ¿Quién?
- ¡Sabes muy bien de quién hablo, Jean Paul!
- Si te refieres a la rubia, yo la invité.
- ¿Cómo que la invitaste... y cuándo?
- Ayer por la mañana nos encontramos por casualidad en un café, desayunamos y le pregunté si quería venir a una fiesta. ¿Qué hay de extraño en eso?
-¿Le dijiste que yo también vendría?
- No... no lo creo...
- ¿Le dijiste o no?
- Creo que le dije que Jane quería que te invitara porque es una gran admiradora tuya...Sí, le dije eso, creo… ¿Pero qué te pasa?
- ¡Nada!
Después de unos minutos, Terence y Jean Paul regresaron, justo cuando la orquesta había comenzado a tocar una pieza lenta, adecuada para bailar en pareja. Jane de inmediato se levantó del sofá para capturar el brazo de Terence y llevarlo con ella al centro de la pista. Annie y yo nos quedamos sentadas charlando con Jean Paul y los demás.
No quería mirarlos, pero no pude evitarlo, aunquehice lo posible por que nadie se diera cuenta. Jane era sin duda una chica fascinante y, a juzgar por la forma en que abrazaba a Terence, también muy aventada. Mientras bailaban ella le hablaba, lanzándole sonrisas a las que él respondía echando la cabeza hacia atrás, divertido. Era innegable: ¡él definitivamente se la estaba pasando genial! Aparté la mirada molesta y cuando los volví a buscar entre las tantas parejas que bailaban, ya no estaban.
Annie también parecía divertirse: había iniciado una intensa conversación con Charlotte, la francesa, sobre alta costura. La joven, que habíallegado unos meses antes directamente de París, era una auténtica experta en el tema, a diferencia de mí.
De repente, Jane reapareció sola preguntando si alguien más tendría la amabilidad de invitarla a bailar. Vi a Jean Paul saltar como si fuera todo lo que había estado esperando y se alejaron juntos para bailar un charleston desenfrenado.
Miré a mi alrededor un poco, vacilante, y luego le dije a Annie que iba a dar un paseo. Me levanté y me dirigí al interior del edificio. Quería encontrar un lugar tranquilo donde poder ordenar un poco mis pensamientos.
Subí por una escalera que conducía al piso superior, donde esperaba que no hubiera nadie. A medida que subía, la música que venía de la terraza parecía disolverse. Cuando llegué al último escalón, me sentí aliviada al ver que el largo pasillo que se extendía frente a mí estaba desierto. A lo largo de las paredes laterales había varias puertas; tuve la impresión de que eran dormitorios. Eso no me gustó y estaba a punto de darme la vuelta cuando una melodía, proveniente del final del pasillo, llegó a mis oídos. Di unos pasos para acercarme y poder escuchar mejor. Me parecía familiar, pero las notas que todavía llegaban hasta allí de la orquesta, aunque débiles, me impedían reconocerla. Casi sin darme cuenta seguí avanzando por el pasillo, y con cada paso que daba iba reconociendo las notas una por una. Hasta que, ya muy cerca de la habitación de donde provenía, supe con certeza de qué música se trataba.
Me quedé como petrificada frente a la puerta. Estaba entreabierta, pero desde donde estaba no podía ver quién estaba dentro. Sin embargo, esa melodía parecía hablarme claramente, muchas veces la había visto nacer de sus manos. Sólo podía ser Terence quien la estaba tocando. Me moví un poco hacia un lado y allí lo vi, sentado al piano. La expresión de su rostro era la misma que tenía muchos años atrás, cuando había intentado enseñarme por primera vez a tocar esas dulces notas.
Entonces, ¿lo recuerdas... también tú piensas en mí a veces?
Sentí que me sofocaba. Un peso enorme se me había instalado en medio del pecho, cerrando mi garganta. Bajé los ojos para no explotar y, de repente, la música se detuvo. Levanté la cara y nuestras miradas se encontraron. Ahora estaba de pie, con una mano apoyada en el piano y la otra en el bolsillo. Con mucha calma sacó su cigarrera y encendió un cigarrillo, exhalando con decisión el humo generado por la combustión del tabaco. Cerró lentamente la tapa que protegía el precioso teclado de ébano y marfil y permaneció inmóvil por un momento; luego se giró, avanzó hacia mí y abrió la puerta por completo.
- Corres el riesgo de perderte – me dijo.
- ¿Cómo? – le pregunté, sin haber entendido del todo a qué se refería.
- El edificio es muy grande y si lo recorres sola... corres el riesgo de perderte – repitió mirándome discretamente de arriba a abajo.
Siempre había sido más alto que yo, pero ahora… me parecía imponente. En ese momento me sentí tan pequeña frente a él, tal vez más de lo que realmente era.
No dijo nada más y salió de la habitación pasando junto a mí. Lo vi alejarse y no sé cómo encontré el valor para llamarlo. Se dio la vuelta, pero su mirada fría congeló mis palabras.
- No, nada. Lo siento.
Lo vi desaparecer escaleras abajo.
Volví al piso inferior decidida a irme, pero luego pensé que sería bastante grosero no esperar al menos a que partieran el pastel, aunque probablemente nadie notaría mi ausencia.
Escuché muchos gritos provenientes del área donde se encontraba la piscina, a la que se accedía desde la terraza por una pequeña escalera. Annie y yo nos asomamos por la barda y lo que pasó después me hizo arrepentirme de no haber abandonado la fiesta poco antes.
Jane, de pie en una silla, parecía a punto de hacer un anuncio, dado que agitaba los brazos para llamar la atención de los presentes.
La atmósfera definitivamente parecía haberse calentado. Me dio la impresión de que muchos chicos, e incluso algunas chicas para ser sinceros, habían bebido demasiado. Alguien ya se había aventado al agua, o tal vez se había caído, completamente vestido, y lo habían sacado de ahí con dificultad.
Una extraña sensación me recorrióla espalda, como si fuera a pasar algo en cualquier momento.
- Un momento de atención, por favor – gritó Jane después de equiparse con un megáfono para hacerse oír mejor.
Todos a su alrededor voltearon hacia ella; quedé asombrada por el poder de esa chica, debía ser muy conocida en Nueva York.
- Escuchen... ¿qué tal si animamos un poco las cosas?
Su petición enseguida obtuvo un “Sííííí” coral en respuesta.
- Bueno... entonces... para agradecerlessu afectuosa presencia, he decidido organizar un concurso. ¿Ven la piscina frente a mí? Pues bien, en unos momentos se celebrará aquí mismo una competencia de natación y el ganador recibirá un premio. ¿Tienen curiosidad por saber qué será?
De nuevo los presentes estallaron en gritos entusiastas.
- De una vez les digo que sólo podrán participar los chicos, mientras que las niñas... bueno…. ¡si quieren pueden ser el premio! El ganador, pero sólo el ganador, recibirá un premio especial... ¡el honor de recibir un beso nada menos que de su servidora! Entonces… ¿quién quiere participar y probar su suerte?
Tras esa pregunta el primero en dar un paso al frente fue Terence, adelantándose por poquísimo a Jean Paul. Poco después se les unieron otros tres tipos que no conocía. Dick se ofreció a fungir como juez.
- ¿Pero no podrán aventarse vestidos? – preguntó Annie, quien evidentemente no se imaginaba que los jóvenes se desnudarían allí mismo, ante nuestros ojos, incluido Terence. Cuando se dio cuenta de eso, se tapó los ojos con una mano y se giró al instante para darle la espalda a la piscina.
- ¡Candy, dime que lo que acabo de ver no es cierto, por favor!
- ¡Te diría una mentira, Annie!
- ¡Dios mío, Archie me va a matar!
A pesar de la vergüenza, ¡tengo que admitir que no podía quitarle los ojos de encima a Terence! Parecía salido de un museo de escultura clásica y, por supuesto, no fui la única que lo notó. Tan pronto como se quitó la chaqueta y luego la camisa, resonaron gritosde apreciación del espectáculo, ¡por no mencionar los que se escucharon cuando se quitó los pantalones!
Los cinco jóvenes se posicionaron al borde de la piscina y se lanzaron al agua cuando sonó el silbato del juez. Terence y Jean Paul pronto dejaron atrás al resto del grupo y quedó claro que eran los dos que pelearían por la victoria. A mitad de camino todavía estaban codo con codo, pero Terence parecía estar ganando ventaja poco a poco. Mirándolo me di cuenta de que estaba intentando ganar por todos los medios. ¡Así que era él quien quería recibir el beso de Jane! De hecho, por poco más de una brazada, Terence fue el primero en tocar el borde opuesto de la piscina, consiguiendo la victoria.
- Ganó – murmuré incrédula, mientras Annie todavía estaba de espaldas.
Todos los participantes recibieron toallas para secarse y cubrirse. Jane le llevó una a Terence, quien, después de frotarse el cuerpo y el cabello con ella, se la puso alrededor del cuello, sujetándola con ambas manos.
El tercer y el segundo puesto subieron a un podio improvisado y recibieron el premio de consolación: Jean Paul recibió un beso de una chica muy guapa que no podía esperar para acaparar al francés, aun si él parecía no disfrutarlo mucho, ya que estaba más interesado en observar lo que estaba sucediendo entre Terence y Jane.
Después de recuperar sus pantalones, Jane lo acompañó hasta el escalón más alto del podio y declaró que era el apuesto actor quien había ganado el primer premio.
- ¿Por qué no vienes por él? – lo desafió la chica.
Terence bajó del podio con un atisbo de sonrisa y se paró frente a ella con la intención de obtener aquello por lo que se había esforzado tanto. Cuando vi a Jane acercarse a él y ponerle las manos sobre los hombros, casi grité. Annie se volvió hacia mí, incapaz de pronunciar palabra alguna. Sólo la sentí sujetarme el brazo para intentar sacarme de allí, pero la detuve. Quería ver.
Cuando Jane y Terence estuvieron lo suficientemente cerca para besarse, él tomó la toalla que aún tenía alrededor de su cuello y, pasándola sobre su cabeza, los cubrió a ambos, por lo que los presentes sólo podían imaginarse lo que iba a pasar allí debajo. Luego le rodeó la cintura con un brazo y la atrajo hacia él.
Ese gesto desencadenó una serie interminable de pitos y gritos que se mezclaron con aplausos cuando los dos reaparecieron.
Impactada por lo que había visto, miré hacia otro lado justo a tiempo para ver a Jean Paul recuperar apresuradamente su ropa y marcharse. Terence también lo notó y su rostro al instante cambió de expresión: su risa se desvaneció y frunció el ceño.Despuésalzó la cara y me miró.
En ese momento una serie de explosiones muy seguidas atrajeron la atención de todos y en el cielo mil luces de colores iluminaron la noche. Un extraordinario espectáculo de fuegos artificiales concluyó la fiesta de cumpleaños de Jane.
*****
Quería seguir durmiendo para no tener que recordar lo que había sucedido la noche anterior. Sin embargo, una vez que me desperté no pude volver a dormir. La imagen de Terence frente al piano chocaba con la imagen de él sosteniendo a Jane y besándola. Y luego Jean Paul, que había huido de la fiesta sin siquiera despedirse de mí. Todo era tan extraño y confuso, o tal vez era simplemente yo quien no quería ver con claridad cómo eran las cosas.
Terence nunca me había buscado desde su llegada a Nueva York e incluso en la fiesta prácticamente me había ignorado, excepto por el momento en que lo había sorprendido tocando esa melodía, un recuerdo de unas vacaciones de verano en Escocia, de días sin preocupaciones que ahora parecían nunca haber existido.
Habría sido fácil dejarme vencer por la desesperación y creer que de nosotros no quedaba nada, ni siquiera un poco, pero intenté con todo mi corazón no hacerlo. Había algo, aunque no sabría decir qué, que me empujaba a tratar de entender si realmente Terence había cambiado tanto. Tenía que encontrar la manera de acercarme a él y lograr establecer contacto con lo que en verdad pensaba y sentía. Correría un gran riesgo porque lo mío podía ser sólo una ilusión, eso me asustaba. Pero al cabo de dos días volvería a Inglaterra y yo me arrepentiría amargamente de no haberlo intentado.
Capítulo cuatro
- Eres un desgraciado, nunca esperé esto de ti... ¡Eres un cabrón!
- Espera, Jean. Escúchame.
- ¡No, no te escucho! Y te consideraba mi amigo... ¿Qué querías demostrar, eh? ¿Que eres el mejor, el más genial de todos? ¿Que puedes tener a todas las mujeres que quieras?
- No quería demostrar nada. Si tan solo te calmaras y me dejaras explicarte...
- ¡Sabías, sabías que me gusta! ¿Había necesidad de llegar a tanto? ¡Maldito seas, Graham! No te bastaba con ganar la carrera. ¿De verdad tenías que besarla?
- ¡De hecho, no la besé!
- ¿Estás tratando de hacerme creer que fue ella? Ella te obligó, ¿no? Qué cobarde... ¡No te daré un puñetazo porque no quiero ensuciarme las manos!
- Jean, ¿quieres callarte?¡No hubo beso!
Le grité esas últimas palabras en la cara y él se detuvo y se quedó viéndome con el ceño fruncido.
Ya estaba amaneciendo. La fiesta de cumpleaños de Jane había terminado y los últimos invitados se estaban marchando. Después de la competencia en la piscina, había visto a Jean Paul huir enojado. Sabía el motivo de su actitud y lamenté mucho haberle hecho creer que Jane y yo nos habíamos besado. Le gustaba mucho. Jean Paul me lo había confiado la noche anterior, así que su reacción era muy normal.
- Escúchame, te pido disculpas... Debí avisarte y lamento no haberlo hecho, ¡pero te aseguro que no hubo nada y que nunca habrá nada entre Jane y yo!
- Pero entonces… ¿por qué? – me preguntó extrañado.
- Le pedí a Jane que iniciara esa competencia, pero estaba todo calculado. Si yo ganaba, no habría ningún beso, sólo una farsa. Pero no te puedo explicar por qué.
- ¿Me estás diciendo la verdad?
- Jean, ¿te he mentido alguna vez?
- No.
Después de esa aclaración nos subimos a su auto y me llevó a casa. Pero antes de que me bajara me hizo una pregunta.
- Dime la verdad, Terence. ¿Candy tiene algo que ver con toda esta historia?
Suspiré sin responderle.
- Mira, si querías darle celos, lo has conseguido muy bien, aunque en mi opinión, no lo necesitas. ¡Está loca por ti!
- No quería darle celos en absoluto.
- Lo siento, pero no te entiendo.
- Perdóname, Jean Paul... es una larga historia y ahora es un poco tarde para contarla.
- ¡Pero a ti también te gusta mucho!
- Buenas noches, Jean, y te pido disculpas de nuevo.
- ¡Buenas noches, Terence... o más bien buenos días! – exclamó sonriendo.
Entré a la casa y me tiré en la cama aún vestido. Tan pronto como cerré los ojos apareció ante mí la imagen de Candy: su expresión decepcionada cuando la miré después de la escena del beso me dolió. Pero estaba cada vez más convencido de que lo que había hecho era necesario. No quería para nada que se ilusionara: no debía haber nada más entre nosotros.
Pensé en las palabras de Jean: "¡Está loca por ti!". Quería creer que estaba exagerando. Después de todos esos años... no, no era posible. No obstante, cuando me sorprendió tocando la melodía que le enseñé en Escocia y nuestras miradas se encontraron, por un momento pareció como si hubiéramos retrocedido en el tiempo, como si estuviéramos suspendidos en ese maravilloso sueño que había sido nuestro amor.
Pero ese sueño de verano se había apagado bajo un manto de nieve y después… sólo dolor. ¡Sabía muy bien cuánto había sufrido ella tras nuestra separación y no podía permitir que volviera a suceder!
Me desperté cuando el sol ya estaba alto. Me sentía más cansado que cuando me había ido a dormir. Me pesaba la cabeza y también el corazón. Un sirviente me informó que el almuerzo estaba servido, pero no tenía hambre; más bien, una sensación de náusea me llenaba el estómago. Me duché y de todos modos bajé a saludar a mi madre.
- Por fin despertaste, hijo, aunque a juzgar por tu cara,te faltó sueño. Volviste muy tarde.
- Buenos días, mamá.Sí, fui a una fiesta – respondí distraídamente dándole un beso y sentándome a la mesa. Luego le dije al sirviente que me trajera sólo té negro con limón y sin azúcar.
- ¿No comes nada?
- No, no tengo hambre.
- Lamento mucho que ya tengas que irte otra vez.¡Esta semana ha pasado tan rápido!
- Lo sé... pero cuando te sientas mejor puedes ir a visitarme. ¡Sabes que todo el mundo en Londres te está esperando! – dije tomando su mano.
- Ya veremos – respondió un poco desanimada.
Cuando nos levantamos de la mesa me dijeron que tenía una visita. Una persona me estaba esperando en la sala.Era el señor Hathaway.
- Robert, ¡qué placer verte!
- El placer es mío, Eleanor.Me alegra ver que estás mucho mejor. ¡Te ves estupenda!
- Te lo agradezco. Pero si necesitas hablar con Terence, los dejo solos.
- Ay, no, quédate. Me gustaría proponerle algo muy sencillo a tu hijo y, como creo que me dirá que no,tal vez tu presencia me sea útil.
Lo miré con recelo y luego le pregunté qué quería proponerme.
- No me extenderé mucho. Sé que no te gusta andar con rodeos...
- ¿Entonces?
- ¿Qué te parecería subir al escenario después del espectáculo para hacer un pequeño homenaje a tu público, que hace tiempo que no te ve?
- ¿Después de qué espectáculo?
- Del de mañana por la noche.
- ¡¿Mañana por la noche?! ¿Y qué podría preparar en tan poco tiempo?
- ¡Vamos, Terence!Si quieres puedes hacer cualquier cosa, incluso improvisar. ¿No es así Eleonor?
Mi madre asintió sonriendo.
- Tengo la vaga impresión de que ya tienes algo en mente, ¿o me equivoco?
- Entonces... ¿qué tal la música de Moreau que me trajiste? ¿Sabes que no está nada mal? ¿Por qué no haces algo con ella? La has escuchado, ¿no?
- Sí, claro, en realidad es muy hermosa… pero realmente no lo sé…
- ¡Oh, Terry, sería genial verte de nuevo en el escenario! – exclamó Eleanor entusiasmada.
-¿Se pusieron de acuerdo ustedes dos?
- No, créeme, Terry, no sabía nada al respecto... pero realmente sería algo muy emocionante para mí, ¡estoy segura! Puedo ayudarte a elegir algo si quieres. ¿Qué te parece?
Suspiré e intentéponer una última objeción diciendo que tenía que partirtemprano al día siguiente, que no lo lograría.
- Podrías posponer tu partida unos días – sugirió mi madre con los ojos llenos de cariño con toda la intención de ablandarme. La miré y ella comprendió que mi no se había convertido en un sí.
- Está bien... veamos qué se puede hacer.
- ¡Gracias, Terence! No sabes cuánta gente me ha preguntado por ti desde que se supo que estabas en Nueva York. Puedes hacer cualquier cosa; te irá bien de todos modos.
- Robert, te recuerdo que fuiste tú quien me empujó a aceptar el trabajo en Inglaterra.
- Lo sé y estoy muy orgulloso de cómo van las cosas, pero si algún día quieres volver a Stratford, ¡la puerta siempre está abierta!
Dicho esto me abrazó y nos despedimos. Tenía poco más de 24 horas para preparar un monólogo acompañado con la música de Jean Paul y tenía que poner manos a la obra de inmediato o no lo lograría.
*****
El viernes por la mañana regresé al trabajo todavía medio aturdida por lo sucedido en la fiesta, pero tuve que recuperarme rápido porque me esperaba un día largo. Sobre todo, tendría una consulta que me ponía especialmente ansiosa.
- Buenos días, señorita Baker. ¿Cómo se siente?
- Buenos días, doctora. Las cosas van mucho mejor que la última vez que nos vimos.
- De hecho,le confirmo que sus análisis revelan que está todo en orden, incluso el nivel de sus glóbulos rojos, que estaba un poco bajo, ya está de nuevo dentro de los parámetros correctos, por lo que en verdad creo que poco a poco podrá volver a su vida normal y, sobre todo, a su trabajo.
- He extrañado mucho mi trabajo, es cierto, pero te tengo que confesar, Candy, que en realidad no me ha desagradadoen absoluto este periodo vacacional, en especial porque me permitió pasar un poco de tiempo con mi hijo. Hacía mucho que no lo veía.
Hubo un momento de silencio. No supe qué decir y Eleanor probablemente notó mi vergüenza, pero al parecer quería asestar el golpe.
- ¿Y tú lo has vuelto a ver?
- Pues sí, en una fiesta hace dos días.
- Oh, entonces tú también estuviste en el cumpleaños de la señorita Williams. ¿La conoces?
- En realidad no, pero tenemos un amigo en común que me invitó.
- ¡¿Un amigo?!
- Sí… Jean Paul Moreau, el músico.
- Jean Paul… ¡Claro! También es un muy querido amigo de Terry... ¿Sabías que presentarán algo juntos en el teatro esta noche? ¿Por qué no vienes tú también?
- ¿Esta noche, en el teatro? No lo sé…
- Tengo algunas entradas aquí conmigo, con mucho gusto te las dejo, realmente me encantaría que fueras. Tómalo como un pequeño agradecimiento por todo lo que has hecho por mí.
- Gracias, señorita Baker…
Dejó los boletos sobre mi escritorio y luego se levantó mirándome con infinita dulzura.
- El sábado se va, ¿lo sabes?
- Lo sé.
- Después del espectáculo podrías despedirte de él, si quieres.
Aproximadamente una hora después de esa consulta, salí del hospital y me fui a casa; mi turno de trabajo había terminado. Sola en mi habitación, le daba vueltas a los boletos en mis manos y no podía pensar en nada más. Trataba de poner en orden mis pensamientos. Si en verdad podía hablar con él después de la función, ¿qué le diría? ¿Qué quería saber de él? ¿Si tenía novia tal vez? Porque ciertamente era una posibilidad: esos días en Nueva York me había ignorado, quizá porque tenía una novia en Stratford o tal vez incluso más de una. ¿Podía un tipo como él estar solo por mucho tiempo? ¡Seguramente no! En la fiesta había visto con mis propios ojos el efecto que tenía en las chicas. ¡La propia Jane lo había llamado hermoso y encantador, y feliz de la vida había dejado que la besara!
Y además… Terence era mucho más que eso. El recuerdo de él, de aquel chico que había conocido y del que me había enamorado, seguía vivo dentro de mí, pero temía que pudiera ser sólo un recuerdo, un sentimiento que el tiempo había cristalizado y que, en contacto con el presente, desapareciera como la nieve bajo el sol.
Estaba absorta en estos pensamientos cuando entró Annie. Hablamos un poco sobre la fiesta y lo que había pasado. Me dijo que no entendía la actitud de Terence y, sinceramente, la mía tampoco.
- Parece que tienen miedo de verse y hablarse. ¿No pueden simplemente comportarse como dos amigos?
Annie me miró esperando la respuesta, pero yo no la sabía o tal vez no tenía el valor de admitir cuáles eran mis verdaderos sentimientos. Dudé y entonces ella respondió por mí.
- Ustedes dos nunca podrán ser sólo amigos. ¿Adivino?
- Me temo que sí.
- ¿Qué tienes en la mano?
- Son unas entradas para un espectáculo teatral esta noche. La señorita Baker vino hoy para un chequeo y me las trajo.
Annie sonrió ampliamente y cuando le pregunté por qué respondió que la madre de Terence con toda seguridad sabía muchas más cosas que nosotros. Yo era bastante escéptica al respecto porque Terence siempre se había mostrado reacio a hablar de sus sentimientos, incluso con su madre. Sin embargo, había pasado una semana con él y tal vez había notado algo. No sabía qué pensar, pero de cualquier manera estaba decidida a llegar hasta el final esta vez.
- Vas a ir, ¿verdad?
- ¡Sí, iré!
- ¿Quieres que te acompañe?
- No, prefiero ir sola.
*****
Cuando llegué al teatro me encontré con una multitud esperando para entrar. En el cartel había una inscripción iluminada: Cimbelino. El nombre de Terence Graham no aparecía; evidentemente su participación no se había programado. Hacía mucho tiempo que no lo veía actuar;lo recordaba muy joven en su primera actuación como el rey de Francia en El rey Lear, junto a Susanna. En Romeo y Julieta, en cambio, ¡sólo lo había visto al principio! Respiré hondo y entré.
Llegué a mi palco y me senté tratando de calmarme. Desde ese lugar podía admirar la platea, debajo de mí, que se iba llenando lentamente. Los asientos en las primeras filas fueron ocupados por numerosas personalidades de la política, empresarios y otros personajes del mundo del espectáculo. La primera fila ya estaba casi llena, sólo quedaban tres asientos vacíos, y no tardé mucho en entender a quién estaban destinados. Poco después, un largo aplauso seguido de una serie de ovaciones acompañó la entrada desde el fondo del teatro de la actriz Eleanor Baker del brazo de su hijo. Detrás de ellos iba el compositor Jean Paul Moreau.
Terence, espléndido con un esmoquin negro, sonreía mientras avanzaba por el pasillo central y de vez en cuando levantaba una mano para saludar a alguien. Desde los asientos más cercanos, algunas personas se asomaban para pedirle un autógrafo, pero él seguía adelante y les decía que después del espectáculo. Tan pronto como tomaron asiento, las luces se apagaron e inició la función.
La trama de la historia de Cimbelino gira en torno a la apuesta de un marido vanidoso por la fidelidad de su esposa. En ella se mezclan momentos de intenso drama con otros más serenos, y el espectador puede vivir las emociones de una tragedia junto con el final feliz de una comedia.
A pesar de la emocionante historia, durante las casi dos horas que duró la obra no pude evitar distraerme. La platea estaba en total oscuridad, pero la primera fila se iluminaba ocasionalmente por el resplandor de las luces dirigidas al escenario, de manera que el rostro de Terence cobraba vida ante mis ojos por instantes. Lo pude ver sonriendo, aplaudiendo e intercambiando algunas palabras con su madre, a su derecha, y Jean Paul, a su izquierda.
Ya casi habíamos llegado al final, cuando me llamó la atención una frase pronunciada por Cimbelino:
“La palabra aplicable a todos es perdón.”[1]
Un aplauso que parecía no tener fin inundó el teatro, rindiendo homenaje a los actores por su vibrante actuación. Yo también me levanté y me uní a los vítores, pero tal vez lo hice más bien por aliviar la tensión que me atenazaba la garganta ante la sola idea de hablar con Terence.
Luego de que el último personaje abandonó el escenario, un único haz de luz iluminó a Robert Hathaway en el centro.
- Señoras y señores, espero de todo corazón que hayan apreciado el espectáculo que acaban de presenciar y les agradezco su amabilidad y cariño, cariño que seguramente no escatimarán para recibir en el escenario a quien, sin duda, ha dado mayor prestigio a nuestra compañía teatral en los últimos años. Aunque ya hace tiempo que se fue de Nueva York, estoy seguro de que el recuerdo que dejó aquí no se ha desvanecido, y el homenaje que le rindieron cuando entró a la plateaes una clara confirmación de ello. De hecho, ninguno de ustedes pasó por alto la presencia en la sala del hombre que, siendo todavía un jovencito, se presentó en la Compañía Stratford con la intención de convertirse en actor. Puedo atribuirme el mérito, si me lo permiten, de haberle dado la oportunidad de subir al escenario, pero él... él ya era actor. Pero no quiero extenderme más porque veo que ya saben de quién hablo. Invito amablemente a Terence Graham a subir al escenario.
Un largo aplauso acompañó a Terence al escenario, quien agradeció al público por su bienvenida y a Robert por las afectuosas palabras que le había dirigido. A continuación, entró en escena un piano y el actor presentó al compositor Jean Paul Moreau: con su acompañamiento musical interpretaría el breve monólogo de Puck, el duende caprichoso de El sueño de una noche de verano. Las primeras notas de la melodía de Jean nos transportaron a una especie de limbo maravilloso; luego fue la voz de Terence la que hipnotizó a todos, guiándonos al cielo.
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Si nosotros, vanas sombras, os hemos ofendido,
contad con que os habrán
pillado estas visiones tan sorprendentes mientras dormíais, apaciguados en un sueño ligero,
y que fuecada visión una vaga quimera. No tenéis que culparnos si la historia os pareció vana
y tonta; cada recuerdo se disolverá, como niebla si aparece el sol; si nos concedéis vuestra
clemencia, querido público, nos
enmendaremos. |
Y como cierto es que soy un
duende honesto y sencillo, sincero y genuino, aunque tenga fallos, nunca he
tenido lengua de serpiente falsa o
bifurcada; repararemos el daño sin demora, o me diréis que soy un
mentiroso. Ahora os deseo felices sueños, si es verdad que somos amigos, y os insto a todos a aplaudir, pues he prometido quepor cada
malcometido contra vosotros por ignorancia, querido público, nos
enmendaremos.[2] |
Tan pronto como terminó con una reverencia, Graham abandonó el escenario, aun si las notas de Jean Paul continuaron durante unos minutos para mimar al público con un melodioso deseo de buenas noches. Cuando Terence reapareció, acompañó a su amigo al centro del escenario y le agradeció la espléndida música que había creado para la ocasión. Jean dijo que simplemente era un honor estar en el escenario con él. Entonces Terence volvió a tomar la palabra:
- También quisiera agradecer a otra persona a la que le debo mucho porque, si bien es cierto que he llegado a ser el artista quesoy hoy gracias principalmente a mi propio esfuerzo, si no hubiera sido por ella, por la pasión que me transmitió, probablemente ni siquiera habría empezado. ¡Permítanme, pues, pedirles un gran aplauso para Eleanor Baker, mi madre!
Vi a Eleanor levantarse lentamente entre el público, asombrada y conmovida, mientras su hijo bajaba del escenario con un enorme ramo de rosas rojas. Me imaginé cuánto debía haberle costado ese gesto a Terence, siempre tan reservado, y yo también me emocioné al recordar aquel día en Escocia en el que ni siquiera quería hablar con su madre. Me sentí un poco orgullosa de haber contribuido a esa reconciliación.
Tan pronto como se volvieron a encender las luces en la sala, Terence y su madre fueron literalmente asaltados por una larga serie de fotografías para firmar y autógrafos que dar de la que no pudieron escapar.
Mientras pensabacómo podría hacerle para hablar con él, dejé mi palco y salí al vestíbulo, donde mucha gente se entretenía charlando y comentando el espectáculo. Me encontré a Jean y lo felicité diciéndole que no sabía que fuera tan bueno.
- Tu música es pura poesía.
- Gracias, Candy.Tú también eres pura poesía. ¡Te ves hermosa esta noche!
Confieso que el cumplido de Jean me agradó mucho, lo necesitaba, sobre todo cuando vi a la señorita Baker venir hacia mí sola. Debió notar mi expresión de angustia por el miedo de que su hijo ya se hubiera marchado.De hecho, me tranquilizó enseguida susurrándome que Terence había tenido un ataque de nostalgia y había ido a ver su antiguo camerino.
- Es el último al final del pasillo. ¡No te puedes equivocar! – continuó hablando en mi oído.
La miré vacilante, temiendo que él ni siquiera quisiera verme. Pero Eleanor no estaba dispuesta a permitir mis miedos.
- ¡Si alguien te da problemas, di que te he enviado yo! – exclamó y me confió su verdadero apellido, que pocos conocían, como una especie de contraseña.
Mis piernas empezaron a temblar cuando me asomé detrás de los bastidores, y un sinfín de dudas y miedos fueron aumentando con cada paso que me llevaba a su camerino. Esos pocos metros que caminé me parecieron tan agotadores como escalar una montaña y, cuando me detuve frente a la puerta donde todavía estaba escrito “T. Graham”, sentí que me asfixiaba.
- Por suerte todo salió bien y nadie me detuvo, pero ahora, Candy,¡tienes que calmarte o correrás el riesgo de desmayarte frente a él! – pensé para mis adentros.
Suspiré profundamente y, después de darme un par de bofetadas en la cara, lo que incrementó mi sonrojo, me acerqué y a través de la puerta entreabierta escuché voces dentro del camerino.
- Hay alguien con él... - murmuré, pero mi frase se vio interrumpida por la puerta que se abrió por completo. Salió un hombre que no conocía, tal vez uno de los actores de esa noche.
- Buenas noches, señorita. ¿Está buscando a alguien?
- Pues sí... Me gustaría saludar a Terence, Terence Graham... - respondí avergonzada y temiendo que me confundiera con una de las habituales admiradoras intrusivas.
- Disculpe, pero ¿usted es... ?
Terence estaba de espaldas, pero evidentemente había escuchado el intercambio de frases y se dio la vuelta.
- Está bien, Mike, la señorita Ardlay es una amiga – dijo volviéndose hacia el hombre que enseguida se fue.
- Pasa. Supe que mi madre fue a consulta esta mañana.Al parecer todo va bien, ¿verdad?
- Sí, ya está totalmente recuperada, aunque me confesó que no le había importado en absoluto tomarse unas pequeñas vacaciones, sobre todo porque había podido pasar tiempo con su hijo.
Terence estaba apoyado en el tocador, con las piernas cruzadas y las manos detrás de la espalda, en tanto que yo estaba parada delante de la puerta, sujetando mi bolso. Me miró fijamente en silencio y yo intenté no bajar la mirada, pero mi salivación se había reducido al mínimo.
- Veo que asististe a la función. ¿Te gustó?
- ¡Mucho! Tú y Jean Paul juntos estuvieron realmente increíbles... No me esperaba que él compusiera música de ese tipo; fue una revelación.
Él sonrió levemente con una expresión sarcástica en el rostro.
- Bueno, creo que se nos han acabado los temas. ¿Podemos irnos ahora?
- ¿Cómo? – pregunté perpleja.
- Ya hablamos de Eleanor, de Jean Paul... ¿qué más queda? ¿No viniste aquí para eso?
- No, no sólo para eso – respondí seria esta vez, mirándolo directamente a los ojos.
- ¡¿No?! – exclamó todavía burlándose de mí.
- Me gustaría hablar contigo, si no te importa.
- ¿Hablar conmigo? ¿Y de qué?
- De... nosotros.
- ¡¡¡De nosotros!!! – casi gritó y estalló en carcajadas.
Su actitud me sorprendió, pero traté de no dejarme intimidar más. Haber hablado sobre Eleanor y la función me había calmado un poco, así que encontré el valor para continuar la conversación.
- Sé que han pasado muchos años desde la última vez que nos vimos… aunque lo recuerdo muy bien y me gustaría saber si a ti también te pasa lo mismo.
- ¿Quieres saber qué recuerdo de esa noche? ¡Mucha nieve!
- ¿Sólo eso?
Terence no respondió. Él simplemente se encogió de hombros como si no le importara.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
- ¿Tampoco recuerdas nada... de Londres o Escocia?
- Recuerdo muchas cosas: un internado donde a menudo me escapaba para emborracharme y pelear, un padre y una madre ausentes, ¡las vacaciones solo en Escocia!
- ¡No puedo creer que hayas cambiado tanto! – exclamé conteniendo la respiración.
- Tú lo dijiste, ha pasado mucho tiempo... La gente cambia y yo ya no soy ese jovencito que conociste.
- Lo sé, ambos hemos crecido, pero...
- ¿Qué quieres de mí, Candy? - me preguntó acercándose y lanzándome una mirada gélida. Sus ojos no parecían verme, sino atravesarme y perderse quién sabe dónde.
Habría querido decirle que no quería que se fuera porque verlo de nuevo había hecho que afloraran en mí sentimientos que creía desaparecidos, que me gustaría pasar tiempo con él, intentar volver a conocernos, intentar reencontrarnos. Me habría gustado simplemente decirle que nunca lo había olvidado, ¡ahora allí frente a él estaba segura de ello! Pero no pude hacerlo, no pude decir nada porque lo que hizo realmente me pareció el final de todo.
- ¡Quizá ya entendí lo que quieres! – exclamó dando una vuelta a mi alrededor y mirándome de arriba abajo. Lo seguí con la mirada, desconcertada.
De pronto se detuvo y se me acercó...se me acercó mucho. Retrocedí hasta quedar con la espalda contra la pared. Apoyó ambas manos en la pared, de manera que mi cuerpo quedó acorralado entre sus brazos, y acercó su rostro al mío. Podía sentir su cálido aliento sobre mi piel.
- Si pones de tu parte, hasta podría considerarlo – susurró con su voz sensual.
- ¿Qué quieres decir? – pregunté con la respiración cada vez más entrecortada.
- Vamos, pecas... ¡no te hagas la santa! No tiene sentido perder tanto tiempo. Tú también quieres de mí lo que todas quieren, ¿no es así?
Abrí mucho los ojos y contuve la respiración mientras sentía que me invadía la rabia. “Lo que todas quieren”... Esas habían sido sus palabras, no había duda.
Estabacomo paralizada cuando acercó su boca a la mía. ¡Seguramente me habría besado si no le hubiera dado una bofetada! Terence permaneció inmóvil, con el rostro vuelto hacia un lado debido al golpe recibido.
- ¡Te odio! – murmuré con lágrimas en los ojos. Al oír esas palabras, bajó los brazos de golpe, liberándome. Salí corriendo de su camerino sin saber siquiera adónde ir.
Perfecto, pecas… Eso es lo que tienes que
hacer, ¡odiarme!
- Terence, ¿sigues aquí?
- Sí, Robert. Ya me voy.
- Date prisa porque acaban de emitir una alerta meteorológica. Parece que se acerca un huracán peligrosamente a la costa y pronto cerrarán todos los caminos.Ya no se podrá circular por lo menos hasta mañana por la mañana.
- ¿Qué? ¿Dónde está mi madre?
- Ya se fue a casa. No queda nadie en el teatro.
- Está bien.Vámonos.
Apagué la luz, cerré el camerino y me dirigí con Robert hacia la salida. Llegamos a donde estaba el portero, que se estaba encargando de asegurarse de que todos hubieran salido del edificio. En ese momento pensé en Candy. Ella había huido de mi camerino y no sabía a dónde se había ido. Se la describí al portero y le pregunté si la había visto salir.
- No, lo siento, señor. No la he visto.
- ¿Está seguro?
- Sí, esta es la únicasalida que queda abierta. La habría visto si hubiera pasado por aquí.
Robert me preguntó cuál era el problema.Le expliqué que había estado una chica conmigo y que probablemente todavía se encontraba dentro del teatro.
- ¡Tengo que ir a buscarla!
- Pero, Terence, te he dicho que tenemos que irnos lo antes posible.¡Podría ser peligroso!
- Vete tú, no te preocupes.En cuanto la encuentre nos vamos.
El portero me dijo que no podía quedarse más tiempo, así que los convencí a ambos de que se fueran y me dejaran las llaves de la puerta principal.
Luego me fui corriendo a buscar a Candy tras bambalinas.
Tras escrutar cada camerino y pasillo durante interminables minutos, comencé a pensar que Candy se había ido, que de alguna manera había salido del teatro sin ser vista. Pero no podía estar seguro, especialmente no podía dejarla allí sola después de lo que había pasado entre nosotros. El miedo de haber exagerado con ella empezó a atacarme… ¿Y si le había pasado algo? Tenía que encontrarla, absolutamente tenía que encontrarla.
Me detuve a pensar por un momento: a ella le gustaba trepar a los árboles cuando quería estar sola, un lugar alto donde nadie pudiera alcanzarla. Pero, claro, ¿cómo no se me había ocurrido?Yo también iba ahí a menudo cuando quería tocar mi armónica...
Subí corriendo las escaleras hasta el tejado y, una vez arriba, la llamé. No podía verla, pero tenía que estar allí. Estaba seguro de ello.
- Candy, sé que estás aquí, por favor, sal. ¡Tenemos que irnos! – grité.
Después de unos instantes, el viento agitó un rizo rubio detrás de una pared. Me acerqué lentamente y, cuando ella se giró, me di cuenta de que había estado llorando.Estaba enojada... mucho. Se sentó en el suelo con los brazos alrededor de las piernas dobladas.
- Candy... vámonos, por favor.Ven conmigo.
- ¡No voy a ir a ninguna parte contigo! – gritó.
El cielo se estaba nublando y en el horizonte se podían ver descargas eléctricas cada vez más violentas.
Intenté mantener la calma y me arrodillé para estar al nivel de su cara. Luego, con la voz más convincente que pude, traté de explicarle cómo estaban las cosas para hacerle entender el riesgo que podíamos correr si nos quedábamos allí, dadoel aviso de huracán que se había emitido recientemente.
- Vamos, el teatro es un laberinto para quien no lo conoce.Yo te ayudaré a salir.
- ¡Ya te dije que yo contigo no voy a ningún lado! ¡Adelante! ¡Vete si quieres! ¡Yo puedo cuidarme sola!
- ¡De acuerdo!
Me senté a su lado y encendí un cigarrillo.
- ¿Qué estás haciendo?
- Si no quieres venir, yo me quedaré aquí también.
- Maldita sea... ¿pero por qué tienes que ser tan testarudo?
- ¿Testarudo yo? ¿Yo soy el testarudo?
Se levantó de un brinco y yo también. Estábamos frente a frente cuando un estruendo se propagó con violencia sobre nuestras cabezas y nos hizo sobresaltarnos a los dos. Miramos hacia arriba; el cielo ya teníaun color gris plomo. Las primeras gotas comenzaron a caer. El aire parecía cargado de electricidad, como si en cualquier momento pudiera implosionar y absorberlo todo.
- Entremos.Es peligroso estar aquí afuera.
Ella asintió.
Descendimos por las escaleras y, una vez abajo, otro trueno muy fuerte hizo temblar el edificio y quedamos completamente a oscuras.
- Maldita sea… ¡se debe haber cortado la corriente! – exclamé – Deber haber velas en mi camerino.Sígueme.
- ¡No puedo ver nada!
Efectivamente el pasillo estaba inmerso en la oscuridad, pero sentía que ella estaba cerca de mí.
- Puedo encontrar mi camerino aun en la oscuridad. Dame la mano.
Con mi mano en la suya llegamos al camerino. Tan pronto como entramosme la soltó para buscar las velas en los cajones. Su calor permaneció en mi palma por un rato más, provocando en mí una dulce sensación. A continuación, cuando volví a ver ese lugar gracias a la luz de la vela, volvió a mí el enfado por cómo se había comportado poco antes. Quería irme.
- Quiero salir de aquí – le dije decidida.
Me miró con expresión sorprendida.
- Está bien... Iré a ver si es posible, si los caminos aún están abiertos. Espérame, ya vuelvo.
Salió del camerino y lo vi desaparecer en la oscuridad.
Miré a mi alrededor y me senté en un pequeño sofá. Mi mirada se posó en la pared donde le había dado una bofetada. Pensé en lo que me había dicho: no recordaba nada de Nueva York ni de Londres ni de Escocia. ¿Era posible? Y luego esa frase: “Vamos, pecas... ¡no te hagas la santa!”. Un momento... ¿Cómo me había llamado? Pecas... así me había dicho ¡Estaba segura!
- Pero entonces... entonces, se acuerda. ¡No lo ha olvidado todo! ¿Está mintiendo? ¿Por qué?
- Lo siento, Candy, pero creo que salir de aquí está totalmente fuera de discusión en este momento.Nunca había visto una tormenta de lluvia y viento como esta.Será mejor esperar un poco.
Pensé que se enojaría y tal vez saldría corriendo a comprobarlo ella misma, sin confiar en lo que le había dicho. Pero no fue así.
- Está bien – respondió extrañamente sin objetar.
En realidad, estaba casi seguro de que nos quedaríamos atrapados en el teatro al menos hasta la mañana siguiente y eso no me hacía sentir nada cómodo. ¿Qué haríamos todas esas horas allí, juntos…?¿Terminaríamos discutiendo como lo habíamos hecho antes? Por supuesto que me había portado muy mal con ella, había sido un verdadero patán, lo admito, pero ella también había tenido un poco de culpa. ¿Por qué diablos había ido a buscarme? ¿No le había bastado con verme besar a una chica delante de sus ojos? ¿Por qué se obstinaba en querer recordar lo que había sido y, según mi firme convicción, nunca podría volver a ser?
Me senté en una silla lejos de ella. El silencio entre nosotros se estaba volviendo pesado.
- ¿Tienes hambre? – le pregunté aunque sabía que no tenía nada que ofrecerle.
- No... pero estoy empezando a sentir frío.
- Un vestido de noche como el que llevas no es apto para huracanes – comenté en tono de broma mientras buscaba en el armario del vestuario algo para abrigarla. Encontré una pesada capa de terciopelo.
- Ponte esto.
- Gracias, ¿pero tú no tienes... - me preguntó vacilante.
- No, no tengo frío.
Se envolvió en la capa y se quitó los zapatos paracubrirse también las piernas y los pies con la tela. Ninguna otra mujer habría hecho eso estando a solas con un hombre que no fuera al menos su novio, pero en ella era un gesto tan natural, desprovisto de toda malicia. Inevitablemente me hizo sonreír y ella se dio cuenta.
- ¿Soy tan cómica?
- No... en absoluto.
- Pero te estás riendo de mí,¿o me equivoco?
- No me río de ti, sonreí porque… no es nada, no importa…
¡Cómo decirle que su espontaneidad, esa naturalidad que la hacía tan diferente de todas las demás chicas, siempre me había vuelto loco!
- Tengo que disculparme contigo.
- ¿Cómo?
- Hace rato fui muy grosero contigo. No debí haberme portado así.
- ¡Fuiste mucho más que grosero!
- De acuerdo… mucho más que grosero. ¿Podrías perdonarme?
Ella permaneció en silencio por un rato, probablemente sorprendida por mis palabras, dado que no las esperaba.
- Te perdono – murmuró con voz débil. Luego me preguntó sobre Stratford.
Le conté dónde vivía, el tipo de trabajo que hacía, los éxitos que había tenido y muchas otras cosas de las que nunca hablaba con nadie.
- ¿Te gusta mucho estar ahí?
- Sí, es un lugar agradable y el trabajo es apasionante. ¡Definitivamente no me aburro!
- Entonces, te vas mañana.
- Mañana por la tarde...sila alerta meteorológicase suspende.
También ella me habló un poco de su vida, de los estudios que había finalizado con mucho esfuerzo, de cuando se había mudado a Nueva York, de las dificultades de ser doctora en un ambiente dominado por hombres.
Entonces le pregunté por Albert, hablamos de su verdadera identidad y le confesé queme había buscado tras recuperar la memoria y nos habíamos mantenido en contacto por un tiempo.
Candy me miró desconcertada. Era evidente que no había estado al tanto de eso.
- Sé cuánto sufriste después...
Realmente no me di cuenta de lo que acababa de decir, pero no hubo oportunidad de hablar de ello porque en ese momento un gran estruendo hizo que todo el edificio temblara otra vez. La vela se apagó y nos quedamos a oscuras. Candy gritó por el susto y yo instintivamente me levanté y fui a sentarme a su lado.
A pesar de la oscuridad, percibía claramente la presencia de Terence cerca de mí.
- No tengas miedo. Todo está bien – me dijo antes de que sintiera el calor de su mano sobre la mía.
El viento pareció amainar y hubo un silencio repentino, pero su mano seguía allí, ligera, como si tuviera miedo de lastimarme, y cálida. Giré la mía hacia arriba y quedaron palma contra palma; era como si nuestras manos se besaran. No pude resistir el deseo de apretarla, así que entrelacé mis dedos con los de él, y un momento después él hizo lo mismo, cerrándolos en un puño.
El viento reanudó violentamente su furia. Entre tanto, mis ojos se iban acostumbrando a la oscuridad y sin girarme pude vislumbrar su perfil mirando al frente. Entonces, de repente, se volvió hacia mí y se quedó quieto. Hice lo mismo y vi sus maravillosos ojos brillar en la oscuridad.
- Terry… - susurré su nombre como si fuera una oración.
- Estoy aquí... - respondió.
Fueron las últimas palabras que pronunciamos aquella noche.
Sin saber cómo me encontré de pronto entre sus brazos. Le rodeé la cintura con los míos y apoyé mi cabeza en su hombro. Lo escuché tragar y suspirar profundamente antes de estrechar con más fuerza mi espalda. Me acerqué más a él para secundar su abrazo. A través de mi mejilla en contacto con su cuello pude escuchar los latidos cada vez más violentos de su corazón y, como por arte de magia, el mío comenzó a seguirlo. Aquel ruidocomo de caballos al galope me aturdía. Estábamos corriendo juntos hacia algo que me daba miedo, pero al mismo tiempo estaba segura de querer seguir ese camino hasta el final. ¿Y él? ¿Qué estaba pensando? Sólo unos minutos antes me había dejado claro que debía alejarme de él,pero ahora sus gestos estaban tan alejados de las palabras que por un momento me habían hecho odiarlo. ¿Por qué continuaba abrazándome? ¿Por qué no me rechazaba ahora?
En mi mente me repetía “no puedo, no puedo, no puedo”, pero le temía al significado de esas palabras. ¿Qué querían decir?
La tenía pegada a mí y el deseo de que cada centímetro de mi piel se acoplara a cada centímetro de la suya empezó a ser tan fuerte que me mareaba. Su aliento en mi cuello como una caricia me hacía temblar.
Advertí una sensación cálida en el pecho y me di cuenta de que estaba llorando. Era como si sus lágrimas me estuvieran marcando con fuego la piel a través de la camisa.
En ese momento entendí claramente que estaba en su poder por completo, pero no estaba seguro de que ella fuera consciente de ello.
El mismo huracán que azotaba la ciudad de Nueva York también me había poseído y no tenía fuerzas para oponerme a lo que inevitablemente sucedería poco después.
Por un momento intenté recuperar un mínimo de lucidez. No iba a resistir mucho tiempo.Definitivamente tenía que reunir la fuerza para separarla de mí, para dejarla ir, y lo hice. Reduje la presión de mis brazos en su espalda, pero ella captó lo que iba a hacer y respondió a mi gesto agarrando mi chaqueta y luego cruzando las manos detrás de mi cabeza. Despuésalzó los ojos y me miró, quedándose inmóvil frente a mí, casi desafiándome. De repente, como si le hubiera dicho algo, sonrió y ya no tuve escapatoria.
Ese "no puedo" encontró su significado en un instante: ¡no puedo no amarte!
El verde de sus ojos brillaba en la oscuridad y me perdí absolutamente, lanzándome a ese abismo esmeralda. Unos segundos después, nuestros cuerpos estaban de nuevo cerca, demasiado cerca para no sentir el loco deseo de que se volvieran uno.
Me arrojé en sus brazos sin el más mínimo pudor y me aferré a él tan fuerte como pude, enterrando mi rostro en su pecho. Cuando un momento después sus brazos también se cerraron a mi alrededor, me pareció que todo el dolor de los años pasados sin él había sido barrido por ese simple gesto.
Lloré como liberada de un peso enorme que ya era insoportable.
Entonces sentí que su agarre se aflojaba… No, no quería dejarlo ir y me aferré a su chaqueta con las manos sobre su espalda; luego las crucé en su nuca. Sólo levanté el rostro para mirarlo y tratar de comprender, pero su expresión me pareció indescifrable, una mezcla de miedo y abandono, ternura e incredulidad.
Entre lágrimas le sonreí esperando calmarlo, sin considerar que yo también estaba totalmente presa de un torbellino de emociones y sentimientos encontrados. Una sola certeza me hacía seguir adelante: lo amaba, lo amaba desesperadamente, desde siempre.
Como si nosotros también hubiéramos sido poseídos por la furia del huracán, cada gesto que hacíamos era como guiado por una fuerza superior a la que no podíamos oponernos.
La sentí temblar, no sabía por qué. Pensé que tenía miedo por todo lo que estaba pasando afuera, que estaba preocupada. Estrechándola con fuerza nuevamente, le rocé una sien con un beso ligero, tratando de tranquilizarla. La oí suspirar y la sentí abandonarse, de modo que los besos pronto fueron dos, tres, cuatro… cada vez más y cada vez más cerca de sus labios.
No me habría atrevido a hacerlo, sabía lo que significaría besarla, pero Candy no pensaba lo mismo. Cuando sentí el ligero roce de sus labios sobre los míos ya no pude pensar en nada. Al principio respondí a su beso con cautela, pero la nuestra era una búsqueda recíproca que no encontraría fin si no era en la boca del otro. Nuestro beso se volvió cada vez más exigente y, cuando mi lengua abrazó la de ella, me di cuenta de lo difícil que sería volver atrás.
Después de interminables minutos durante los cuales nuestras bocas no hicieron más que perseguirse, escapar y recuperarse, intentando en vano resistir ese deseo incontrolable, también nuestras manos nos traicionaron buscando desesperadamente descubrir las sensaciones provocadas por el roce de nuestras pieles. Entonces le quité la capa de los hombros, que su encantador vestido de noche dejaba medio descubiertos, pero no me conformé con tocarlos con las manos, sino que mis labios hicieron lo mismo y luego continuaron por su cuello, el cual su cabello, deslizándose hacia atrás, había amablemente decidido ofrecerme.
Sabía lo que significaba desear a un hombre, pero lo que estaba viviendo con Terence era algo totalmente nuevo para mí. Me sentí arrastrar sin remedio por las mil emociones que cada pequeño gesto suyo provocaba con solo tocar mi piel. Su olor, su sabor, sus manos, sus ojos, todo en él me hacía perder la cabeza y no me daba cuenta de que cada vez quería más. Descubrir cada rincón secreto de su cuerpo era a lo que aspiraban mis manos, que, impacientes, iniciaron una larga lucha con los botones de su camisa. No les resultó fácil conciliar el ardor y el temblor, pero no estaban dispuestas a darse por vencidas. Terence acudió en su ayuda quitándose la chaqueta y desabrochándose los puños, mientras observaba incrédulo cómo continuaban su recorrido hasta el borde de sus pantalones. El último acto fue en definitiva el más simple porque sólo tomó un instante deslizar la camisa por detrás de sus hombros. Sentí una ola de calor envolver mi rostro cuando, con un descaro que nunca habían mostrado, mis manos se posaron sobre su pecho desnudo, acariciando con los dedos cada línea definida por los músculos tensos bajo su cálida piel.
Nos miramos por un momento buscando respuestas a preguntas que no sabíamos. Una tenue luz iluminó sus ojos, tomó mi rostro entre sus manos y me besó. Luego se volvió para ofrecerme la espalda. Aparté su cabello y descubrí una larga hilera de pequeños botones que por un momento supuse erróneamente que serían mis aliados. Desengancharlos uno por uno seguro me daría tiempo para reflexionar y recuperar el control de lo que estaba haciendo. En vez de ello, pronto descubrí cuánto disfruta Eros engañando a los amantes con falsas ilusiones: cada botón que soltaba me esclavizabaaún más y, cuando la visión de su espalda desnuda se presentó ante mis ojos, quedé irremediablemente encadenado. Tocarla y besarla era un sueño que acariciaba desde niño, desde que la desfachatez de la adolescencia me había autorizado a espiarla mientras se cambiaba en el bosque, transformándose de Romeo en la joven Julieta. Qué enojada se había puesto cuando me vio allí en el árbol, pero luego esa tarde había terminado con nuestro primer beso, el único hasta hacía unos minutos.
Me levanté y ella siguió mi ejemplo. Unos segundos después, su vestido se deslizó hacia el suelo y Candy alargó el brazo para alcanzar la capa que había dejado en el sofá. Pensé que quería cubrirse, que se avergonzaba de estar así frente a mí, pero lo que hizo fue envolvernos a ambos en el terciopelo; quedamos unidos en un abrazo muy estrecho, como protegidos por esa capa. Los dos sonreímos, perdiéndonos en la mirada del otro, y luego nos dejamos caer, impulsados por ese amor que era demasiado grande.
Nos quedamos quietos, como paralizados por no sé cuánto tiempo, hasta que sentí su mano trazando los rasgos de mi rostro, mis cejas, mi nariz, mis labios, mi barbilla, quitándome el cabello dela frente, como un ciego que trata de reconocer a quién tiene delante tocándolo. Pero mi boca ya no podía mantenerse alejada de ella y prosiguió besándola dondequiera que se le permitía. Cuando sedetuvo en su pecho, que había liberado de la camisola, pensé que me interrumpiría, pero en lugar de eso sentí sus manos recorrer mi espalda hasta llegar a mi cabeza y presionarla con suavidad contra su pecho.
¡Ella me deseaba y yo la deseaba!
¡Él me deseaba y yo lo deseaba!
No fuimos víctimas de un hechizo, no fue el miedo al huracán lo que nos mantuvo unidos, no fue el deseo de una noche. Fue más bien el descubrimiento de que nuestro amor no se había desvanecido en el aire, que había resistido el tiempo y el dolor, la distancia y la desesperación. Y si estábamos allí en ese momento era porque las decisiones que habíamos tomado, a pesar de todo, siempre habían tenido un solo propósito, y ese era el de reencontrarnos y poder experimentar por fin ese amor que nos habían arrebatado. En cada gesto, en cada mirada, en cada caricia, en cada beso, Terence me estaba declarando amor eterno, estaba segura de ello.
Nuestras piernas se entrelazaron mientras sus caricias se hacían cada vez más atrevidas y mi cuerpo respondía, sin tener ya vía de escape. Pero en realidad no era escapar lo que deseaba en ese momento, y cuando lo sentí encima de mí pensé que mi corazón iba a estallar, tal era la fuerza de lo que sentía.
Me acarició el rostro mirándome como si necesitara mi consentimiento.Le respondí dándole la más dulce de las sonrisas.Él hizo lo mismo justo antes de que nos volviéramos uno.
Al despertar, por unos minutos pensé que había estado soñando. El camerino estaba inmerso en el silencio y la poca luz que se filtraba hacía visible lo que había a mi alrededor. Fue el calor de su cuerpo junto al mío lo que acabó de despertarme y sentí el mundo colapsar a mi alrededor. ¡Qué había hecho!
Ella estaba durmiendo con la cabeza apoyada en mi brazo y el suyo alrededor de mis caderas. Los cabellos rubios que se habían liberado de sus cintas acariciaban sus hombros y la capa cubría el resto. La sentía respirar delicadamente en mi cuello y por un momento más seguí siendo esclavo de esa visión y de las dulces sensaciones que suscitaba en mí. Al final, la razón se impuso y me levanté con lentitud, intentando no despertarla. Cuando terminé de abrocharme la camisa, sentí sus manos acariciándome la espalda.
- ¿Te desperté?
- Debiste haberlo hecho antes de levantarte – me dijo con tono de reproche.
Me di la vuelta y lo primero que hizo fue besarme. Me quedé sorprendido; ella lo notó y parecíano entender.
- Voy a vestirme – me dijo con aire sombrío.
Cuando terminó y salió del baño, le dije que ya todo se veía bien afuera. El huracán había pasado y probablemente había causado menos daños de lo esperado.
- No lo creo – murmuró.
No sabía qué decirle, o más bien lo sabía pero no tenía el valor de hacerlo.
- Candy, yo...
- ¡No digas nada!
- Sí, tengo que hablar y tú tienes que escucharme, por favor.
Ella me miró fijamente en silencio como si quisiera leer mi corazón, pero nunca se imaginó que encontraría escrito allí lo que le dije.
- Esto no debió haber pasado.Fue un error.
- ¿Qué estás diciendo?
- Me dejé llevar.Fue mi culpa...
- ¡No es verdad! ¡Fuimos los dos y los dos lo deseábamos!
Bajé el rostro, incapaz de sostener su mirada decidida y amorosa.
- ¡Mírame, Terry, por favor, o me voy a volver loca!
Volví a mirarla sin decir nada, con la impresión de que mi mano sostenía la daga que le estaba atravesandoel alma.
Un ruido sordo y repetido llamó nuestra atención; venía del exterior.Alguien golpeaba insistentemente y con fuerza en la entrada de los artistas.
- Han venido a buscarte.Mejor voy y abro la puerta - le dije.
Traté de arreglarme el cabello sobre todo para evitar preguntas que no me sentía capaz de responder, aunque mis ojos hablaban por sí solos, y luego yo también me dirigí a la salida, donde Archie y Annie me esperaban. Estaban muy preocupados por mí. Les dije que estaba cansada y que prefería dejar las explicaciones para más tarde. Evidentemente, Annie comprendió de inmediato que algo había sucedido, así que se despidieron rápido de Terence y nos subimos al auto. No lo miré, pero cuando Archie arrancó el auto, volteé por un momento y lo vi de pie en las escaleras del teatro. Apoyé el rostro contra la ventana para prolongar esa visión el mayor tiempo posible hasta que desapareció por completo.
Regresé al camerino a buscar mi chaqueta, que había
olvidado en las prisas por salir. Noté una mancha de color en una esquina en el
suelo. Era un cofre pequeño, parecía una caja de música, pero cuando la abrí me
di cuenta de que estaba descompuesta. Probablemente un defecto en el engranaje
impedía que sonara la melodía. En la parte inferior había unas iniciales
grabadas: C. W. Ardlay.
*****
- Candy, ¿estás bien? – me preguntó Annie en cuanto estuvimos solas en mi habitación.
La miré sin decir nada. Sentía que iba a explotar, pero ni siquiera lograba llorar.
Annie seguía pidiéndome que le contara lo que había pasado porque era obvio que algo me perturbaba, pero le dije que estaba muy muy cansada y que prefería cambiarme e irme a la cama. Entonces, me dejó y comencé a desvestirme, y fue en ese momento que me di cuenta de que había perdido la caja de música de Stear. Esa noche la había llevado conmigo al teatro.
- ¿Ahora qué voy a hacer? ¡Se me debe haber caído cuando me quité el vestido! – exclamé en voz alta, convencida de que nadie podría escucharme.
Intentar dormir fue una verdadera tortura. Tan pronto como cerré los ojos, todo lo que había sucedido entre nosotros se apoderó de mi mente y mis sentidos. Su rostro, tan dulce, y sus besos apasionados... sus manos sobre mí... con un lenguaje hecho no de palabras, sino de gestos.Nuestros cuerpos se habían declarado todo el amor que nunca habíamos podido expresar. Quería creerlo: ¡Terence me amaba como yo lo amaba a él! No me importaba lo que había dicho después porque no tenía sentido. No sabía el motivo, pero seguro había una explicación para su comportamiento y estaba convencida de que podría descubrirla. Esperaba al menos que debido al mal tiempo hubiera pospuesto su salida, de lo contrario se embarcaría hacia Inglaterra esa misma tarde. Sabía que se estaba quedando con su madre; podría intentar contactarla.Estaba segura de que ella me ayudaríapor lo menos diciéndomea qué hora se iría al puerto. Con esta idea que le dio un poco de calma a mi corazón, vencida por el cansancio, me quedé dormida.
La alerta meteorológica parecía haberse suspendido.Mi barco saldría puntualmente, a las seis de la tarde de aquel sábado. Tenía unas horas para hacer las maletas, pero en el estado de ánimo en el que me encontraba no podía hacer nada. ¡Cómo había podido ser tan estúpido! Me maldecía, incluso maldecía el hecho de haber nacido, considerándome incapaz de amar de verdad. Tenía que irme, irme lo antes posible y así evitar complicar más la situación.
Mientras seguía deambulando por mi habitación, aventando algo de ropa al azar en una maleta, esa pequeña caja de música apareció ante mis ojos de nuevo. La había colocado en mi mesita de noche y parecía que me llamaba desde ahí. La tomé y la examiné para intentar entender por qué no funcionaba: la parte externa no parecía dañada. Quité la parte inferior con un destornillador pequeño y saqué el engranaje. Definitivamente no era un experto en el tema. Me vino a la mente Stear, ¡él seguramente habría sabido qué hacer! Me había enterado de su muerte y me había afectado profundamente. Lo recordaba con cariño y estima.Podríamos haber sido amigos si la vida no hubiera sido tan injusta con él. De repente, observando mejor el interior de la caja de música, noté que había algo de polvo y soplé para eliminarlo; luego la cerré convencido de que no podría repararla. La coloqué en el centro de mi mano, la observé por unos instantes y volví a levantar la pequeña tapa abovedada con una pequeña rosa blanca en la parte superior… Increíblemente la melodía cobró vida.
- ¡Funciona! – exclamé asombrado.
Probé abrirla y cerrarla varias veces. Todas las veces la música inició sin problemas y sin saltarse una sola nota. Era una música hermosa, dulce y alegre al mismo tiempo, hecha especialmente para alguien que está triste y necesita un poco de felicidad. Fui al piano y traté de reproducirla.Tocarla me hizo sentir mejor.
- ¿Entonces, todavía estás decidido a irte hoy?
- Mamá… Sí, la tormenta parece haber pasado y no veo por qué debería posponer mi partida – respondí dejando de tocar.
- Pensé que estarías cansado después de anoche.
- Durante el viaje tendré mucho tiempo para descansar.
Se acercó y puso su delicada mano en mi hombro, mirándome con ternura.
- ¿No tienes nada que te retenga en Nueva York?
- No, nada. Sólo tú, ¡pero nunca estás aquí!
Sonrió amargamente.
- Voy a terminar de hacer las maletas – le dije levantándome y dándole un beso en la mejilla.
- ¿Por qué tengo la impresión de que estás huyendo?
La miré serio sin decir nada. Entonces el teléfono empezó a sonar. Eleanor respondió y me indicó con una mano que esperara un momento.
- ¡Candy, es un placer saber de ti! Estoy bien, gracias, ¿y tú?
…
- ¿Te gustaría hablar con Terry? Dame un momento…
Le hice entender que tenía que decirle que no estaba. Mi madre me miró primero desconcertada y luego con cara de reproche, pero hizo lo que le pedí. Cuando colgó, me dijo que Candy había dejado su número para que yo pudiera devolverle la llamada.
- ¡Dijo que es muy importante! Terry, ¿qué sucede? ¿Se puede saber?
- ¡Nada! – respondí antes de regresar a mi habitación.
Unas horas más tarde me embarqué en el puerto de Nueva York para regresar definitivamente a Inglaterra.
Después de hablar con la madre de Terence y darle mi número de teléfono, en verdad seguí creyendo que me llamaría, pero nada. Se acercaba la hora de su partida y la esperanza de al menos poder escucharlo me abandonaba inexorablemente. Incluso había pensado en correr al puerto para detenerlo, como lo había hecho muchos años antes, pero ya no era una niña y, además… ¿habría servido de algo? Le había pedido que me devolviera la llamada, pero no lo hizo. Al fin y al cabo, después de lo que me había dicho en el teatro, ¡qué podía esperar! Había sido un error y punto. Esas habían sido sus últimas palabras.
- Señorita Ardlay, disculpe la molestia, pero acaban de entregar este paquete para usted.
- Gracias, David. ¿Quién me lo envía?
- No hay remitente. Lo entregóun chico que me pidió que se lo diera directamente a usted.Tal vez sea mejor tirarlo.
- No, sólo démelo.Yo me encargo.
Quité con cuidado el papel que lo envolvía y…
- ¡Mi caja de música! ¿Cómo es posible…?
La abrí y su dulce melodía volvió a acariciar mi corazón.
- ¡Alguien la encontró y la arregló!
Dentro había una pequeña nota doblada:
Perdóname por todo, si puedes.
Terry
Sentí que se me helaba la sangre en las venas.
- ¿Perdonarte? ¿Por todo? ¿Qué tengo que perdonarte? ¿Qué significa “por todo”? Ay, Terry, no tengo nada que perdonarte... ¿Por qué me pides esto?
¿Por qué te fuiste? ¿Por qué te fuiste así? ¡Tengo miles de preguntas y ninguna respuesta!
¿Ahora qué hago?
¡Tengo ganas de gritar y pegarte! Debiste habérmelo pedido en persona y no con una nota... ¡Te habría perdonado cualquier cosa con tal de tenerte aquí ahora!
Fuiste tú quien arregló la caja de música de Stear, no lo puedo creer... No había sonado desde esa maldita noche.
Cuánto me gustaría abrazarte en este momento. No te lo imaginas...
Entre lágrimas me seguía haciendo mil preguntas que sólo él podía responder y no sabía qué hacer. ¿Y si le escribía? Ni siquiera sabía su dirección en Stratford.No podía pedírsela a Eleanor. Tal vez... Jean Paul... o simplemente tenía que aceptar la realidad: Terry se había ido y no quería saber más de mí a pesar de lo que había pasado entre nosotros.
Capítulo seis
Stratford-upon-Avon
Había pensado que sería difícil, ¡pero no tanto! El viaje de regreso a Inglaterra parecía no tener fin y más de una vez estuve a punto de pedirle al comandante que regresáramos, pero no podía volver atrás. Estaba convencido de que mi destino ya estabamarcado, determinado como una vida sin amor.
Yo era incapaz de amar. Cada vez que lo había intentado había fracasado estrepitosamente: no había podido amar a Susanna y, aun si esto podía ser comprensible, lo que para mí era completamente evidente era que ni siquiera había sido capaz de amar a la única mujer que alguna vez me había inspirado ese sentimiento. Podía echarle la culpa al destino, a la inexperiencia, a la falta deuna persona que pudiera ayudarme, pero desde mi punto de vista sólo eran excusas. Esa noche había hecho todo mal: no había tenido el valor de contarle a Candy sobre el accidente de Susanna, así que ella se había enterado de la peor manera posible y quién sabe qué había pensado de mí, tal vez que mi intención era ocultárselo. Cuando llegué al hospital y cargué a Susanna frente al rostro aterrado de Candy… Nunca podré olvidar sus ojos colmados de desilusión.
Creí que era correcto proteger a Susanna, la veía muy débil e indefensa en ese momento, pero me equivoqué, aunque sólo lo entendería mucho tiempo después. Lo que hizo por mí, arrojarsesobre mí para evitar que un reflectorme cayera encima, fue sin duda muy generoso y me impactó profundamente, en especial porque ella había sufrido todas las consecuencias. Pero en los meses siguientes comprendí que aquel gesto inicial de altruismo pronto se había convertido en una especie de chantaje moral con el que Susanna pretendía mantenerme atado a ella para siempre. A pesar de ello, no pude liberarme de esa esclavitud porque cuanto más pasaba el tiempo, más sentía que ya todo sería inútil.
Esa noche había elegido quedarme al lado de Susanna y no podía permitir que Candy se viera involucrada en esa situación. Pensé que alejándose de mí sería feliz y eso fue exactamente lo que le pedí que hiciera mientras la abrazaba en aquellas escaleras, agregando que de lo contrario no la perdonaría. Ella también me pidió lo mismo, que fuera feliz.
Pero de esa manera sólo la había lastimado. Debí haberla elegido a ella, debí haber elegido protegerla a ella y a nuestro amor. Debí haberle dejado las cosas claras a Susanna de inmediato. ¿Por qué no lo hice? No lo sé. Por cobardía quizás o por ese absurdo sentido del deber heredado de los Granchester. También me quemaba por dentro ese pensamiento, que me había comportado como mi padre al renunciar al amor de mi vida para cumplir con lo que la sociedad consideraba que era mi deber por gratitud. No podía perdonarme a mí mismo.
Cuando Susanna falleció, durante muchos meses me había torturado la idea de contactar a Candy. Después de nuestra separación, cuando Albert ya había recuperado la memoria y se había presentado oficialmente como el patriarca de la familia Ardlay, me escribió. En su carta demostraba ser un verdadero amigo: me decía que entendía mi elección y me animaba a no rendirme, declarándose confiado en que me convertiría en un gran actor. Le respondí agradeciendo su cercanía y luego seguimos escribiéndonos por un tiempo, pero nunca hablábamos de Candy. Su última carta fue escrita pocos días después de la muerte de Susanna. Su amistad en esa ocasión también fue muy importante para mí, y al final encontré el valor para preguntarle "¿ella cómo está?". Respondió que Candy estaba bien, que estaba estudiando medicina en la Universidad de Chicago, y que estaba tranquila. Esas palabras me llevaron a pensar que ya era demasiado tarde y que si ella había seguido adelante, superando el daño que yo le había hecho, lo correcto era que cada uno siguiera su propio camino. Esa fue la última carta de Albert porque unos meses después me mudé a Inglaterra sin comunicarle mi nueva dirección. Yo tampoco volví a escribirle. Tenía la intención de borrar todo lo que aún pudiera mantenerme ligado a ella.
Cuando llegó la oferta de trabajo de Stratford me pareció la mejor oportunidad que se me podía haber presentado para dejar atrás el pasado. Realmente creía que era posible. La idea de que Candy fuera feliz me daría fuerzas para seguir adelante. ¡Qué engañado estaba!
Durante mis primeros años en Inglaterra intenté seriamente cambiar mi vida. Un nuevo trabajo en el teatro que me absorbía mucho, una nueva casa y personas con las que poco a poco logré entablar una buena amistad, como John Duncan, me permitieron dejar mi dolor de lado por un tiempo. Pero esa ilusión pronto se desvaneció.
Regresar a Nueva York y volver a verla había hecho que se derrumbaran todas las precarias certezas que había construido laboriosamente en esos tres años. De repente,sentía como si no hubiera pasado ni un día desde la última vez que nos habíamos visto y,al parecer, a ella le sucedía lo mismo. No obstante, una vez más había intentado alejarme de ella y hacerle entender, hasta el punto de hacer que me odiara, que ya no podía haber nada entre nosotros. Pero ella, testaruda como siempre había sido, no lo había creído. No se había creído mi farsa. Evidentemente no soy un gran actor, o más bien supo leer dentro de mí yendo más allá de mi máscara. Por lo tanto, fue al teatro a hablar conmigo. Yo, desesperado, usé todas mis peores armas para alejarla de mí: me burlé de ella y fingí haber olvidado todo de nuestro pasado, incluso le hice creer que tal vez podría concederle una noche de pasión si era eso lo que quería. La bofetada que me dio me hizo pensar que había conseguido mi objetivo, que me odiara y se olvidara de mí, pero una vez más me había equivocado.
La noche que pasamos juntos es como si la tuviera tatuada en el alma. Cada gesto, cada mirada, cada caricia, cada beso, todo lo llevo conmigo y nunca podré borrarlo. ¿Qué puedo hacer ahora?
Continuamente me repito que no debí haberme dejado llevar así, no porque no quisiera, sino porque lo que ocurrió, la forma en que ocurrió, me hizo acariciar la esperanza de volver a tenerla conmigo. Por eso me atreví a pedirle perdón, pero no debí haberlo hecho. No tengo derecho de hacerme odiar y luego pedir perdón. Sin embargo, lo hice porque en realidad no soporto que ella me odie.
*****
Una vez que regresé a Stratford, pensé que volver al trabajoarduo me daría un respiro, pero ese no fue el caso.
En el teatro era intratable. Al más mínimo error en una línea, una expresión o una entrada en escena, descargaba sobre el desafortunado toda la ira que en realidad sentía hacia mí mismo. Fueron días de intensos ensayos para el nuevo espectáculo que se estrenaría en poco menos de un mes: El sueño de una noche de verano, una comedia que estaba convirtiendo en drama con mi intransigencia. Los actores aguantaron mis excesos por un tiempo, pero cuando un día me salí abruptamentede una prueba de vestuario porque el lazo de una actriz era del color equivocado, John tuvo el coraje de seguirme para tratar de entender qué diablos me estaba sucediendo.
- ¡Lo siento, Terence, pero no es posible continuar así!
- ¿Qué quieres decir? – respondí molesto.
- Quiero decir que desde el primer momento todos tuvimos fe en ti y en tu forma de trabajar, aunque a veces no es fácil seguir el paso a tus delirios de perfeccionismo, pero ahora realmente estás exagerando. ¡Nadie puede entender lo que quieres, un momento dices una cosa y al siguiente dices lo contrario, y te enfureces al más mínimo error! En resumen, desde que regresaste de Nueva York ya no eres el mismo y así se complica trabajar. No soy el único que piensa de esta manera. Perdóname, pero tenía que decírtelo.
John me había hablado con cautela pero de manera decidida y firme. Lo había escuchado con atención y ciertamente no podía culparlo, pero ¿cómo podría explicarle lo que sentía? La causa de mi malestar...
- No tienes que disculparte.Tienes toda la razón… Tomemos un descanso por hoy. Te aseguro que mañana todo irá mejor.
Caminé hacia la salida, pero John me volvió a llamar.
- Espera, Terence. ¿Pasó algo en Nueva York… con tu madre?
- Mi madre está bien, gracias. No te preocupes y discúlpame con todos.Nos vemos mañana – lo interrumpí aunque lamentaba no darle más explicaciones a John. No podía.
Las semanas siguientes intenté por todos los medios de recuperar el control de la situación. Mucha gente contaba conmigo y esperaba que lo diera todo, como siempre, para conseguir el mejor resultado posible. Había establecido un horario de ensayos muy intenso y trabajábamos básicamente los siete días de la semana, excepto el domingo por la tarde, que había dejado libre. Salía de casa por la mañana y no regresaba hasta el anochecer. Tenía una criada, la señora Rose, que me cuidaba con todo el cariño que yo le permitía y siempre me recibía con algo listo para la cena aun si muchas veces no tocaba la comida. Decía que le recordaba a su hijo y que él también dejaba de comer cuando tenía penas de amor, pero se preguntaba cómo alguien como yo podía tenerlas. Yo negaba tener problemas del corazón tratando de sonreír, mas ella meneaba la cabeza de lado a lado y luego, antes de irse, se disculpaba por haber hablado demasiado.
Cuando me quedaba solo, antes de enfrentarme a las pesadillas nocturnas, me sentaba al piano y, todas las noches, terminaba siempre tocando la melodía de la caja de música que le había devuelto, y no podía evitar imaginar que ella también la escuchaba al otro lado del océano. Era el único momento en todo el día en que me permitía pensar en Candy, pese a saber muy bien que no tenía derecho a hacerlo.
En esos momentos extrañaba todo de ella y el recuerdo de esa noche que habíamos pasado juntos en el teatro conmocionaba mi alma y mis sentidos. Con ninguna mujer había experimentado jamás las sensaciones que me había provocado el estar con Candy. Sabía bien que jamás podría revivirlas excepto en ella y con ella. ¿Por qué? Sencillo: porque la amaba y nunca había dejado de hacerlo, a pesar de que lo había intentado de todas las formas. Tenía que admitirlo: Candy era la única mujer con la que podía imaginar una vida juntos.Con ella sentía que podía ser yo mismo por completo sin ser juzgado, sino sólo amado por quien era.
Sin embargo, pensaba que no tenía derecho a pedirle que volviera a amarme y que de nuevo pusiera su vida en mis manos después de todo el dolor que había tenido que soportar por mi culpa. En ese momento no entendía lo que había significado para ella entregarse a mí por completo. También había asumido la culpa por eso, diciéndole que había sido un error y que no debía haberme dejado llevar así. Ella al instante había respondido que ambos habíamos deseado que sucediera.Entonces habían llegado a buscarla y se había ido sin más explicaciones. Yo no creía que ella lo hubiera querido, sino que había cedido impulsada por las circunstancias y la situación que se había creado, y esto me hacía sentir aún más culpable.
La última semana de ensayos acababa de iniciar;el sábado por la noche se estrenaría El sueño de una noche de verano. Naturalmente había mucha agitación en el teatro, pero también estábamos seguros de que habíamos dado lo mejor de nosotros hasta ese momento. Nadie había escatimado esfuerzos, empezando por mí. Sólo faltaban algunos ajustes a los últimos detalles y todo saldría perfecto. Estaba más que satisfecho con el resultado obtenido a pesar de las mil dificultades de aquellos días y estaba seguro de que también esta vez el público apreciaría mi trabajo y el de mis actores. Algunos de ellos habían crecido mucho en los últimos años: yo mismo los había contratado cuando aún eran completamente desconocidos y verlos ahora subir al escenario con confianza y habilidad me llenaba de orgullo.
Era jueves por la tarde y yo acababa de terminar una entrevista, como siempre hacía en vísperas de una nueva puesta en escena. Estaba a punto de abandonar el teatro por una salida secundaria, ya que en esos días la presión de la prensa era cada vez más asfixiante. Escuché una voz que me llamaba con insistencia desde el pasillo que conducía a los camerinos y me detuve un instante antes de subir al auto.
*****
Nueva York
Habían pasado unas tres semanas desde aquella noche y ya había tomado mi decisión.
No le había contado a nadie lo que había ocurrido con Terence; era algo sólo nuestro. Sin duda, Archie y Annie habían intuido que volver a verlo no me había dejado indiferente y, sobre todo, desde que se había ido a Inglaterra, mi humor y mi estado de salud les preocupaba bastante. Tenía sus ojos constantemente sobre mí y eso me molestaba. En efecto, no me sentía muy bien y un único pensamiento ocupaba mi mente todo el tiempo, pero ya no era una adolescente y no quería que me trataran como tal.
Archie, que extrañamente había hecho todo lo posible para que hablara con Terence, de seguro pensando que todavía había una posibilidad para nosotros, ahora parecía haber cambiado de opinión y ni siquiera quería escuchar su nombre. Creía que se había equivocado al depositar su confianza en él y me había arrojado a los brazos de un hombre que no me merecía en absoluto. Incluso se había marchado sin siquiera dejarme un número de contacto, una dirección donde pudiera escribirle.
- Lo siento mucho, Candy… No debí haberle dado crédito a ese sinvergüenza, pero me pareció que había cambiado…
- Por favor, Archie, no quiero hablar de eso.
- ¿Qué te hizo? ¡Dime!
- Nada…
- Pero no estás bien.Se nota... Es por culpa de él, ¿no? Candy, sólo me gustaría verte feliz.Nadie lo merece más que tú.
- Gracias, Archie, pero te aseguro que todo está bien.No te preocupes. Es sólo un malestar pasajero.Estaré mejor en unos días.
Respetaba mi discreción, pero le habría gustado saber qué había en mi cabeza y en mi corazón. Annie hacía lo mismo, peroseguía intentando que me sincerara con ella. Una mañana vino a verme a mi habitación. Todavía no me había levantado de la cama y me dejaba arrullar por la melodía de la caja de música de Stear. A Annie se le había ocurrido traerme el desayuno probablemente porque había notado que estaba comiendo muy poco, así que entró con una bandeja llena de manjares.
- Buenos días, Candy. ¿Cómo te sientes esta mañana?
- Buenos días, Annie.No deberías haberte molestado.
- Estás tan pálida... Tal vez sea hora de que alguien te examine.
- No es nada grave.No te preocupes. De cualquier forma, por la tarde iré al hospital y me haré algunos análisis si eso te tranquiliza.
- ¿Pero no es esa la caja de música de Stear? Pensé que ya no funcionaba. ¿Pudiste arreglarla?
- Bueno… en realidad… no fui yo quien la arregló…
- ¿Y quién entonces? ¿Archie?
- No... La perdí en el teatro la noche del huracán y luego... creo que Terence la encontró y me la envió antes de partir.
- ¿Terence? ¡Así que fue él quien la arregló!
- Creo que sí.
Ambas nos miramos con expresión desconcertada; era obvio que habíamos tenido el mismo pensamiento: no parecía ninguna coincidencia que hubiera sido Terence quien había encontrado y reparado la caja de música. Sin embargo, guardé silencio sobre la nota y no le dije nada más. Pero era evidente que Annietenía otras intenciones, así que me preguntó si mi malestar de aquellos días no se debía precisamente al encuentro con Terence y a su partida.
No respondí porque no me gustaba mentirle, pero no quería que nadie se interpusiera entre nosotros esta vez. Quería que sólo Terry y yo resolviéramos nuestros problemas aun si a él le parecía que el asunto había quedado definitivamente aclarado.
- Candy, no quiero ser indiscreta, pero me preocupa que esa noche en el teatro pueda haber sucedido algo que te haya afectado mucho. ¿Acaso... Terence te hizo daño?
- ¡¿Qué?! Terry nunca podría hacerme daño.¡¿Cómo puedes pensar tal cosa?!
- Bueno, después del modo en que se comportó en la fiesta…
Me levanté de golpe de la cama.No soportaba oír hablar así de él.
- ¡Terence es el mejor hombre del mundo! Debe haber tenido sus razones para hacer lo que hizo en la fiesta.
La forma en que lo defendí claramente reveló mucho más de lo que me hubiera gustado.
- Aún lo amas, ¿no? – me preguntó Annie con ternura.
Tomé la caja de música y la abrí, poniendo en marcha esa dulce música.
- Nunca he dejado de hacerlo – respondí.
Nos abrazamos y Annie pareció haberlo entendido todo, aunque no podía hacer mucho por mí.
Quizás sólo Albert podría haberme ayudado, pero él estaba lejos en ese momento, viajando por trabajo. Seguíamos en contacto por carta, pero lo sucedido no se podía contar sin mirar a los ojos.
¡No, esta vez tuve que decidir qué hacer por mi cuenta!
Al principio pensé en tomarme unas vacaciones cortas para pasar unos días en el Hogar de Pony. La serenidad de esos lugares tan queridos para mí sin duda me ayudaría a aclarar mis pensamientos. El cariño que la señorita Pony y la hermana Lane nunca habían dejado de prodigarme siempre había sido un refugio para mí en situaciones difíciles y me había ayudado a encontrar mi camino nuevamente.
Por la tarde fui al hospital decidida a preguntar si era posible que me tomara unos días libres. Dije que no me sentía muy bien, por lo que el Dr. Evans me sugirió que me hiciera una serie de análisis de rutina para que pudiera estar tranquila. Además, así Archie y Annie me dejarían en paz, pensé.
Al día siguiente, cuando recibí los resultados de los análisis, todo estuvo claro. Ya no necesitaba tomarme tiempo para reflexionar. Sabía cuál era mi camino y,además… no tendría mucho tiempo.
Escribí una carta para comunicarles a Archie y Annie lo que había decidido hacer, pero sin revelar las motivaciones que me habían impulsado en esa dirección. Confiaba en su comprensión: ambos conocían bien el poder del amor. Su relación se había fortalecido con el paso de los años y ahora eran inseparables. La delicada Annie del Real Colegio San Pablo se había transformado en una mujer independiente y Archie incluso había desafiado a su familia cuando,al inicio, no había visto con buenos ojos su matrimonio con una joven de origen humilde. Eran felices. Yo también quería serlo y ahora sabía con absoluta certeza dónde encontrar mi felicidad.
Le escribiría a Albert más adelante. Estaba segura de que si le revelaba mis intenciones, se preocuparía y querría saber más. Conociéndolo, hasta habría abandonado repentinamente sus compromisos laborales para correr en mi ayuda si se lo hubiera pedido. Pero esta vez él no era la persona que podía ayudarme y tampoco era la persona que debía enterarse primero de cómo estaban las cosas. Confiaba en su comprensión, aunque no estaba segura de que en aquella ocasión hubiera apoyado mis decisiones.
*****
Stratford-upon-Avon
septiembre de 1924
Shakespeare Memorial Theatre
Luego de aproximadamente una semana de viaje, después de cruzar el océano una vez más, llegué a Inglaterra. Desde el puerto de Liverpool, al cabo de unas tres horas en tren, finalmente logré llegar al lugar de nacimiento de William Shakespeare. Lo primero que hice fue buscar un hotel donde quedarme al menos los primeros días.No sabía con exactitud cuántos serían. Al final reservé para tres días, después de los cuales decidiría si quedarme más tiempo o no. Me cambié de ropa y estuve un rato tratando de poner mis pensamientos en orden. Tenía que mantener la calma aunque mil dudas y miedos nublaran mi mente. Uno por encima de todos: la posibilidad de que él no quisiera verme y mucho menos escuchar lo que tenía que decirle. No, tenía que encontrar la manera de hablar con él a cualquier precio. Pero antes que nada tenía que encontrarlo.
No sabía su dirección, así que pensé en ir directamente al teatro. No tenía otra opción.
- No estoy autorizado para dar ese tipo de información. ¡No sabe a cuántas chicas les gustaría saber dónde se encuentra Terence Graham! Ahora sígame.
- ¿Qué está pasando, Jack? – una voz masculina se escuchó de pronto detrás de mí.
- Nada, señor Duncan.¡Las admiradoras intrusivas de siempre!
- ¿A quién busca la señorita?
Me giré y vi a la cara a aquel hombre de voz estentórea y tranquila.Debía ser un actor, así que seguramente conocía a Terence.
- ¡Adivine! – exclamó el conserje dando a entender que era algo que se repetía con frecuencia.
El actor me miró escudriñándome cuidadosamente de pies a cabeza.
- ¿Está buscando a Terence Graham, señorita?
- Sí.
- ¿Cuál es el motivo de su visita, si puedo preguntar?
- Necesito hablar con él de algo muy importante...
- ¿Y por qué debería creerle?
- Bueno… porque… acabo de llegar de Nueva York y…
- ¿Cómo dijo? ¿De Nueva York?
Asentí y se acercó.
- Perdóneme, ni siquiera me he presentado: mi nombre es John Duncan.Soy actor y Graham es mi director. ¿Puedo saber con quién tengo el gusto de hablar? – me preguntó con una amable sonrisa.
- Con Candice Ardlay.Encantado de conocerlo, Sr. Duncan.
- Señorita Ardlay, creo que es hora de que se retire – me ordenó de nuevo el conserje.
- Jack, yo me encargo de la señorita.No te preocupes.
- Pero, señor Duncan, estaré en problemas si la encuentran aquí... Usted sabe lo inflexible que es Graham respecto a ciertas cosas...
- Yo hablaré con Terence. No te preocupes.
El conserje se alejó de mala gana y el actor me indicó que lo siguiera.Me llevó a una pequeña estancia que parecía una sala de espera.
- Acabamos de terminar los ensayos.Voy a ver si Terence todavía no se ha ido. Espéreme aquí – me dijo una vez más con amabilidad.
Le sonreí tímidamente en agradecimiento y me dijo que volvería para avisarme en caso de que no encontrara a Graham. Luego salió y cerró la puerta.
En verdad había sido un golpe de suerte encontrar al Sr. Duncan, un actor que trabajaba con Terence... Sentí una profunda envidia hacia él porque podía verlo todos los días, hablar con él... ¡Cuánto lo extrañaba! Esperaba con todo mi ser que no se hubiera ido ya; esperaba poder hablar con él aunque la idea me aterrorizara al mismo tiempo. Seguí caminando de un lado al otro de la habitación, midiendo el piso para tratar de calmarme, pero inevitablemente las sensaciones vividas esa noche con él me volvían a la mente y eso no me ayudaba en nada.
- ¿Cómo podré mirarlo a los ojos? Se dará cuenta al instante de lo agitada que estoy y él… ¿cómo reaccionará? Ciertamente no se espera encontrarme aquí...
Di un gran suspiro, dejando salir el aire junto con los malos pensamientos, saqué la caja de música de mi bolso y la hice sonar por un momento mientras esperabaque se abriera la puerta.
- ¡Terence, espera! Por suerte todavía estás aquí.
- ¿Qué pasa, John? ¡Pensé que ya habías tenido suficiente de mí por hoy!
- Ah, sí, pero hay una persona que te busca.
- Acabo de terminar una entrevista y no tengo más citas hoy. ¡Lo siento! – exclamé subiendo al auto.
- Es verdad que esta persona no tiene cita, pero creo que lo que tiene que decirte es muy importante.
- Aunque sea el Padre Eterno, ¡dile que vuelva otro día! Nos vemos mañana, John.
- ¡Viene de Nueva York!
Aunque ya había encendido el motor del auto, escuché claramente esas dos palabras que John había pronunciado alzando la voz: Nueva York. Me asomé por la ventanilla viéndolo con una expresión que pedía explicaciones.
- Se trata de una joven, pero no me pareció una simple admiradora...
No lo dejé terminar.Apagué el auto y bajé de él preguntándole dónde estaba.
- En la salita del vestíbulo – me gritó mientras regresaba corriendo al teatro, ante su rostroestupefacto. Creo que era la primera vez que me veía correr así.
Caminaba a paso rápido porque una idea loca ya se había apoderado de mí: ¿era posible que fuera ella?
Pasé junto a un pequeño grupo de actores que se despidieron de mí seguramente preguntándose qué me había agitado tanto. Al llegar frente a la puerta que me indicó John, me detuve para pasar lista a todas las chicas que podrían haber venido desde Nueva York. ¡Sólo ella me venía a la mente y tenía un miedo atroz de creerlo! ¿Y qué cosa podría decirle? Después de la forma en que me había marchado, después de lo que le había hecho… ¿cómo podría atreverme a verla a la cara?
Por un momento estuve a punto de irme.
Los actores que había encontrado antes cruzaron el vestíbulo para salir del teatro.Uno de ellos se despidió de míotra vez en voz alta y yo le respondí tratando de desbloquear el nudo que se me había formado en la garganta. Pensé que ella debía haberme escuchado desde el interior de la estancia; ya no podía echarme atrás.
Alargué el brazo y sin tocar abrí la puerta. Una inconfundible cabellera rubia me saludó, confirmando la identidad de la chica que había preguntado por mí. Me quedé quieto, con la mano en el pomo de la puerta, mientras ella se daba vuelta lentamente. Me miró.
No podría describir lo que vi y lo que esa visión provocó dentro de mi pecho. Su expresión tan tierna y sus ojos, que se esforzaba por mantener fijos en mí con evidente dificultad, siempre habían tenido el poder de derribar todas mis defensas, e incluso en ese momento en verdad estuve a punto de quitarme la máscara. Pero traté de volver en mí y…
- Candy, ¿qué haces aquí? – le pregunté con voz firme con el fin de no revelar emoción alguna.
- Discúlpame, yo... no sabía dónde encontrarte y pensé... No era mi intención molestarte en tu trabajo...
- Recién terminaron los ensayos.Estaba a punto de irme.
- Lo sé, me lo dijo el señor Duncan, por eso pensé que podría hablar contigo, pero si te molesto puedo volver otro día...
- ¡No hay ningún problema! – exclamé de nuevo, anulando el temblor de mi voz con un fingido acceso de tos.
En ese momento se me acercó el conserje y me dijo que estaba por cerrar.
- Claro, Jack.Nos iremos enseguida. Cierra ya si quieres. Saldremos por la entrada trasera.
Le hice una seña a Candy para que me siguiera. Caminamos en silencio por el pasillo que conducía a la salida de los artistas. Señalé mi auto y la invité a subir.
Salí del aparcamiento sin saber muy bien adónde ir. Obviamente ambos estábamos bastante nerviosos. Le pregunté cuándo había llegado.
- Hace dos horas.
- Mira... yo no puedo pasear libremente por Stratford. El sábado debutamos con el nuevo espectáculo y la ciudad está llena de fotógrafos.Mañana estaríamos en todos los periódicos. ¿Te importa si… vamos a mi casa?
- Como prefieras.
La zona donde vivía no estaba muy lejos del teatro.A pesar de estar muy aislada, bastaba cruzar el río Avon y te encontrabas inmerso en un área verde caracterizada por pequeños chalets y grandes jardines. En unos minutos llegamos a nuestro destino.
El sol se estaba poniendo y unas nubes de un gris azulado ya habían cubierto la parte más alta del cielo, que pronto sería atravesada por un momento por una larga cinta dorada. Nos sentamos en la sala, que estaba bañada por esa luz sutil y cálida. Le pregunté si quería tomar algo y aceptó con gusto un té.
Nos miramos en silencio por unos instantes.
- ¿Viniste hasta acá para hablar conmigo? – le pregunté sabiendo que no tenía más remedio que escucharla.
- Sí… ¡y no me preguntes de qué porque ya lo sabes!
Capítulo siete
Stratford-upon-Avon
septiembre de 1924
Sólo una tenue luz azul se filtraba ahora a través de la ventana que daba al río. Después de colocar la bandeja de té sobre la mesa de centro, Terence encendió una lámpara que iluminó el rincón de la sala donde estábamos. Luego se sentó en un sillón cerca del sofá en el quehabía hecho que me acomodara. Se había quitado la chaqueta y se había desabrochado los botones superiores de la camisa. Parecía relajado, a diferencia de mí, que tenía dificultad para respirar y el corazón a mil por hora. Desde que lo había vuelto a ver, tendía a olvidar que estaba ante un gran actor.
Durante unos minutos tomamos té en silencio. De repente, el ruido de la taza al posarse sobre el platito me pareció una señal, como si hubiera llegado el momento de hablar.
Terence se reclinó en el sillón, estiró las piernas, encendió un cigarrillo y me miró en una evidente espera a que yo decidiera revelarle el motivo que me había empujado a cruzar el océano para verlo.
Puse sobre la mesa de centro junto a mi taza la caja de música que había sacado de mi bolso, colocándola justo frente a él. Alzó una ceja para darme a entender que no entendía el significado de mi gesto.
- La encontraste en el teatro, ¿verdad?
Terence asintió y exhaló el humo del cigarrillo.
- ¿Y la arreglaste?
- En realidad no hice mucho... No hizo falta hacer gran cosa para que volviera a sonar – respondió con aire de suficiencia.
Sonreí.
- Stear construyó esta caja de música y me la regaló la mañana que partí hacia Nueva York para ir a verte. Me dijo que la había nombrado la “cajita de música de la felicidad”. No podía haberme imaginado que esa sería la última vez que lo vería. Ya había decidido ofrecerse como voluntario para ir a la guerra.
Interrumpí mi relato, conmovida por el recuerdo de Stear. Cada vez que hablaba de él, no podía evitar pensar en lo feliz que estaba esa mañana en la estación mientras él iba camino hacia la muerte.
Terence me había escuchado en silencio. En cuanto mencioné a Stear, apagó su cigarrillo, replegó las piernas, echó el torso hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas.
- Cuando me fui de Londres, me dijo que le gustaría que inventáramos algo juntos – dijo pensativo.
- ¡Ahora ya lo han hecho!
- Bueno, pero ya te dije que hice muy poco.
- Desde aquella noche había dejado de funcionar. Lo llevé a reparar, pero nadie había logrado hacerlo.Mehabían dicho que el engranaje estaba dañado y que sería más fácil comprar uno nuevo.
- Se equivocaron.
- ¡En efecto! Aun cuando todo parece irreparable, a veces basta un pequeño gesto para cambiar las cosas. Dentro de la caja de música encontré tu nota, en la que me pides perdón... "por todo". ¿A qué te refieres?
Vi cómo cambió su expresión, volviéndose sombría. Bajó la mirada, luego se levantó y caminó hacia la ventana, quedando de espaldas a mí y con las manos en los bolsillos.
- Deberías saberlo.
- Tal vez, pero necesito escuchar lo que piensas porque no logro entenderte.
- Tengo muchas cosas por las que pedirte perdón... Podría hacerte una larga lista.
- Te escucho.
Dejó escapar un profundo suspiro, como si hablar le costara muchísimo.
- Lo primero que hice mal fue invitarte a Broadway. Luego, no contento con eso, no te hablé de Susanna, y cuando te enteraste de lo que había pasado, como un cobarde te dejé ir, desesperada y sola. No fui capaz de protegerte ni de defender nuestro...
Su voz empezó a temblar y se detuvo. Me levanté del sofá y me acerqué a él.
- Nuestro… amor, ¿era eso lo que tenías que proteger? – le pregunté con un hilo de voz.
Se giró hacia mí, mirándome fijamente, y me acarició una mejilla con la mano.
- Sí… debí haberme encargado de cuidar nuestro amor, de cuidarte a ti… no a ella.
Después de esas palabras ya no recuerdo nada. Mi visión empezó a nublarse y la cabeza empezó a darme vueltas. Seguramente habría caído al suelo si Terence no me hubiera atrapado al vuelo.
- Candy, ¿qué te pasa? ¿Puedes oírme? ¡Candy!
La alcé en mis brazos y la recosté en el sofá. Tenía las manos frías y estaba muy pálida. Por suerte, después de unos instantes, abrió los ojos y me preguntó qué había pasado.
- No lo sé, por un momento perdiste el conocimiento y te desmayaste. ¿Cómo estás ahora?
- Bien, no es nada... Sólo una bajada de la presión arterial. Por el viaje, creo...
Le serví un poco más de té con mucha azúcar y sus mejillas recuperaron un poco de color.
- Quizá sea mejor que descanses por ahora.
- Sí… tengo que volver al hotel.
- ¿Al hotel? No creo que sea convemiente. Tú te quedas aquí.
- Pero, Terence... tengo todas mis cosas...
La interrumpí para pedirle que me indicara en qué hotel se había hospedado. Enseguida fui a llamar al hotel y di instrucciones para que el equipaje de la señorita Ardlay fuera entregado en mi dirección lo antes posible. Luego volví con ella y sonriendo le dije que no se preocupara.
- ¡Tengo una habitación de invitados!
Subimos al piso superior, donde estaban ubicadas las habitaciones. Terence me acompañó a la mía cargando la maleta. Antes de dejarme, se quiso asegurar de que estuviera bien y no necesitara nada más. Le dije que todo estaba bien y le agradecí. Me dio las buenas noches y se fue a su habitación al otro lado del pasillo.
Lamenté mucho que nuestro diálogo se hubiera visto interrumpido de esa forma, pero estaba verdaderamente cansada y de inmediato me fui a la cama con la dulce sensación de su caricia aún en mi mejilla.
Dormí profundamente y, cuando desperté, noté enseguida que había una nota en el suelo. Me levanté apresuradamente de la cama. Era suya. Quizá la había deslizado por debajo de la puerta para no entrar.
Buenos
días, Candy. Probablemente cuando te despiertes ya me habré ido. Tendré mucho
que hacer hoy en el teatro y no volveré hasta la noche.Lo siento. Espérame si
puedes y asegúrate de no desmayarte en mi ausencia.
P.D.:
Alrededor de las 10 llegará la criada, la señora Rose.Le he pedido que te cuide,
así que puedes contar con ella para cualquier cosa que necesites.
Hasta
más tarde, Terry
- Quiere que lo espere... ¡Claro que te esperaré!
Creo que ese fue el buenos días más bonito que jamás había
recibido hasta ese momento.
Ese día me esperaba un montón de trabajo en el teatro. Habría un
ensayo general por la mañana y otro por la tarde con vestuario. Definitivamente
estaba tenso y lo que había pasado la noche anterior no me ayudaba en absoluto.
La llegada de Candy había vuelto a sacudir todas mis certezas,
especialmente la de mantenerme alejado de ella. Estaba allí ahora, en mi casa.
¿Podría fingir que ese hecho no me conmocionaba? Prácticamente había pasado la
noche sin dormir preguntándome qué debía hacer. Ella había cruzado el océano
para venir a mí. ¿Podría enviarla de regreso sin confesarle la verdad?
- Buenos días, Terence… Perdón por preguntar, pero… ¿te sientes
bien?
- Buenos días, John.La verdad es que estoy un poco nervioso.
Digamos que el sábado, después delafunción, estaré mejor... tal vez...
- ¿No será más bien que estás así a causa de la señorita Ardlay?
La mirada de fuego que le dirigí a John, casi fulminándolo, rápidamente
le hizo comprender que no era conveniente sacar a relucir ese tema y levantó
las manos en señal de rendición.
- ¡Centrémonos en Shakespeare! – le dije.
A lo largo del día yo también obligué a mis pensamientos a
ocuparse únicamente de Teseo e Hipólita, Demetrio, Helena, Titania y Puck.
Después de horas y horas en las que cada una de las líneas se repitió varias
veces, hasta el cansancio, felicité a mis actores y actrices por el excelente
trabajo que habían realizado en las últimas semanas.
El director del teatro, el Sr. William Bridges-Adams, también estuvo presente esa tarde y quedó muy satisfecho con el resultado. Me dijo que había hecho un trabajo extraordinario y que estaba seguro de que la obra sería un éxito rotundo.
La noche anterior al estreno de un espectáculo siempre estaba con la adrenalina al máximo, totalmente inmerso en la historia, habitando otro mundo, a años luz de la realidad que me rodeaba pero, al mismo tiempo, profundamente ligado a ella porque los personajes de Shakespeare no son figuras abstractas disociadas de la vida, sino que más bien encarnan la verdadera esencia de la vida misma.
Sin embargo, esa noche había algo que era distinto.
Llegué a casa alrededor de las 9. Estacioné el auto en el camino de entrada. Cuando apagué el motor,todo quedó inmerso en un profundo silencio, interrumpido sólo por el murmullo del río. Las luces estaban apagadas. De pronto, temí que se hubiera ido.
Abrí la puerta principal, crucé la sala desierta y llegué al comedor. Sonreí ante la mesa puesta para dos y me sentí aliviado. Miré a mi alrededor esperando encontrarla, pero nada. No obstante, tenía que estar ahí. Oí que se abría la puerta de cristal de la terraza y me volví. La vi entrar con flores en la mano. Se detuvo al darse cuenta de que yo estaba allí, y su expresión de asombro me hizo comprender que no me había oído llegar. Me sonrió y esta vez fui yo quien estuvo a punto de desmayarse.
- Bienvenido – murmuró.
- Gracias. ¿Cómo estás?
- Bien – respondió acercándose a la mesa para acomodar las flores –. La señora Rose me ayudó a preparar algo para la cena, pensé que tendrías hambre.
No me esperaba algo así y me quedé sin palabras. Ella malinterpretó mi vacilación y se entristeció.
- No pensé que quizás ya habrías comido... a esta hora.
- No, no...No he comido nada y me muero de hambre. Iré a cambiarme y vuelvo enseguida.
Nos sentamos a la mesa y, tras un primer momento embarazoso, hablamos un poco de cómo nos había ido durante el día. Candy me dijo que mi criada era una gran conversadora y que le había contado muchas cosas sobre mí.A continuación se echó a reír y me confesó que estaba bromeando. Yo también sonreí por haber caído. Me preguntó cómo había estado el ensayo general. Le confié que esperaba mucho de esta comedia, y que después decidiría si seguir dirigiendo o volver a los escenarios.
- ¿Lo extrañas?
- Sí. En los últimos días he estado envidiando a mis actores. Estar a cargo de la dirección de un espectáculo, construirlo desde cero y verlo tomar forma es muy satisfactorio, ¡pero actuar es muy diferente!
- ¿Cómo es?
- Bueno... es un poco como el amor: imaginarlo, soñarlo es hermoso, ¡pero vivirlo es otra cosa!
Candy me miró silenciosa después de mis últimas palabras.Tal vez estaba pensando en retomar la conversación que habíamos interrumpido la noche anterior, pensé.
- ¿Vamos afuera? – le pregunté.
Ella estuvo de acuerdo.
Nos sentamos en la mecedora de la terraza. El aire de la noche era bastante fresco pero agradable. Traté de relajarme y cerré los ojos, echando la cabeza hacia atrás. Candy hizo lo mismo y nos quedamos en silencio por un rato, dejándonos arrullar por el canto de los grillos.
Podía oírla respirar y por unosinstantes quise creer que todavía podía ser feliz. Ninguno de los dos parecía tener intención de hablar. En ese momento yo no quería hacerme preguntas y probablemente ella tampoco. Por primera vez se me ocurrió la idea de que tal vez podríamos intentar olvidar el pasado, los errores que habíamos cometido y todo el dolor que siguió tanto para ella como para mí.
En ese momento éramos sólo un chico y una chica sentados juntos bajo un cielo lleno de estrellas. Me sentíacomo si esa fuera nuestra primera cita y no me atrevía a mirarla porque habría sido demasiado peligroso, pero quería hacerle saber que estaba feliz de que ella estuviera allí conmigo.
- ¿Te gustaría ir al teatro mañana por la noche? – le pregunté.
Ella dudó, luego dijo que sí y sentí que me explotaba el corazón.
- Candy, yo...
- No digas nada, no esta noche. Se está muy bien aquí, ¿no?
- Sí, mucho.
Permanecimos un rato más en silencio, respirando el aire perfumado del jardín.
- Estarás cansado.
- Un poco.
- Mañana te espera un día importante. ¿Por qué no te vas a dormir?
- Tienes razón, será mejor que me vaya a acostar – le dije tras reunir el valor para mirarla.
Ella también se volvió hacia mí.Nos miramos fijamente por unos instantes, ambos sin respirar.
- ¿Y tú no te vas a dormir?
- Me quedaré aquí afuera un rato más.
- Entonces... buenas noches.
- Buenas noches, Terry.
Poco después, en mi habitación, pensé en la dulzura de aquellos momentos pasados con ella. ¿En verdad podría ser así entre nosotros? ¿Así… así de simple?
Nunca había sentido con nadie lo que sentía con ella cerca de mí, en esa casa que podría ser "nuestro hogar". Me desconcertaba la percepción de sentirme en paz con el mundo, como si ya no me faltara nada sólo por tener a Candy a mi lado. En realidad no sentía que tuviera siquiera el derecho de pensarlo, pero ella estaba ahí y no se había ido: había esperado a que yo volviera. ¿Me amaba? ¿Y podía darme el lujo de dejarme amar y amarla? ¿Sería capaz de hacerlo? Hasta el día anterior habría jurado que no, pero ahora que ella estaba ahí todo me parecía tan claro. ¿Era sólo una ilusión?
Cuando subí a mi habitación, poco después, noté que todavía se filtraba luz por debajo de la puerta de Terry. ¿Estaría despierto?
¡Todo había sido tan hermoso antes en la terraza! Le impedí hablar porque sólo quería saborear esos breves momentos juntos. ¿Era posible que él no sintiera lo mismo que yo? Me había parecido muy tranquilo tanto durante la cena como después. Esos minutos que habíamos pasado sentados juntos, en silencio, habían sido casi perfectos.Sólo había faltado una cosa: ¡cuánto me habría gustado estar entre sus brazos! Extrañaba mucho el contacto con él, pero no sabía si a Terry le ocurría lo mismo o si todavía consideraba un error la noche que habíamos pasado juntos en Nueva York.
*****
Capítulo ocho
- Cuando regresé a casa anoche temí por un momento que te hubieras ido. Sólo me sentí aliviado cuando vi la mesa puesta para dos.
Sonreí mientras hablaba y me tomaba las manos. Tenía una expresión seria y la voz tensa, vibrante, como si no saliera de su garganta, sino de su corazón.
- Entonces lo entendí.
- ¿Qué?
- Que te quería aquí conmigo.
- Así que una simple cena fue suficiente para que te quitaras la máscara... ¡De haber sabido! – bromeé porque lo que acababa de decir era demasiado bello para ser verdad y tal vez era mejor pensar que él también estaba bromeando.
- Mmmm... según yo, mi criada hizo todo.
- ¡Eso no es cierto! En los últimos meses, gracias a Annie, he mejorado mucho en la cocina... - continué siguiéndole el juego, pero él volvió a ponerse serio.
- Has mejorado mucho, es verdad... y no sólo en la cocina... - me susurró y me miró antes de acercarse tanto a mi cara que podía sentir su cálido aliento sobrelos labios.
Para confirmar sus últimas palabras lo besé y él se dejó besar. Cuando me alejé me sonrió levemente y no se movió, como si esperara. No podía decepcionarlo, me dije, y lo volví a besar, tomando su rostro entre mis manos. Esta vez él respondió a mi beso, me rodeó la cintura con los brazos y me levantó del suelo.Me aferré a su cuello cruzando los brazospor detrás de su cabeza. Nos besamos durante un largo rato, peligrosamente, considerando que estábamos en su habitación.
No creía ser capaz de oponer resistencia a cualquier cosa que pudiera pasar entre nosotros. La euforia de sentirlo mío y ser suya no me dejaba escapatoria.
Sonó el teléfono.
Terence seguía besándome sin dejar de aferrarme a él.Yo en realidad estaba trepada en él porque mis pies no tocaban el suelo.
El teléfono volvió a sonar.
- Deberías contestar – le sugerí en un momento en que había liberado mis labios para recuperar el aliento.
Parecía no haber comprendido en lo más mínimo, aun si me apoyó en el suelo, pero tomando mis mejillas con sus manos para asegurarse de que no me alejara de él.
Me besó la frente, los ojos y luego, literalmente, se sumergió en mi cuello. Estuve a punto de desmayarme otra vez, aturdida por el deseo de él que sus besos despertaban con fuerza.
El teléfono seguía sonando.
Intenté recuperar el control. Pensé que podría ser importante. Dije su nombre, pero él murmuró un "no" con la cabeza perdida en mi cabello, queél había soltado en algún momento sin que yo supiera ni cómo ni cuándo lo había hecho.
- Terry, el teléfono... sigue sonando... Creo que deberías contestar...
Traté de detenerlo, aunque tuve que hacer un gran esfuerzo (¡no quería detenerlo!). Nos separamos jadeantes, frente contra frente. Le sonreí mientras él me miraba ceñudo.
Después de una breve pausa, el teléfono empezó a sonar de nuevo.
Él resopló y me sostuvo la mano mientras bajamos las escaleras hacia la sala. Me dejó ahí para contestar mientras yo me acomodaba en el sofá tratando de recomponerme.
Volvió después de unos minutos y se sentó a mi lado.
- Era mi madre. Sabía del estreno de esta noche y quería preguntarme cómo había estado.
- Hiciste bien en contestar entonces.De lo contrario se habría preocupado. A ella le pesa mucho que estés tan lejos.
Me abrazó y me atrajo hacia él haciendo que recargaralos hombros sobre su pecho.
- Es muy tarde. ¿Quieres que nos vayamos a dormir? – me preguntó.
- No.
Esa breve interrupción parecía haber sofocado nuestro loco deseo, pero todavía no teníamos intención de separarnos.
Nos quedamos abrazados en el sofá, acurrucados, acariciándonos y respirándonos. Quizá todavía no lo creíamos, no creíamos que fuera posible que realmente estuviera sucediendo. ¡Estábamos juntos, por primera vez conscientes ambos de lo que queríamos, y éramos felices!
El silencio que nos envolvía fue interrumpido únicamente por una ligera lluvia que había comenzado a caer hacía unos minutos. Era una lluvia dulce que parecía querer protegernos, proteger este sentimiento nuestro que renacía y necesitaba ser mimado, lejos de todo y de todos. ¡Era sólo nuestro!
También los brazos de Terence, que me estrechaban, querían lo mismo: proteger nuestro amor. Suspiró de placer y lentamente acercó su boca a mi sien, donde se detuvo y susurró algo, dos palabritas.
- Te amo.
¿Lo había dicho, había dicho exactamente eso?
Dudé por un momento y luego me volví para mirarlo. Su mirada intensa y cálida me confirmó sus palabras.
- Por siempre y para siempre – añadió con sus ojos fijos en los míos.
- Yo también te amo, Terry.Nunca dejé de hacerlo.
Ya era muy tarde cuando nos quedamos dormidos. La aurora nos sorprendió todavía abrazados en el sofá. Me desperté primero y permanecí en silencio observándolo un rato. Se veía tan hermoso.
Su pecho subía y bajaba suavemente bajo la camisa ligeramente abierta. Los brazos habían aflojado un poco su agarre, pero no me habían soltado. Me sentía en paz con el mundo porque él era mi mundo.
Afuera seguía lloviendo y de vez en cuando retumbaban truenos a lo lejos. Cuando hizo un ligero movimiento estirando las piernas, me incorporé pensando que estaría incómodo después de horas en la misma posición.
- ¿Adónde vas? – me preguntó de inmediato con los ojos aún cerrados, sujetándome por la cintura.
- Buenos días – respondí.
Abrió los ojos medio dormido pero lo suficientemente despierto para tener fuerzas para atraerme de nuevo hacia él, como si ahora hiciera ese gesto en automático, sin necesidad de pensar en ello. Rozó mis labios con un suave beso antes de responder a misaludo matinal.
- ¿Qué tal si vamos a cambiarnos y luego desayunamos? – le pregunté, ya que todavía traíamos puesta la ropa elegante de la noche anterior.
- Quedémonos así un poco más, ¿vale?
En respuesta lo abracé, acercando mi mejilla a la suya. Volví a cerrar los ojos y aspiré profundamente el aroma que despedía su piel. Me había pedido que me quedara un poco más así, y yo así me quedaría para siempre, pensé.
De hecho, todavía pasó mucho tiempo antes de que reuniéramos fuerzas para levantarnos de aquel sofá y para irnos a cambiar. Al cabo de unos minutos estábamos juntos de nuevo, en la cocina, tomando té. Nuestro primer desayuno juntos: una cosa normal y al mismo tiempo increíblemente extraordinaria para nosotros.
- ¿Estarás ocupado hoy? – le pregunté.
- No, hoy descanso.
- ¿Qué hacemos entonces?
- No lo sé... ¡Está lloviendo! Yo diría que no es conveniente salir.
Lo miré perpleja, tratando de captar lo que tenía en mente porque la sonrisa con la que había dicho "está lloviendo" ocultaba algo.
- ¿Sabes que para eso han inventado los paraguas?
- Sí, pero... ¡hace frío! – exclamó fingiendo que tiritaba.
- ¿Entonces?
- Podríamos quedarnos aquí, calentitos, solos, y luego... –me murmuró al oído, abrazándome por detrás.
- ¿Luego…?
- Luego ya veremos... – respondió repartiendo besitos suaves a lo largo de mi cuello, después de haberme acomodado el cabello hacia el otro lado.
Apoyé la espalda contra su pecho y puse una mano sobre su nuca, disfrutando de toda la dulzura con la que sus labios me cubrían. Sus manos se trasladaron de mi cintura a mis caderas y luego bajaron con delicadeza hasta mi vientre. En ese momento pensé que era hora de decírselo. Ahora que nos habíamos declarado abiertamente nuestros sentimientos, no quedaba nada que pudiera obstaculizar nuestro amor, así que era correcto que él lo supiera. Aunque había dicho con claridad que me amaba, de todas formas me sentía nerviosa y no sabía por dónde empezar.Después de todo, era la primera vez que me encontraba en esa situación.
- Terry, espera... - le dije primero que nada porque necesitaba su atención, aun si él parecía totalmente concentrado en otra cosa.
- No... el teléfono no está sonando. ¡Lo desconecté!
Sonreí.
- Por favor, necesitamos hablar.Tengo que decirte algo muy importante.
- Después... – gimió y me levantó en brazos.
- No, ahora... Vamos, bájame, por favor. ¡Es muy importante!
- ¿Es algo bueno?
- Sí, creo.¡Para mí lo es!
- Si es bueno para ti, también lo será para mí – dijo mientras dejaba que mis pies volvieran a tocar el suelo.
- Primero tienes que responder una pregunta.
- Está bien – refunfuñó poniendo los ojos en blanco.
- ¿Aún consideras un error la noche que pasamos juntos en Nueva York?
- ¡¿Qué pregunta es esa?! – exclamó con las manos en las caderas.
- Responde.
Lo pensó por un momento... y luego...
- Bueno, en cierto modo… sí.
- ¡¿Cómo que sí?! – exclamé consternada, ya que no esperaba en absoluto tal respuesta.
Evidentemente notó mi agitación y trató de arreglar las cosas.
- Ciertamente no me esperaba que sucediera esa noche... así...
- ¿Qué quieres decir? ¿Que fui yo quien insistió?
- ¡Yo no he dicho eso, Candy!
- ¡Pero si pudieras volver atrás no lo harías! ¡Te arrepientes! Dilo, anda… ¿te arrepientes? - casi le grité.
- Perono… ¿Qué estás diciendo?
Ni siquiera esperé su respuesta para salir corriendo.
- ¡Candy!¿Qué haces...?¡Espera! ¿Adónde vas?
Salí al jardín sin tener en cuenta que estaba lloviendo a cántaros, lo que me hizo detenerme por un instante y le dio a Terence la oportunidad de alcanzarme.
- ¡Te has vuelto loca! ¿Qué sucede contigo? – gritó agarrándome el brazo.
- ¡¿Pero qué estoy haciendo aquí?! – le pregunté apretando los puños.
- ¿Qué estás diciendo? No te entiendo... Por favor, volvamos adentro.
- ¡No! Si te arrepentiste de haberme hecho el amor esa noche… ¿qué sentido tiene decirme que me amas?
- Candy,¡maldita sea! No me arrepiento y te amo... ¡Te amo con locura!¡Sólo dije que había imaginado nuestra primera vez diferente, pero aun así fue hermosa y ahora no puedo entender qué es lo que te molesta tanto!
La lluvia, que se había intensificado, se mezclaba con mis lágrimas, que ya por sí solas nublaban mi visión, pero de cualquier modo pudever la confusión en su rostro y sus dulces ojos, que me miraban suplicándome que explicara lo que estaba pasando.
- No lo entiendes porque no lo sabes... - murmuré.
- ¿Qué es lo que no sé? – me preguntó asustado, con un hilo de voz.
- Que estoy esperando un bebé.
- ¿Qué dijiste?
- ¡Estoy esperando un hijo, Terry, un hijo tuyo!
Nunca podré describir el rostro de Terence en ese momento: incredulidad, asombro y miedo al principio; luego sus ojos me sonrieron antes de que sus labios hicieran lo mismo.
Me levantó en brazos y me llevó al interior. Me puso en el suelo y cerró la puerta. Estábamos empapados. Todavía no había dicho una sola palabra.Lo hizo sólo después de volver a estrecharme entre sus brazos. Su voz era un susurro lleno de ternura.
- ¿Hace cuánto que lo sabes?
- Unas dos semanas.
- ¿Por qué no me lo dijiste enseguida cuando llegaste?
- No podía.Primero quería que estuvieras seguro de tus sentimientos.
- ¿Ves ahora que tengo razón? ¡Esa noche ni siquiera te dije que te amo!
- ¡Lo entendí de todos modos, pero necesitaba que tú también lo entendieras!
- ¿Quién lo sabe además de nosotros?
- Nadie.
- ¿Nadie?
- Tenías derecho a saberlo antes que nadie.
- ¿Yo? ¿Yo que hice de todo para que me odiaras?
- ¡Pero por suerte no lo lograste! – exclamé antes de estornudar.
- Será mejor que nos quitemos esta ropa mojada.
Estuve de acuerdo y fuimos a cambiarnos. Casi había terminado cuando escuché un toquido en la puerta. Fui a abrirla y lo encontré frente a mí.
- ¿Puedo entrar?
- Claro.
Se sentó en un sillón mientras yo terminaba de cepillarme el cabello después de haberlo secado. No lograbadilucidar qué era lo que le pasaba por la cabeza, pero no quería hacerle preguntas. Estaba segura de que él mismo hablaría después de haber aclarado sus emociones.
De repente se levantó y vino hacia mí. Tomó el cepillo de mi mano y continuó lo que yo estaba haciendo.
- No creo ser capaz...
- ¿De qué?
- De expresar lo que siento en este momento, y en verdad lo siento. ¡Sólo sé que nunca me había sentido así en toda mi vida! Tal vez… simplemente estoy… feliz... por primera vez, y me gustaría saber si a ti también te pasa lo mismo.
Me levanté y lo miré. La dulzura de su mirada me llenó el pecho de calidez y comprendí que las palabras no servirían para describir la perfección de ese momento. Lo abracé y le dije mil veces que lo amaba y que la felicidad que sentía era tan grande que casi me asustaba. Pero ya no quería tener miedo nunca más.
- Lamento no haber estado contigo cuando te enteraste. Si además pienso que tuviste que afrontar todo sola, el viaje y también mi terquedad cuando llegaste aquí...
- ¡Lo importante es que estés conmigo a partir de ahora!
- ¡No dudes nunca más que así será!
La miro. La miro y no puedo resistirme más. Podría morir si no la beso. Lo hago.
- Quiero que empecemos una nueva vida juntos – le digo entre besos.
- ¡Eso es todo lo que pido!
Me mira y en un instante comprendo que ha sido inútil volver a vestirnos. Tomo sus manos y nuestros dedos se entrelazan al igual que nuestra respiración. Sólo veo sus ojos y me pierdo feliz de hacerlo.
Empiezo a desnudarla con calma.Tengo todo el tiempo que quiera. De aquí a la eternidad no haré nada más, pienso mientras descubro sus hombros, liberándolos del vestido. Ella hace lo mismo con mi camisa y en un instante siento su piel sobre la mía. La sensación más embriagadora que jamás haya experimentado. No podría decir a qué ritmo loco empezó a martillearme el corazón en el pecho. La levanto, ella me rodeala cadera con las piernas y yo estoy a punto de desmayarme. La miro un momento, extasiado, para que sepa qué efecto tiene en mí. Ella me sonríe y se sonroja mientras inclina ligeramente su cabeza hacia un lado, ofreciendo a mi vista lo que literalmente me vuelve loco de ella: me abalanzo sobre la suave piel de su cuello, consciente de las marcas que le dejaré por varios días. ¡Pero no puedo resistirme, perdón, no puedo resistirme y terminamos en la cama!
Cae de espaldas sobre la cama y yo quedo encima de él. A juzgar por su expresión, creo que a él no le importa en absoluto estar en esta situación y a mí tampoco. Él extiende los brazos para jalarme hacia abajo, pero me echo hacia atrás y se lo impido. Me observa sorprendido cuando se da cuenta de que esta vez yo voy a estar a cargo.
- Cierra los ojos – le susurro al oído y desde ahí comienzo a besarlo.
Continúo por el cuello, los hombros, el pecho, donde me detengo quizás más de lo debido y lo escucho decir mi nombre. ¿Tal vez me está suplicando?
- ¡No puedes seguir así! – exclama levantándose y apoderándose de mi boca.
Estoy sentada sobre mis piernas. Me atrae hacia éllevantándome y luego se da vuelta. Los dos estamos acostados en la cama ahora. Sonreímos juntos, ardiendo de deseo y felices.
Se levanta y termina de desvestirse, luego regresa hacia mí, pero se detiene como si recordara algo.
- No es peligroso, ¿verdad? – me pregunta vacilante.
Lo adoro en ese momento y le digo que esté tranquilo.
Él se tiende sobre mí y yo lo dejo porque eso es lo que quiero: a él, sólo a él. El placer físico que nos damos es la continuación natural de todo lo que nos une. En cada gesto que hacemos está nuestro amor, que brilla en mil pequeños fragmentos de luz.
Ahora sé que el amor existe y que no tiene fronteras de tiempo ni de espacio. El nuestro ha resistido durante años y ha atravesado continentes, pero sigue aquí. Lo veo en sus ojos verdes encendidos de pasión, en sus labios temblorosos que esperan los míos, en su corazón que late con fuerza y lleva el ritmo de nuestra unión. Ella es mía y yo soy de ella, ha sido así desde el primer instante, y si para estar aquí ahora tuvimos que pasar por un infierno, no importa.
Nuestros cuerpos desnudos que se vuelven uno solo representan la imagen concreta de nuestras almas, que nunca dejaron de hablarse aun cuando estábamos lejos. Lo que sentimos el uno por el otro nos ha acompañado todo este tiempo como una presencia constante cerca de nosotros que tácitamente nos sugería seguir adelante porque este día llegaría. Hubo momentos en los que ya no creía en nosotros, momentos en los que el dolor era demasiado fuerte y me perdía. Pero siempre pasaba algo que me hacía volver a tener esperanzas de que todavía estuvieras allí, al menos en mi corazón, de donde nunca te fuiste.
Ahora lo sé y tú también.
*****
- ¿Qué fue lo que me traicionó esa noche?
- ¡Todo!
- ¡¿Todo?!
- Sí, desde el principio… cuando me dijiste: “Vamos, pecas... ¡no te hagas la santa!”.
- No me parece que haya nada romántico en esa frase.¡Al contrario!
- ¡Estás equivocado! ¿Sabes cuándo fue la primera vez que me llamaste pecas?
Sonrío.
- ¡Siempre odiaste ese apodo!
- Tanto como tú siempre odiaste mis pecas, ¿no es verdad?
Sonrío de nuevo.
- Me encantan tus pecas...
- Me encanta ese apodo.
- Okey… entonces llamarte de esa manera reveló un poco mis cartas, ¡pero no creo que haya sido solamente eso!
- ¡Por supuesto que no! Cuando se fue la luz y me pediste que te diera la mano para llegar al camerino.
- Estábamos completamente a oscuras y me dijiste que no podías ver nada...
- Lo sé, ¡pero cuando tomaste mi mano sentí como si no quisieras soltarla nunca más! ¿No te pasó a ti también?
Sonrío y asiento.
- ¡Y luego tus besos hicieron el resto!
- ¿Por qué? ¿Cómo fueron mis besos?
- Más o menos así, si no recuerdo mal...
Me vuelves a besar y nos quedamos en la cama no sé cuánto tiempo. Nos divertimos imaginando cómo será nuestro hijo, porque estás segura de que será niño.
- Me asusta pensar que si no fuera por él, quizás tú no estarías aquí.
- Creo que habría venido de todos modos o te habría buscado de alguna otra manera.
- ¡Tal vez lo habría hecho yo!
- ¿Sabes lo que pensé cuando me enteré de que estaba embarazada?
Espero a que siga adelante con un poco de miedo delo que pueda decir.
- Pensé que este niño fue concebido durante un huracán. Un huracán es, sin duda, un evento catastrófico, pero si lo miras desde otra perspectiva, te das cuenta de que su furia se lleva todo lo que no tiene fuerza para resistir, todo lo que no está bien arraigado. Nuestro amor también resistió esto y, en la furia de esa noche,llegóél a recordarnos lo que somos.
*****
Stratford-upon-Avon
septiembre de 1924
- Sr. Dawson, ¿recuerda la primera entrevista que me hizo?
- ¡Ciertamente!
- ¿Y de casualidad recuerda lo último que me preguntó?
- Si no me equivoco, le pregunté si alguna vez había estado enamorado.
- ¿Y qué le respondí?
- Me respondió que no y, citando a Shakespeare, me dijo que era demasiado sabio para alguna vez haberse enamorado.
- No me creyó, ¿verdad?
- ¡No!
- Hizo bien porque le mentí descaradamente. ¿Podría hacerme esa pregunta otra vez?
- Claro. ¿Ha estado alguna vez enamorado, Sr. Graham?
- ¡Por supuesto! Sólo una vez, de mi esposa. Escríbalo, por favor.
FIN




Wooo que inicio Terry como director , y además engreído el muchacho 😊
RispondiEliminaTerence si trova in Inghilterra per lavoro, ma presto qualcosa lo farà tornare a New York 😬
EliminaInteresante comienzo. Ya está viviendo en Londres? Gracias por la traducción. EveS 👏🏼💕👏🏼💕
RispondiEliminaSi Terence è a Stratford, in Inghilterra 😊
EliminaMe encantó este primera parte . Y Terence siempre tan intelectual y engreído. Estoy igual que Candy mi corazón late con fuerza por él 😍
RispondiEliminaGrazie... un Terence senza dubbio molto affascinante 😍😍
EliminaOMG 😱 Que encuentro. Que frialdad por fuera y por dentro consumiéndose ambos. Interesante. Gracias EveS.👏🏼💕👏🏼💕
RispondiEliminaUn incontro inaspettato, vedremo dove li porterà 😘
Elimina😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍
RispondiEliminaGrazie 🥰
EliminaEsta emocionante esta nueva historia
RispondiEliminaGracias 😘
EliminaTerry porque tan poco amigable 😢😢. Hablarán? Buenísimo. Gracias. EveS. 👏🏼💕👏🏼💕
RispondiEliminaUn Terence difficile da capire 🥺🥺 almeno per ora 😣
EliminaTerry porque estas actuando así? Jean Paul está enamorado de Jane. La habrá besado Terry? Buenísima. EveS 👏🏼💕👏🏼💕
RispondiEliminaTerry sta cercando di tenere Candy a distanza in ogni modo, sembra proprio che voglia farsi odiare da lei 🥺
EliminaOMG 😱 Donde estará Candy? Terry porque estás siendo tan duro con ella. Hablen. Ese Huracán los va a ser hablar con el corazón. Buenísima. Gracias EveS. 👏💕
RispondiEliminaQuesto Terence ci fa disperare 🙄🙄
EliminaTerry porque 😢😢😢. Que te está impulsando a actuar así. Gracias por la historia. EveS.👏🏼💕👏🏼🤣
RispondiEliminaConfidiamo in Candy! 😊
EliminaBebé en camino. Terry no la vuelvas a dejar ir. Buenísima. Gracias 👏💕👏💕EveS
RispondiElimina👶🤫
Elimina❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️
RispondiElimina😘😘
EliminaMe gusta que candy sea tan decidida en lo que quere ,y que no tardo en buscar a Terry ,ahora solo esperar como va a reaccionar esperar cm
RispondiEliminaIl prossimo capitolo sarà decisivo 🥰
EliminaTerry finalmente te decidiste a ser feliz. Me encantó. Gracias. Eves 👏💕👏💕
RispondiElimina❤️🥰
Elimina😘😘😘😘😘😘😘😘😘😘😘😘😘😘😘😘😘😘😘😘
RispondiEliminaGrazie 🥰
EliminaHermoso, hermoso final. Gracias por traducir esta bellísima historia al español. Bravissimo. EveS. 👏💕👏💕
RispondiEliminaGrazie carissima 🥰❤️
EliminaFelicidades es una historia muy hermosa me gustó muchísimo
RispondiEliminaGrazie ❤️❤️
EliminaHermosa historia me encanto ,gracias por traducirla y compartirla.
RispondiEliminaEspero Sian escribiendo muchas mas y feliz año nuevo un fuerte abrazo.😍🤗🤗🤗
Grazie a te. Buon anno 🥰
EliminaMe gusto de principio a fin, a ratos me llevo por varios sinsabores, Terry tan frío en el trato hacia Candy, por ratos me enojo que solo ella lo buscaba, me quedo una duda ! ya Candy había tenido intimidad con alguien más antes de Terry, no me gusta saberlos con alguien más, a Ninguno de los dos casi lloro con el comienzo cuando leí a Terry con otras mujeres, es obvio que siendo famoso y terriblemente guapo no puede librarse del asedio de las mujeres y caer en tentaciones, ya se que estoy un poco loca , pero simplemente no puedo con eso, tanto como que relacionen a Candy con Albert, se me ha estrujado el corazón pero la he disfrutado muchísimo gracias por escribirla.
RispondiEliminaEntiendo la dificultad de ver a Candy y Terence teniendo relaciones con otras personas, pero creo que es poco probable que conocieran a alguien durante la separación. Gracias por gustarte mi historia de todos modos. 🥰
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